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Una vez más

Una vez más, como hace cuatro años, escribo frente a la computadora con los ojos llenos de lágrimas. Argentina quedó eliminada de Rusia 2018, en octavos de final, en un partido que era posible ganar. Una vez más, siento esas ganas de sacar esta desazón para afuera. He aquí, toda suya.

Por Betania Álvarez Áraoz

Una vez, cada cuatro años, antes de que comience junio, me invade esa misma sensación. Angustia, ansiedad y alegría por una causa celeste y blanca: ganar un mundial. Es, quizás, la única causa patria que de verdad me moviliza. Siento que se puede hablar con cualquiera del tema y que hasta el más anti fútbol quisiera ver, como hecho histórico al menos, Argentina campeón del mundo. Los domingos en la mesa familiar, dejamos de pelearnos por las miserias de la política contemporánea y discutimos si debe ser Higuaín o el Kun Agüero el 9 albiceleste para el partido.

Una vez más, cada cuatro años, no me quejó y pongo el mentón sobre las manos para escuchar atenta las anécdotas de mi vieja que me cuenta cómo estaban las calles aquel 29 de junio del 1986. Mi generación nunca vio a la Argentina consagrarse campeón del mundo, pero, sin embargo tiene, para mí, a los mejores jugadores de todos los tiempos jugando en su equipo, y a Dios o Lionel Messi, como quieran llamarlo, jugando con la 10. Cada cuatro años se me ensancha el corazón de pensar que es posible tamaña hazaña.

A pesar de todo, una vez más, cada cuatro años, y frente al televisor me sumerjo en la misma conversación interna: “¿Y si este años es? ¿Y si este año lo ganamos?”. Y más tarde, cuando se acerca la hora del arranque del partido, me empiezan a temblar las manos y empiezo a dudar si es mejor estar parada o sentada, repaso las cábalas, se me cierra la garganta y en cada gol todo parece realizable.

Sin embargo, una vez más, en cada gol en contra comienzo cobardemente a suplicarme a mí misma: “por favor, no lo ganen por mí. Gánenlo por ese pibe, ¡por Dios se va a morir de la angustia si se le vuelve a escapar de las manos!”. Aunque muy en lo profundo, y siendo muy honesta, si quiero que Messi levante la copa, pero quiero que lo haga por mí. Quiero que esa milagrosa imagen me permita pensar que de verdad se puede, que cuando queres algo y trabajas por ello de verdad se puede lograr, que no importa donde naciste, ni para qué equipo juegues todos los días; que un sueño es un sueño y que los sueños se cumplen.

Pero una vez más, como hace cuatro años, nos quedamos con las ganas, el sueño no se cumplió. Esta vez nos fuimos en octavos y el dolor, que en estos momentos parece enorme, en realidad no es tanto si lo comparás con otros. Peor fue perder la final contra los alemanes en Brasil 2014. Esa vez, sí que el mundo se me derribaba a pedazos. Nunca me voy a olvidar de aquella mañana siguiente, cuando desperté y creí que todo había sido una terrible pesadilla. Pero no, tenía que seguir viviendo la misma vida, pero sabiendo que no se había ganado el mundial. Levantarme temprano, prepararme el desayuno, caminar para el laburo; trabajar como se pueda pero trabajar; volver, comer, dormir, estudiar, revisar las redes sociales, una cena con amigas quizás, todo eso así, igual pero sin ver a Argentina campeón del mundo. Todo eso que 90 minutos antes que comience el partido había fantaseado que sería distinto. ¿Cómo? No sé, porque jamás lo viví, y quizás por eso lo deseo tanto.

Una vez más, como hace cuatro años, me quedé con las ganas de decirle a ese enano hermoso capitán de nuestro sueño, listo, ya está: “anda tranquilo, boludo. Ya está, dormí en paz, no le debes nada a nadie, no te lo debes a vos, sos igual, mejor y más enorme que Maradona, sos lo que no nos merecemos como país pero sos eso que queremos llegar a ser. Sos eso que inspira a generaciones de futbolistas, con disciplina, con juego colectivo y con destreza individual. Fuiste el líder de este proyecto. Lo lograste”. Una vez más falló todo, y no tengo cabeza para pensar en cuestiones tácticas pero si tengo la bronca suficiente para responsabilizar a la dirigencia, la de la AFA y a la de este país, porque con bronca se dice de todo contra todos.

Cuatro años faltan para el próximo mundial, y son cuatro años que volverán a anidar una nueva ilusión. La mía, ojalá que también la de Messi, por él y por mí, y la de los miles de seres humanos que amamos el fútbol. Ese fútbol que te hace olvidar de toda la mierda diaria que vivimos y que hoy es el reflejo de una improvisación con la que se maneja todo en este país, Argentina.

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