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El beneficio de retwitear la pobreza

La charla TedX de Mayra Arena se viraliza en las redes sociales en un contexto político actual muy propenso a practicar un tipo particular de sociología liberal individualista y, en el mismo acto, a culpar a las víctimas de su propio destino. En medio del barro, los trovadores digitales de las corporaciones mediáticas encuentran casos excepcionales que confirman, por fin, lo que siempre creyeron contra todo dato: que querer es poder. Por eso, Mayra no está sola. Por Gonzalo Assusa para La tinta 

Mayra es estudiante de Ciencia Política. Nació en Villa Caracol, Bahía Blanca, y ya era famosa antes de TedX. Se hizo conocida por un posteo en su Facebook mil veces reproducido, en el que cuenta su propia historia de vida y reflexiona sobre el “beneficio de ser pobres”.

Mientras la charla TedX se reproduce una vez más, hay un sinnúmero de mediaciones de telón de fondo: un contexto político actual muy propenso a practicar un tipo particular de sociología liberal individualista y, en el mismo acto, a culpar a las víctimas de su propio destino. También hay una serie de asunciones teóricas que no siempre pueden explicitarse en una TedX Talk y un diagnóstico social con la autoridad intelectual de la propia experiencia que no admite preocupaciones por las pequeñeces intelectualosas.

Ya habrá tiempo para discutir el contenido, los análisis y las implicancias políticas de la charla, pero, antes que nada, están los “1000 k” de visitas en Youtube. ¿Por qué se comparte tanto? ¿Por qué me la mandaron tantas veces por las pocas redes sociales que poseo?

Las beatificaciones contemporáneas se saltean el vaticano y se votan a twit alzado en la asamblea general de las redes sociales. Sin adscribir al mito de la democracia influencera, en cada una de estas viralizaciones hay algo de ese sentido común que explica cosas tan complejas como los sentimientos políticos y los malestares sociales, y que desborda cualquier hipótesis complotista de bots y trolls. Hay una fibra social sensible que se activa en cada foto, en cada reproducción, en cada comentario, en cada retwit, y que no hay matemática logarítmica que la agote en su explicación. Y así como Mayra no nace de un repollo, sino de una madre que ella misma define como marginal, esa sensibilidad tampoco surge de la nada.


Todo lo sólido se desvanece en el aire cuando, en medio del barro, los trovadores digitales de las corporaciones mediáticas encuentran casos excepcionales que confirman, por fin, lo que siempre creyeron contra todo dato: que querer es poder. Por eso, Mayra no está sola.


Alex Alegre es el arquero de las inferiores del Dock Sud en el partido de Avellaneda. Hace un año, se volvió viral por un video en el que se entrena volando y revolcándose en el barro. “El Docke” es conocido y ficcionalizado a nivel nacional como fiel ejemplo de esa especie de wild wild west bonaerense en el que todo es pobreza y peligro. Es curioso cómo la mirada y la reproducción audiovisual pueden decir más del observador que del observado. Para los medios de comunicación, demostrar amor por la camiseta en el conurbano es revolcarse en barro. Entre católica y sarmientina, la figura del barro como lugar apropiado de los pibes de barrio por derecho propio ubica de una bofetada a los pretenciosos que pudiesen llegar a aspirar a lo que no les corresponde.

Cuentan que Federico Delbonis -el tenista que le dio el punto definitivo al equipo de Copa Davis para que Argentina ganara en 2016- aprendió a pegarle a la pelota contra un paredón en la casa de la abuela, a la que le rompieron varios vidrios. De tan tímido, parece ortiva entre los 60 mil habitantes de la ciudad de Azul, en plena provincia de Buenos Aires, a donde sale a hacer las compras como cualquier hijo de vecino. Para pagar los costos del tenis, su familia vendía rifas y multiplicaba los panes y los peces. Todavía no se puede retirar porque aún le alcanza la cabeza para hacer cálculos sobre la plata que ganó hasta aquí. Y no es tanta, por eso, el tenis para él es, además de un deporte, un trabajo.

