Camino al 8M| El cuidado como derecho humano

Natalia Gabellini es docente, activista feminista e integrante de Ni Una Menos Santiago del Estero. En el marco del 8 de Marzo, Día internacional de la Mujer Trabajadora, reflexiona sobre las tareas de cuidado, el rol de las organizaciones sociales y el deber de un Estado presente.

Nada de lo que voy a decir en esta nota va a ser agradable ni cómodo, porque así son las tareas de cuidado; y sin embargo son estas tareas las que han sostenido al mundo con vida. Cuidar la vida tiene que ver con eso: con poder mirar, oler, palpar, escuchar, imaginar, tragar saliva, mermar el dolor compartiéndolo y respirar hondo, cuando desearías anestesiarte, en el mejor de los casos, con una peli traducida de hace 20 años atrás. Y sin embargo, he visto pocas cosas con similar potencia de transformación. 

Como militantes sociales feministas nos ha tocado ponernos literalmente en el medio para evitar un golpe sobre el rostro de alguien, nos ha tocado tejer redes de donaciones de ropa para vestir a otras personas. Una remera húmeda que te avisa que una madre o un padre no tienen ropa para su bebé. Una mamá embarazada con su niñe, cuyo padre decía que eran de él y no del Estado, y así comían del mismo plato que les quedaba desde hacía ya una semana para no recurrir a ninguna institución a pedir alimentos. 

Una mujer de Suncho te dice que el policía le insiste que “no en su turno” cuando quiere hacer la denuncia. Un allanamiento en el que ves salir uno tras otro, el rostro de la absoluta vulnerabilidad dibujada por la edad, el género y la piel, mientras el corazón se te tuerce como una toalla mojada. Una compañera breapoceña cuya mirada se agrieta y derrama el agua que a su cuerpo le falta, cuando le pone nombre a la violencia obstétrica de 9 años antes. Una mujer migrante abrazada a sus hijes en un terreno baldío en Clodomira. Una foto de un arma sobre la mesa de la cocina de quien ha debido salir huyendo. A una niña de 11 años le entregan regalos y dos globos celestes para cuidar de por vida a su bebé. 

El absoluto despojo de las niñeces. El absoluto olvido de lxs mayores. Itacas, gases lacrimógenos, policías pisándote los talones con la moto o tirándote el caballo encima. Pan casero con batata y un guiso para el alma, imágenes que se suceden en la memoria. Creo que un poco del riesgo viene con la militancia, lo hemos aprendido de las abuelas y madres, y otro poco tiene que ver con que falta mucho todavía en materia de autocuidado colectivo. Hemos creado herramientas propias a partir de lo que hemos transitado y aprendido, pero ni las invenciones, ni el trabajo, ni el sacrificio que implican nos dan aún de comer, adquirimos mucho conocimiento y mucho oficio que no se valora económica ni simbólicamente.    

Hemos transitado todos los caminos institucionales que puedan imaginar para conseguir comida, medicamentos, anticonceptivos, turnos y hasta cajones fúnebres. Hemos encontrado una mano esperándonos en muchos lugares y hemos respondido asimismo al llamado de municipios, escuelas y Unidades Primarias de Atención con real compromiso. Entendemos que esas alianzas han sido y son fundamentales para quienes más necesitan cuidado, y es algo que queremos seguir fortaleciendo. Colaboramos en la construcción de una estatalidad, y es bueno ser conscientes de ello.  

Cuando alguien recurre a una institución, va en busca de ayuda y está requiriendo presencia estatal, y si la problemática es vital, se trata de un derecho humano, y es necesario viabilizar una respuesta. No sólo como militantes sociales, sino muchas de nosotras como agentes estatales, como docentes, trabajadoras sociales, psicólogas, profesionales de la salud, etc., consideramos que esa premisa es una obligación que viene con el rol que nos ocupa. 

Sin embargo hay agentes estatales en nuestras regiones cuyo trabajo es la intervención directa en materia de derechos, y que sin embargo, parecieran percibir como un estorbo o como fuera de su competencia a una persona que recurre a su espacio en busca de un bolsín de comida, como si la alimentación no fuera un derecho humano. Parece necesario preguntarnos entonces si las instituciones que se ocupan de recibirnos cuando nuestros derechos vulnerados no debieran volver a ser justamente un punto de acceso a derechos. Necesitamos que las niñeces y lxs adultxs mayores puedan recurrir directamente, aunque luego implique una derivación, un turno o una explicación (que es en realidad contención); que un vecino o una vecina pueda dar aviso de lo que le sucede a la familia de al lado, o llamar por teléfono, sin que le pasen el número de otra institución. 

Pero por sobre todas las cosas, necesitamos que las respuestas ante la violencia por motivos de género, sean acordes a la magnitud de la problemática que nos está atravesando, que requiere recursos, intervención, empatía y trabajo articulado, algo acerca de lo cual las organizaciones sociales feministas de Santiago del Estero y la región son ejemplo. La perspectiva de género y diversidad, y la perspectiva de derechos tienen que ver con la forma de abordaje y las prácticas cotidianas, no solamente con contenidos conceptuales o discursivos. En este sentido creo que las lógicas del cuidado, siempre y cuando interpelen las lógicas de la individualidad atomizante y de lejanía de la otredad que nos dejó la mercantilización de la vida, pueden tener mucho para aportar a la problemática de la violencia.

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