Si Cromañón hubiera sido en otra fecha

Por Facundo Nívolo para El Grito Sur

La noche del 30 de diciembre del 2004 los vimos. Tenían las caras de nuestros amigos y amigas, caras de personas que se les parecían, caras como las nuestras. Vimos cientos y cientos desperdigados a la salida del boliche, de un estacionamiento, en las entradas de los hospitales. Vimos gente viva y que, al cabo de unos minutos, efectivamente pasó a ser un cadáver. Se nos murieron al lado o en los brazos.

Pasaron 17 años en los que hicimos lo que pudimos con lo que vivimos. Las familias hicieron lo que pudieron con lo que perdieron. Y perdieron ni más ni menos que el proyecto medular de la vida de una familia argentina, que son sus seres queridos.

No hubo más adolescencia esa noche, ni más beso de buenas noches. Como el capítulo en que Bart robó un jueguito en un supermercado y entonces Marge decide no darle el beso de buenas noches y cantarle una canción porque se da cuenta que su hijo ya no era el niño que creía. A nosotrxs nos pasó lo mismo. Solo que no robamos, sino que nos robaron. Nos robaron, de mínimo, un pedazo de nuestra vida que debía ser hermoso y lo reemplazaron por una película de terror.

Fracasó el Gobierno de la Ciudad, que era kirchnerista, porque habilitó un lugar inhabitable pero también uno de los lugares con más aforo de la Ciudad. O sea, un error grosero no verlo. Fracasó el Gobierno Nacional porque la Policía Federal recibió las coimas para no controlar nada. Fracasó el sistema de salud, de emergencias, la gestión de riesgos ni existía. Fracasó el gobierno macrista que asumió después y debía sanarnos, y a lo largo de estos años los suicidios de sobrevivientes se cuentan por decenas. Fracasó el Gobierno Nacional que fue kirchnerista, macrista, frentetodista, porque sino no estaría redactando esto.

La Justicia sanciona a la velocidad de los noticieros cuando hay intereses en juego de monopolios mediáticos, o de corporaciones alimentarias o de cualquier poderoso, pero resulta que para impartir la reparación de los juicios a las familias, pasan 17 años y seguimos igual: en la nada. Para cajonear nuestra historia no hay división de poderes. Los ejecutivos de todos los colores, los legislativos y judiciales se dan la mano mientras algún pie empuja nuestra historia abajo de la alfombra.

Somos los nietos y las nietas de Plaza de Mayo no reconocidos. Le pifiamos porque caímos en Plaza Miserere, una especie de Triángulo de las bermudas de los derechos humanos. A veces pienso qué hubiera pasado si la tragedia de aquella noche hubiera sido un 7 de noviembre, quizás sería mejor fecha para recordar porque la verdad que al borde de fin de año nadie tiene ganas de marchar ni hacer homenajes. Ni cuento los homenajes que se hacen tipo 10 u 11 de la mañana, te parte el rayo de sol ahí nomás en la placita. Pobre gente la que lleva flores a los monumentos, algunos más estructurados, otros más improvisados, algún muralcito, lo que venga. En la Matanza, en Munro, en Gerli, en Caballito.

Otra cosa que se me ocurre es qué hubiera pasado si en vez de Aníbal Ibarra la tragedia le hubiera caído a un Larreta. ¿Hubiéramos tenido un acto de reconocimiento en la Casa Rosada? Quizás no, tampoco. Porque nosotrxs no “caímos en la lucha”, así textual. Seguíamos la única lucha que para nuestra generación existía en ese momento, que era el rock que te decía las cosas en la cara. Para el momento, para nuestra edad, para nuestra tribu, era nuestra lucha. Pero no, no garpamos del todo.

Finalmente, somos como un apéndice lejano del diciembre de 2001, del 26 de junio de 2002.  Pobre Maximiliano Kosteki. La verdad es que si no lo mataban en el Puente Avellaneda, estoy seguro que hubiera venido a Cromañón a ver a Callejeros con nosotrxs. Estoy seguro eh. La misma especie somos. Seguro que si Dario Santillán hubiera venido, hubiera hecho lo mismo que hizo en la estación. Que es básicamente lo que hicieron cientos y cientas de chicas que salieron vivas, pero volvieron a entrar porque ya no se trataba solo de su propia vida. O sí, quizás la vida de los otros y las otras que fueron a salvar, constituía en parte también su propia vida.

Son infinitas las personas que volvieron y se dejaron para salvar a otrxs. Son infinitas en cantidad e infinitas en la dimensión de su humanidad. En un instante de tiempo donde todo falló, y donde se falló para favorecer el lucro, la coima, aparecieron como siempre los más heridos. Las personas más tiroteadas, las drogadictas como nos dijo la derecha, las malas madres como dijeron los medios, los «sin-futuro», porque así nos tenía el sistema a los pibes de aquella época. Los que no valíamos nada, hicimos el acto más grandilocuente que puede existir: saber que la muerte está ahí en frente y así y todo, dejar la vida por otrx.

Quizá si hubiera sido en otra fecha, quizá si hubiera sido bajo el signo de otro gobierno, quizás por qué diría Sui Generis. Quizás hubiéramos merecido un acto, un homenaje, una ley de reparación digna, que nos reconozcan, que nos paguen el psicólogo, que reivindiquen de alguna forma. La generación Cromañón. Hicimos lo que pudimos, hacemos lo que podemos con lo que hicieron de nosotrxs. Con infinitos errores, hay algo de lo que perseguimos que aún está guardado en las letras de esas canciones. Pero sobre todo, su máxima expresión radica en los últimos suspiros de cada chico que volvió a entrar a Cromañón para salvar una vida más y otra, hasta olvidarse de la suya y fundirse en la oscuridad.

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