Su historia no abunda en títulos ni rankings. Es un pibe sencillo hasta para las estadísticas de su carrera deportiva. Lo importante es que siempre mantiene los pies en la tierra. Ahí, donde los que escriben suponen que deben estar los pibes: en la tierra.

Retrato-niños-barrio-pobreza
(Imagen: Colectivo Manifiesto)

Hernán Boyero nació el 30 de diciembre de 1979 en la localidad de Río Segundo, provincia de Córdoba. Es un flaco alto, desgarbado y descoordinado, con cara de humorista. Antes de llegar a la primera de Instituto en el 2002, trabajó de herrero y chatarrero junto a su padre. También fue mago, vendedor ambulante y armador de bicis. Su frase de presentación: “Yo no soy futbolista, sólo juego al fútbol”.

Jugó en Colombia y en la liga de Bolivia entre 2007 y 2013. En este último, llegó a nacionalizarse luego de volverse ídolo de Bloomings. Volvió al país a un club-usina de cracks: Argentinos Juniors. De perfil bajo, casi ningún porteño se percató de su presencia hasta que un día de agosto de 2013, le metió un gol a San Lorenzo y empezaron a hablar de la “revelación” y del “goleador tapado”. Se había revelado hacía rato. En Bolivia, hizo más de 90 tantos. En su paso por Instituto, había logrado un acuerdo con la carnicería de Don Quinteros, en su ciudad natal: le regalaban 2 kilos de carne cada vez que convertía. Se cansó de hacer goles y se dijo que, de esa manera, sostenía un comedor para “niños carenciados”.

Sus goles eran casi todos goles de otro partido. Sin elegancia y sin ser anunciados por los comentaristas. Contra San Lorenzo aparece colado entre los centrales, como los hinchas que se meten a la cancha a sacarse fotos con sus ídolos, zampado, sin que nadie lo invite, ante el arco. Tan perfil bajo que no lo notan ni los periodistas ni el relator ni los defensores de San Lorenzo. Nadie lo ve.

Flaco como es, no tiene ni abdominales para ostentar. Una especie de anti-Cristiano Ronaldo, sin elegancia ni novia de paparazzi ni auto ni destreza de propaganda Nike. Sólo comparten un área del mundo: el área grande. Son futbolistas, delanteros y mediáticos, pero por razones opuestas. Las notas periodísticas de Boyero lo definen pequeño, salvando su metro noventa y tres: “La humildad en su máximo esplendor”. Cuando se olía su retiro, en 2014, dijo: “Volveré a ser feliz juntando chatarra. Me gusta el olor a óxido. Esto pasa por un estado espiritual”.

Sus notas de diario digital casi nunca contenían videos ni detalles técnicos. Sus goles no eran posteados. El Flaco es lo que suele llamarse un “remador” y sólo por eso escriben sobre él. Se retiró a los 35 años. Según él, sus patas eran tan largas que las rodillas no le aguantaron el peso a esa edad. En 2015, volvió a Santa Cruz de la Sierra, su segunda patria, a dirigir el club en el que es ídolo: “No me preparé para jugar en Primera. Es más, siempre me gustaron más los fierros, soldar. Pero se me dio y el fútbol me dio una estabilidad económica muy buena. Pero fui bastante rata –se ríe solo-. Nunca gasté de más. Nunca tiré manteca al techo ni me compré un auto cero kilómetro. Sí apilé algunos ladrillitos –se vuelve a reír-. Siempre supe que el dinero del fútbol a veces no dura mucho. Antes de jugar al fútbol, tuve un trabajo y sabía bien lo que era ganar 20 pesos a la semana. Entonces, nunca me la creí cuando empecé a ganar dinero con el fútbol. Ese dinero se acaba. Y el día que el dinero se cortó, me agarró bien parado”. Los goles de Boyero, como su vida, fueron así, ni tan estéticamente esquinados y cerca del ángulo ni técnicamente desapasionados, casi siempre más cerca del olvido que del reconocimiento. Así, como la chatarra.


