Yo sí tuve amigos violentos

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Hace poco tiempo circuló en las redes sociales un mensaje que hablaba de romper la contradicción que genera que todas las mujeres tienen experiencias propias o cercanas vinculadas a la violencia de género, pero ningún varón tiene un amigo violento. 

Es un dato de la realidad que la violencia de género está en todos lados, en todos los tipos y modalidades que expresa la ley 26.485. Incluso entre entornos de militancia organizada feminista casi periódicamente surge la necesidad de acompañar a una compañera en particular que está siendo víctima de violencia. Porque a fin de cuentas ningún grado de conciencia social y política nos libra de la reproducción de las violencias en la intimidad de nuestros vínculos.

Lo distintivo de la consigna sobre los amigos violentos radica en que habla a aquellos que “no son violentos” y les pide que tomen conciencia del modo en el que los lazos de fraternidad cubren la violencia que se ejerce sobre los cuerpos feminizados. Los hombres tienen  (¿tenemos?) que romper la cofradía masculina, advierte Rita Segato.  “Traicionar la complicidad machista” se dice también desde los espacios que están intentando repensar la masculinidad. 

Yo tuve amigos violentos y no he podido hacer más que enviar un mensaje de texto o simplemente alejarme luego de un escrache. No creo que eso sirva de mucho para solucionar nada. No estoy orgulloso de eso, pero realmente no he podido hacer nada más ni nada menos. 

 El mensaje de la frase sigue en mi cabeza como un eco.  Personalmente, estas enunciaciones tipo  eslogan en donde se habla sobre los hombres y las masculinidades siempre me resultan un poco ajenos. No siendo heterosexual, mi vínculo con las mujeres ha sido distinto,  y no por propia voluntad  sino porque la propia exclusión de la norma heterosexual nos fue aunando. 

Transitado algunos años, unas amigas abrieron a mis ojos un “mundo de mujeres”, y allí fue que, años antes de las campañas contra el acoso callejero, en una charla de viernes por la noche me enteré de todas las situaciones de acoso y abuso que cada una de esas cinco amigas habían vivido.  

Luego también intenté tomar distancia de ese “mundo de mujeres”, porque no me es propio y no quiero habitar un mundo como secretario privado de feminidades. Todos nuestros mundos están estereotipados hasta el cansancio, segmentados como nuestros gustos, como el algoritmo de Netflix. 

Como resultado de estos vínculos y como si estuviera otra vez en tercer grado de la escuela primaria, me alejé del grupo de varones y me acerqué al grupo de mujeres. Y ya no pude seguir saludando al compañero de la facultad que había sido violento con mi amiga. Y luego vinieron otros ex también violentos. Y así hasta el punto que no sé cuánto puedo aportar para traicionar la complicidad cuando hay cada vez menos contacto real. Porque si en las juntadas se siguen separando en grupos de varones que hacen el asado por un lado, y  de mujeres que hacen la ensalada por el otro, ¿mi gran revolución es hacer ensalada o no hacer nada? 

Entonces estas frases ¿no me hablan a mí?, creo que deberían.  A esta altura del siglo XXI podemos aseverar que lo gay no quita lo machista. Y sabemos que en las relaciones entre dos hombres o dos mujeres se dan vínculos violentos. Que incluso ser activo o pasivo sexualmente sigue marcando pautas, ser afeminado o masculino, ser femenina o chonga, ser proveedor/a o no y un sinfín de categorizaciones que son exactamente igual a las de los vínculos QUE SIGUEN LA HETERONORMA, pero que se le parecen en todos los modos de violencia que reflejan. 

Qué estereotipo queres ser 

Al igual que yo no me siento interpelado pro esa frase  por ser gay, el varón heterosexual que no golpeo nunca a  su pareja cree que no le hablan a él. Y el que golpeo pero no asesinó también cree que no le hablan a él, y en realidad ser el hombre al que le habla la frase es un significante vacío. 

Sucede que  “el mundo de los hombres”, el mundo de la masculinidad es también complejo, sinuoso y necesita que intentemos probar otros caminos. No todos claramente, no todas las personas podemos generar todos los espacios.  Me ha pasado de pensar qué estamos haciendo y a quién le hablamos cuando hacemos  una charla sobre nuevas masculinidades y las personas que  hablamos somos exclusivamente mujeres cis y varones gays. 

La simplificación y la parodia que hay sobre el mundo de los hombres, esa aparente simplicidad y rusticidad que buscan reproducir hasta el cansancio en las publicidades, necesitan ser repensadas. Todavía no sé por entre quienes ni donde ni en qué términos, pero sé que con las mismas herramientas que los espacios de diversidad, no alcanzan. Y sospecho que con las mismas herramientas de los espacios feministas, tampoco será suficiente. 

Si el género es una construcción cultural en donde nuestros modos de ser hombres y mujeres están guiados por estereotipos  tan arraigados como la tinta de un tatuaje sobre la piel, deberemos ser capaces de cambiar de piel, de transformar todo aquello que nos encadena a ser de un modo u otro.  Esto puede significar ser nuevas masculinidades y feminidades  o simplemente descubrir otros modos de ser.

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