Siempre es la punta del iceberg
Cada tanto, las noticias nos derrotan. Una investigación, un juicio, un femicidio, un número que no entra en la cabeza nos perforan la superficie de lo cotidiano y nos obligan a mirar hacia la peor versión de la humanidad.
El 26 de marzo, la CNN publicó un informe sobre una red digital internacional donde hombres comparten, perfeccionan y monetizan prácticas para drogar y abusar sexualmente de mujeres, muchas de ellas sus propias parejas. La cifra que circula es difícil de escribir: una comunidad digital con más de 62 millones de visualizaciones solo en febrero. Sesenta y dos millones. 62.000.000.
La metáfora del iceberg nos sirvió para explicar que lo que vemos es solo una parte superficial del problema. Con cada caso nuevo, siempre parece ser sólo la punta de algo más terrible.
El caso de Gisèle Pelicot permitió que todo esto comenzara a ser visible, creíamos que era lo peor. Durante casi una década, fue drogada por su esposo y abusada por decenas de hombres mientras permanecía inconsciente. Fue en una página web de citas, en una sala de chat llamada “Sin su conocimiento”, donde su esposo contactaba con decenas de hombres para instigar las violaciones de su entonces esposa. Gisèle fue violada más de doscientas veces. No todos los responsables pudieron siquiera ser localizados.
Ella decidió que el juicio fuera público. Que su cara y su nombre aparecieran. Que la vergüenza cambiara de lado. Fue un acto de valentía que abrió una grieta, y por esa grieta entró la luz suficiente para que los periodistas de CNN empezaran a tirar del hilo, a ver qué más había.
Lo que encontraron no es un caso aislado. En chats grupales, los hombres se incitan mutuamente a drogar y agredir a las víctimas e intercambian consejos sobre cómo salir impunes. Más de 20 mil videos agrupados en una categoría de contenido de mujeres sedadas o dormidas mientras son víctimas de abuso reúnen miles de visualizaciones. Algunos usuarios ofrecían transmisiones en vivo del abuso de mujeres drogadas en tiempo real, por 20 dólares, con criptomonedas como medio de pago.
Acá nomás, en Tucumán desde 2021 se comenzaron a visibilizar grupos de telegram dónde hombres compartían fotos y videos de sus parejas, e incluso hermanas, pasaban datos sensibles como direcciones de sus casa o dónde estudiaban. Los Magios Tucumán llegó a agrupar más de 11 mil miembros. Fueron mujeres las que se infiltraron y empezaron a alertar a otras mujeres lo que estaba pasando. Ante la difusión, ese grupo se cerró, pero ¿dejaron de hacerlo? La justicia no tiene herramientas para avanzar en investigar quiénes están detrás y las plataformas se lavan las manos en la responsabilidad.
Y esos grupos siguen existiendo en el teléfono de alguien que conocés. Tu papá, tu hermano, tu pareja o compañero de trabajo.
La punta del iceberg siempre tiene la misma forma: un caso extraordinario, un número escandaloso, una víctima que tuvo el coraje o la suerte de ser escuchada. Y entonces reaccionamos con horror, con indignación. Pero el iceberg sigue ahí.
Y lo que está debajo no es misterioso ni inaccesible. Es la violencia que denunciamos hace años. Es el abuso que no se reconoce porque la víctima no tiene moretones visibles, solo lagunas de memoria y una sensación de que algo está muy mal. Es la pornografía no consentida que circula sin consecuencias legales reales en la mayoría de los países de la región. Es el lobby de quienes buscan instalar las falsas denuncias como una problemática real cuando los números y los cientos de testimonios nos dicen otra cosa.
La normalización sostiene al iceberg así como está, en la superficie. Encubre en lo profundo. Esa es la parte más grande y más triste del iceberg: la cantidad de hombres que vieron uno de esos videos y no sintieron que estaban haciendo algo malo. Los que participan de un grupo de Telegram y lo llaman “joda”. Los que escucharon algo sobre un conocido y miraron para otro lado.
Los hombres de estos grupos operan protegidos por el anonimato de internet. Pero también encuentran un sentido de comunidad y una “camaradería perversa”, al normalizar el abuso. Eso es lo más perturbador de todo: no son lobos solitarios, son comunidades que tienen identidad grupal, lenguaje propio, jerarquías, rituales de pertenencia.
La pregunta que hay que hacerse no es “¿cómo es posible que existan 62 millones de hombres así?”. La pregunta es qué estamos dispuestos a hacer con eso. Qué le preguntamos a las plataformas que alojan ese contenido. Qué le exigimos a los Estados que no tienen legislación actualizada sobre violencia digital. Qué conversaciones damos en las escuelas, en las familias, en los vínculos cercanos.
Y, sobre todo: qué pasa con las mujeres que hoy mismo, mientras leés esto, están viviendo la parte del iceberg que todavía no tiene nombre.



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