Bruno Bazán

Carta a otros hombres 

Género y Diversidad

¿Qué hacemos los tipos? Otra víspera de Ni Una Menos nos encuentra dentro del horror de la violencia feminicida. Otra vez, rostros adolescentes expuestos en los medios, preguntas sobre la madre y cientos de cuestionamientos más.

Me gustaría poder hablar con otros hombres, con quienes comparto el género. Sé que por ser gay algunos nunca me van a leer, pero lo intentaré una vez más. No voy a hablar como Fantino en su época de Mar de Fondo. Hace rato que no me interesa “parecer un tipo”, aunque a veces lo parezco.

En 11 años de Ni Una Menos se habló mucho del lugar de los hombres en las marchas en particular y en la lucha en general. ¿Fuiste a alguna marcha? ¿Qué sentiste? ¿Qué sentís cuando ves los carteles de mujeres denunciando abusadores? ¿También te atraviesa la tristeza cuando ves a los familiares de víctimas de femicidio levantar un cartel?

Tengo la certeza de que muchos pasan de largo y no se detienen a ver. Que están evitando esos segundos que te estrujan las tripas. Dale, mirá, reconocé ahí, en esos cuerpos que gritan justicia, algo de humanidad. Porque una vez que pasa eso, después cuesta reírse de cualquier chiste o dejar de pensar en ese tema.

Hace unos meses me encontré en Facebook a un hombre de mi edad, que conozco de trabajos anteriores, compartiendo imágenes sobre “las violentas feministas”. Había fotos editadas sobre feministas defecando en la puerta de una iglesia. “No podemos permitir que hagan esto”. Lo primero que pensé fue en qué rápido dejamos de tener 20 años y cómo ahora somos parte de la generación que se indigna. Me reí. Después decidí escribirle y compartir algunas fotos del último 8 de Marzo.

Nunca vi en Tucumán, ni en ninguna marcha de las que participé en otras provincias, a esas feministas defecadoras que replicaron hasta el cansancio. Le dije eso: “No es real lo que aparece ahí. Mirá los carteles de la marcha de aquí, leé lo que dicen”.

El intercambio terminó bien, de modo respetuoso, pero es uno y creo que no puedo hacerlo con todos. Con algunos tipos tengo miedo de hablar porque, si bien no soy mujer, soy gay, y dentro de la masculinidad también hay jerarquías bien marcadas. Por eso la mayoría de los que andan en el asunto de las “nuevas masculinidades” son gays o heterosexuales afrancesados, atravesados por condiciones de clase y el mundo progresista. 

Me parece difícil invitarte a un lugar que es un bajón, chabón. Pero es así. Es una incomodidad que no se va. En el fondo, si me apurás, creo que todos tenemos que dejar de ser lo que somos. Los tipos tenemos que ser menos tipos y las minas menos minas. Y no digo que tengamos que ser todos iguales, vestirnos de negro y tomar flat white, no. Pero sí que el modo de ser hombre y de ser mujer sostiene una complementariedad. Prometo no ponerme muy teórico, pero es así.

No hay nada más aburrido y guionado que un tipo discutiendo con una mina sobre sexo, por ejemplo. Esas peleas medio en serio y medio en joda que por momentos se vuelven eróticas son una muestra gratis de cómo todo se sostiene en conjunto. Porque cuando pelea un hombre vs una mujer se reproducen prejuicios y construcciones universales de modo acrítico: “todos los hombres engañan”, “todas las mujeres son histéricas”. Aquí la defensa y el ataque no hacen mella solo en el otro, sino que sobre todo construyen nuestro propio género. 

Ya sabemos que hay cosas que no dan. Por ejemplo, ir con un cartel protagónico a la marcha del 3J. No. Ya se hizo y salió mal. Las marchas también son espacios de construcción política. El cartel de “Nací para protegerlas” tampoco da. Varios femicidas lo usaron. Pero, sobre todo, no corresponde porque es falso. Aquí cada persona nace para vivir y, en el medio, vamos aprendiendo si tiene algún sentido nuestra vida y eventualmente morimos.

Ser hombre es bastante menos que ser protector. Además, si ese fuera nuestro trabajo, estaríamos despedidos hace siglos por incumplimiento de funciones.

Yo sé que no es fácil. Sé que lo más probable es que cualquier cosa que hagamos o digamos sea criticada por alguien. No somos solamente esa pantomima que se hace de nosotros. Pero si nos faltan palabras, nos falta una caja entera de herramientas para ponerle nombre a los sentimientos y a las ansiedades que desarrollamos desde aquel primer momento en que nos dimos cuenta de que tener pito significa algo más que la genitalidad.

Cada vez entiendo menos el dialecto del macho, pero les juro que se vive bien. Y no tiene que ver con la orientación sexual, no es quién mete qué en cuál agujero, tranqui. Tiene que ver con poder permitirnos más cosas. Llorar por lo que nos duele, dudar de lo que pasa e incluso aceptar que el fracaso es una posibilidad siempre vigente en cualquiera de las empresas que tengamos enfrente.

Nuestros cuerpos están bien como están, aunque no nos gusten. El tamaño del pene no define nuestras vidas, la erección no es destino y alguien nos va a amar sin importar cuánta plata tengamos en la billetera.

El tiempo para habitar algunas reflexiones, en muchos casos, es la adolescencia. Y no por la edad, sino porque pasamos muchas horas en grupo y en una escuela. Por eso jodemos tanto con la Educación Sexual Integral, que enseña más que el porno y da menos ansiedad.

Luego, de adultos, es claro que no vamos a tener tanto tiempo. Uno se ocupa apenas de las cosas más urgentes y cercanas de la vida y después desea, con suerte, que todo pase.

Pero quizás sí seamos parte de esta reflexión colectiva, social y hasta generacional que tenemos que dar. Generar las charlas entre nosotros. Decir no a algún amigo. Intentar acompañar al tipo que sabemos que es violento y que puede terminar siendo femicida.

La violencia es rápida y evidente. La tenemos inscripta por debajo de la piel. Podemos reconocerla. Y es por eso que debemos hacer algo.

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