Volver a la vida| A propósito de “La vuelta de San Perón”

Se estrena en Tucumán el documental La vuelta de San Perón (Carlos Müller, 2019), con presencia del director. Las proyecciones serán los días 9 y 10 de noviembre, a las 20 hs., en la sala Hynes O’Connor del ENTE Cultural de Tucumán. Este artículo habla de los posibles significados de este film. Por Pedro Arturo Gómez

Mucho se dice sobre la relación el cine y la vida, acerca de cómo dialogan, se nutren entre sí y se impregnan recíprocamente. Se ha dicho que el cine es más grande que la vida, porque las películas le dan a su público aquello de lo cual suelen carecen las vidas cotidianas de las personas comunes: aventura y heroísmo, amor ardiente y finales felices, viajes por todo el mundo y experiencias sublimes, belleza y justicia… Y se ha señalado que la cinefilia no es un modo particular de relacionarse con el cine, sino una manera de relacionarse con la vida a través del cine. La vida, como existencia humana dotada de sentido, entra al cine como registro y como representación; a su vez, el cine hace de la vida otra de sus pantallas, porque proyecta sobre ella la vida de sus personajes motivando identificaciones, desde la mirada de la realizadora o realizador que va al encuentro con las miradas de las y los espectadores, un encuentro que funda comunidades en torno al hecho cinematográfico, comunidades de vida. Al mismo tiempo, el cine fija la vida mediante su registro a una realidad espectral y preserva la vida, asegurando su perduración para la memoria, de modo que las vidas –individuales y colectivas- están siempre volviendo a la vida a través del cine.

Las vueltas de la vida, la vuelta a la vida y los anudamientos entre cine y vida son el núcleo de La vuelta de San Perón, un documental sobre cómo la aparición de un corto en 16 mm, también documental, filmado en 1973, sin nombre, títulos ni créditos, trae de nuevo a la vida a Norma Teresa Cuevas de Aresta, una mujer de 37 años, madre de 17 hijos dedicados al cirujeo, que narra sus esperanzas depositadas en la vuelta de Perón a Argentina, mientras muestra la extrema pobreza en la que vive su familia. El misterio de este corto, que llega a las manos del organizador de un cineclub de Buenos Aires, hace que éste ponga en marcha una búsqueda a través de la cual se llega a su director y a los hijos de la protagonista. El realizador de La vuelta de San Perón, Carlos Müller, es el cineclubista que emprende esa búsqueda, un doble hacedor: el que hace la pesquisa y el que hace el documental que la narra, haciendo que la vuelta se produzca. Pero ¿qué vuelta es esta?

Vuelven esos mundos que ya no existen, traídos por los filmes en 16 mm que proyecta el Cine Club Dynamo en el barrio de San Telmo, como señala en primera persona la voz de Müller, mientras las imágenes conducen hacia el interior de ese rincón del mundo cinematográfico habitado por los objetos y las acciones de la pasión cinéfila: los carretes de cinta fílmica, los proyectores, el amasijo de espectadores reunidos ante la pantalla, el hombre que maneja laboriosamente los instrumentos de ese microcosmos. Y de pronto hace su aparición ese corto innominado al que bautizan como “San Perón”, a causa de otra pasión, la de la esperanza que expresa con sufrida pero firme serenidad Norma, en su anhelo por el regreso del líder político exiliado convertido, por el fervor de ese anhelo, en una especie de mesías.

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Vuelve esa mujer, desde el mundo de la Argentina de 1973, con su figura y su voz, narrando esa vida suya marcada desde el inicio por la indigencia, a partir de un momento de su infancia en el que la fe peronista nace en ella cuando recibe de Perón y Evita lo que ve como “la ilusión más grande” de su vida: una muñeca que hablaba y caminaba, que decía “mamá” y “papá”.

Vuelven, en precisas y fluidas dosis, las imágenes de archivo que hablan de la historia del peronismo: el ascenso y caída del líder, la muerte de Eva y sus funerales, las convulsiones entre los sectores de la izquierda y la derecha peronista que rodearon el regreso de Perón, la masacre de Ezeiza… Vuelve la resaca de esa zona oscura que anida en el gran movimiento de masas populares argentino.

La vuelta de San Peron afiche

Y vuelve, en suma, ese corto reaparecido, como un mensaje recibido “con 40 años de demora, el mensaje de una madre que habla con su hija bebé en brazos, contándole cómo la vuelta de Perón la sacará a ella y a sus hermanos de la situación en la que se encuentran”, según dice la voz narradora. La enigmática vuelta de una historia que narra la fe en una vuelta, el registro de una historia de vida que hace pensar en una especie de eslabón perdido entre el cine del Birri de Tire Dié y La hora de los hornos, la obra cumbre del Grupo Cine Liberación.