Hay una fascinación por las historias de personas de barro que salen por sus propias fuerzas de las arenas movedizas de la pobreza. Y no salen porque algún Estado les haya arrojado una liana. Todo lo contrario: los diarios están convencidos de que arrojar lianas sirve para que miles de personas del barro vivan la vida entera colgados de la liana en la mugre de la desidia, sin nunca salir del todo ni terminar de hundirse del todo. Para ellos, sería preferible que, quienes igualmente se hundirían arrojados a sus propias posibilidades, terminen de hundirse indefectiblemente. Si es bueno para Darwin, es bueno para nosotros.


Rodrigo “Pastelito” Pereyra tenía 14 años y, durante cuatro días de 2016, fue la figura mediática del momento. Era buen alumno y tanto le gustaba estudiar que era escolta del IPEM N° 2 República del Uruguay. Los fines de semana cartonea en el carro con su madre y, si la plata alcanza, hace pastelitos de dulce de batata y membrillo para vender. En su “casa de plan”, son diez y no les sobra nada, pero ni el precio de la harina lo detiene. Se ganó la tapa del diario La Voz del Interior por su “esfuerzo” y porque su vida “merece ser contada” –la suya, no la de todos-. Edgardo Litvinoff –autor de una de las notas dedicadas al personaje- decía que la historia de Rodrigo, cuando nos golpea, grita “en tu cara”. Un niño que trabaja y no sale ni tiene “fiesta ni nada”. El diario dice que Pastelito está feliz y no necesita nada.

Johana no tenía mochila ni cartuchera ni Internet ni televisión. Desayunaba té con pan -“(…) si ese día no les falta el pan”, aclara la nota de diario Clarín-. Como a Sarmiento, no le gustaba faltar a la escuela. Emprendía su marcha hasta barrio Müller, calzada con su par de zapatillas gastadas número 33, ambas del pie izquierdo. Si veía que venía tormenta, se apuraba y metía el cuaderno y la carpeta en una bolsa de plástico, la misma que le serviría para proteger sus dos zapatillas zurdas si la lluvia la sorprendía a mitad de camino.

Tenía 11 años y vivía debajo del puente Maipú –plena costanera cordobesa- en 2006 cuando se hizo famosa. Salvo los soñados días en que le tocaba el turno de usar el único colchón que tenía su familia, Johana dormía en el suelo: “Ahí tengo una colcha en el piso, una almohada, y me tapo con otra colcha. A veces tengo miedo. Pero es más el frío ¿Viste que hace llorar el frío a veces?”- citaba textual el mismo diario.

Le gustaba la literatura, pero, como no tenía libros, leía un “pedacito” de Harry Potter que encontró tirado en la calle, como quien junta las colillas de cigarrillo para fumar la última seca. Escribía sus propios cuentos, “si es que ese día no le falta papel”. Su última ficción es sobre un policía que buscaba una perla y no la podía encontrar. Marta Platía, la periodista, se lamentaba: “Habría que avisarle a ese pobre tipo que ya no la busque. Y que la perla es ella”.

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En conjunto, estos relatos han acumulado una nueva –pero no tan novedosa- épica de la salvación social. Los héroes contemporáneos de la pobreza son anti-maradonianos: gastan poco, se olvidan de su propia necesidad, son felices y no quieren fiesta ni joda ni nada. Héroes chatarra, sarna con gusto, para darle click, compartir y sentirse expiado porque en esa historia personal se confirma lo que pensabas que debía ser, aunque la realidad te dijera que no era.

Se comparte tanto por personas tan distintas y tan opuestas porque tanto condena como perdona a la pobreza y los pobres, pero, sobre todas las cosas, porque promete salvación y paz a la culpa de clase del que comparte.

* Por Gonzalo Assusa para La tinta / Imágenes: Colectivo Manifiesto

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