Una marea albiceleste para reparar los diciembres argentinos

Marea Albiceleste

“Vos sabes que veo algo en esta Selección que me dice que mañana vamos a ganar pero la vamos a sufrir porque así la vivimos nosotros: sufriendo” me dijo el taxista que me trajo a mi casa el sábado por la noche. Su presagio se hizo realidad y su análisis también. Hay una cultura muy importante en nuestro país que si no la sufrimos “no existe” o quizás se nos hizo carne el refrán “al que quiere celeste que le cueste”. 

Después del 3 a 0 a Croacia, todo podía darse. Las teorías sobre quién iba a ser nuestro rival oscilaban entre enfrentarnos a la joya de África, Marruecos, y al temible campeón Francia. “Mira que Francia no perdona a nadie” y no lo hizo pero por eso y gracias a eso vimos el despliegue de la Scaloneta en todas sus facetas. 

En el primer tiempo, dominamos el juego. Por eternos minutos mantuvimos la atención sobre la albiceleste. El penal para Messi y el desempeño del bastardeado Fideo Di María rebalsaron como el mismo Paraná.

El fútbol es la dinámica de lo impensado (Panzeni), una fuerza poderosa que nos congrega atrás de una pelota, que parece ser injusta a veces con quién más lo merece.

En el minuto 35 Gonzalo Montiel, el jugador oriundo de González Catán e hincha de River, comete “mano” en el área chica y cobran el penal para Francia. Kylian Mbappé convierte e iguala el partido. Dicen que el argentino se larga a llorar, pero transformar ese error de la matrix convierte el gol que nos da la victoria en la definición por penales.

Minuto 123. Final del Mundo 2022

Hay otros petit moments para guardar como el minuto 90 y el 123 que Dibu atajó dos posibles goles de Francia. “Para ser campeón hay que ganarle a los campeones y hay que sufrir un poco más”, repetían los relatores que por momentos se quebraban, volvían a la épica pero nunca dejaron de ser hinchas. Algunos le pidieron perdón a Scaloni en vivo tras haberse consagrado campeones.

La ronda de penales la viví con el mismo mantra “sin sufrimiento no hay victoria, sin esfuerzo no hay recompensa”. Me escondí en cuclillas detrás de la silla. Vi todo medio cerca al suelo para poder tirarme, para desplomarme rápido, para que el dolor que estaba sintiendo adentro se aliviará con el frío piso de mi cocina que hice escenario de este Mundial. 

El gol de Montiel entra tan despacio que parece que hubiesen pasado 36 años. El presidente de una potencia mundial consuela al mejor jugador de su selección y del mundo mientras el arquero rival lo seduce con tres palabras y lo levanta. 

Reparar diciembre 

La pelota entró al arco y se hizo marea celeste. El testimonio de dos misioneros que se tomaron el primer vuelo que encontraron para recibir a la Selección en Ezeiza me conmueve hasta las lágrimas. Sacaron en cuotas el pasaje, no saben dónde van a dormir que van hacer solo vienen a alentar. Hacen fila en los semáforos para besarse o encontrar el amor. Dos parejas tucumanas se piden casamiento en la Plaza Independencia. Lo que es grotesco para algunos es romántico para otros. Imaginemos ese recuerdo: “Nos casamos cuando fuimos tricampeones”. 

Ya son las 2.30am del lunes 20 de diciembre. De dormir nadie. Llegan los jugadores, dejan la epopeya deportiva y ponen la gloriosa proporción de 30/70 en una botella cortada. 

Un pibardo guapo pero arriesgado se sube al Obelisco y en una imagen épica, sueltan globos celestes y blancos que completan la escena, dos se tiran de un puente, caravanas copan la Panamericana. Lo que a algunos ya les resulta indignante a otros nos sigue pareciendo un film digno de Kusturica.

Todos concurren al acto psicomágico de reparar al diciembre argentino, de quitarle esa estirpe de sufrientes eternos, dónde la bronca los convocó 21 años antes y hoy los hace felices.

Tras 10 horas de caravanas acumuladas. Para seguir con el ritual de reparación los jugadores deben ser retirados del Colectivo y llevados en el helicóptero a Casa Rosada. 

Si bien no llegan a tener la foto de la Selección del 86, sólo con el hecho de que Lionel Messi sobrevuela la ciudad de Buenos Aires un 20 de diciembre es una escena. Ni siquiera tengo adjetivo. 

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El 20 de diciembre de 2001 a las 19.50 el fallecido De La Rúa abandonó La Casa Rosada dejando como resultado de las represiones al menos 30 muertos, centenares de heridos y 4.500 detenidos. 

El fútbol es sólo eso y todo a la vez. Es locura y refugio. Es acto, símbolo y representación. Una marea popular sufriente y sagaz se animó a transformar una revuelta popular en el desahogo de vivir en un país que tantas veces nos hizo sufrir en eso que hoy nos hace sentir orgullosos.

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