La espina dorsal de La vuelta de San Perón es un contrapunto entre el misterio de la realización del corto (sus desconocidas condiciones de producción) y la encarnación popular del credo peronista en la imagen y palabras de Norma, esa madre de 17 hijos inmersa en la pobreza, que mientras sostiene a su beba en brazos narra cómo fue a votar a Cámpora, diciéndole que lo hizo “porque pensé que él era el único que iba a poder solucionar el problema de todo el país, principalmente porque yo deseaba para mis hijos que tuvieran un bienestar mucho mejor que el que estábamos teniendo”. Pero eso que relata lo dice también como un mensaje, un legado para niña, la memoria de que eso que hizo fue para que “algún día van a decirle de que la mamá, enferma como estaba, fue junto con ella, a votar a Cámpora, porque quería salir adelante”. He ahí el contrapunto entre las enigmáticas condiciones de producción del corto (un enigma que va rebelándose) y la acción como experiencia emocional, mediadas en el desarrollo del documental por los materiales audiovisuales del archivo histórico y los comentarios de representantes de las esferas epistémicas de la sociología y del campo cinematográfico. Voces reunidas en diálogo por esa historia de vida que ha vuelto, haciendo visibles mundos de vida en los que pulsa inalienable la dimensión política.

Vuelven también esas hijas e hijos, ahora ya personas adultas, congregadas en torno a la madre que ha vuelto traída por el cortometraje recuperado, esa mujer que no es un fantasma trazado en la luz temblorosa de una vieja pieza audiovisual, sino una vida cuyo volumen y presencia viene desde el pasado hacia estas otras vidas, las de su progenie, a través del puente que tiende el cine. El sentido de esta recuperación de una vida y la reunión de vidas que precipita a través del artefacto llamado “cine”, es expresado por Pedro, el hijo menor que nació después de la filmación del corto: “Mi madre pasa a ser ahora una imagen viva, un recuerdo vivo, porque lo que tenía de ella era la simple imagen de una foto. Ahora pasa a ser otra cosa. Me quedó grabado su timbre de voz, me quedó grabada su imagen viva”.

La vuelta de San Peron Carlos Muller Director
“La vuelta de San Perón”, de Carlos Müller.

Hacia el final, en montaje paralelo, se muestran dos proyecciones simultáneas de “San Perón”, en diferentes geografías, pero portadoras ambas de instancias de reencuentro. Las imágenes de una de esas proyeccines remiten al eje y amalgama de esta recuperación de una vida que reúne vidas, el cine, con la mostración permanente de su dispositivo, la visualización de los materiales y oficios del “milagro fílmico de la imagen que sobrevive a la muerte”, como lo llama la voz narradora en off: la sala con sus butacas y el público, la cabina de proyección, los carretes de película, la pantalla, el proyector y los operadores de ese mundo que es también un mundo de vida, un foco de convergencia e irradiación de vidas.

La vuelta de San Perón es un film hondamente político, por sus contenidos que hacen referencia a las vueltas de Perón –un hito en los claroscuros de la historia argentina- las convulsiones políticas de una época, ideales y proyectos políticos malogrados, la figura del líder transfigurado como mesías por el fervor popular y la política como sentimiento, encarnada en los cuerpos y palabras, pensamientos y emociones, de las y los desposeídos, esos sujetos marginados que no cesan de volver como síntoma de un orden sociopolítico injusto, eso que siempre regresa como todo lo reprimido. Pero La vuelta de San Perón no sólo es una película política por todo esto, sino también porque narra una pequeña gran odisea cinematográfica, la de un cortometraje perdido que vuelve rescatado del olvido para ceñir el lazo que une indisolublemente el cine y la vida, y la vida con la política, porque las causas y razones de la vida son siempre políticas, y porque la política también es una racionalidad pasional.

La hondura política de La vuelta de San Perón está en ese núcleo de sentido al que se refiere el filósofo Roberto Espósito cuando afirma que vida y política están originariamente conectadas, y que el cine es capaz de develarnos esa conexión originaria entre vida y política y, por lo tanto, también entre cine y política. Una conexión, no una superposición, que el cine de propaganda desvirtúa y traiciona, porque “muestra vida y política como separadas –y también cine y vida, cine y política- y después hace una operación de reunión forzada, por lo tanto, letal”. Lejos, muy lejos de cualquier gesto propagandístico, es así que el documental de Carlos Müller vive y da vida, haciéndola volver al empuñar el trabajo audiovisual como instrumento del constante retorno a la matriz que une cine, vida y política.

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