La vida peregrina. A propósito de Camino a Mailín

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La consistencia de los dioses proviene de la fuerza de las creencias y de las prácticas mediante las cuales esas creencias se manifiestan. Las acciones de la fe son el núcleo del movimiento humano, fe ya en las cosas de este mundo, ya en eso otro que lo trasciende, aquello capaz de funcionar como un yacimiento de sentido pleno. Habitar esa plenitud es el cobijo que ofrece la religión, he ahí su triunfo y persistencia. Más allá del ominoso poder del orden institucional, el temblor y vigor de los creyentes movidos por la pasión religiosa es un inagotable filón de la condición humana. En los hechos del reino de la fe transcurridos en el reino de este mundo, se entretejen ligazones que sostienen el tránsito a lo largo de la contingencia: ascensos y caídas, felicidad y dolor, logros y pérdidas. El mejor cine documental, en particular el etnográfico, ha sabido dar con ese núcleo y ponerlo en representación a través del relato audiovisual.

Camino a Mailín (2022), de Ana Basualdo, pertenece a esa línea del documentalismo cinematográfico capaz de internarse en la espesura de lo humano a través del registro de los pasos que integran un rito. Una cámara inquieta sigue a las mujeres y hombres caminantes que peregrinan, siempre a orillas de la carretera, rumbo al santuario de “Nuestro Señor de los Milagros de Mailín”, enclavado en una pequeña población a 148 kilómetros de la capital de Santiago del Estero, durante la festividad que en mayo moviliza cada año a miles de fieles. La peregrinación de este camino es la del grupo “Jesy” y la historia de su conductora, Olga, un hilo que se desliza por entre el tapiz de historias de vida y testimonios de fe alumbrados en las jornadas del andar y los momentos de descanso. En esa alternancia, durante los altos de reposo el encuadre se cierra con sabia caladura en los cuerpos y rostros, arrojando no sólo las evidencias del padecimiento físico sino también las potencias del ánimo.

Al mismo tiempo, este camino es el espacio de los lazos que son fuente en permanente retroalimentación de mutuo aliento. Nadie está sola o solo ahí, en esa malla de contención, o al menos las íntimas soledades hallan su lugar en el acompañamiento de la extensa caminata compartida. En este plano, la película no sólo documenta el motor de la fe religiosa, sino que a la vez compone un tejido donde se hace manifiesta la elemental energía del vínculo interpersonal, en un constante contrapunto entre los tiempos y espacios, luces y sombras, del caminar y las treguas.

Y puesto que todo relato no es sólo una historia con su sucesión de estados y acciones, sino la construcción de una trama, este Camino a Mailín dosifica sus propios pasos para disponer un tramo donde se revela el eje de la experiencia personificada en un trazado individual. Es la historia de Olga y del nombre que lleva el grupo conducido por ella, narrada por su voz trémula en la oscuridad de la noche rasgada por las amenazadoras luces y ruidos de los vehículos que recorren la ruta. Las otras luces, las de las fogatas a la vera del camino, las de los lugares donde se recuperan las fuerzas, y también la luminiscencia de un credo que ofrece compartido amparo, hacen visible a través de la mirada del documental la bisagra de lo humano donde se articulan la fragilidad y la fortaleza.

Opera prima, tesis de Licenciatura de su realizadora, esta película inscribe la diáfana autenticidad de su presencia en la serie de producciones que conforman un nuevo documental regional, el conjunto de filmes como La ciudad de las réplicas (Belina Zavadisca, 2016), Bazán Frías. Elogio del crimen (Lucas García Melo y Juan Mascaró, 2018) y La hermandad (Martín Falci, 2019), nutridos todos en la formación ofrecida por la Escuela Universitaria de Cine, Video y TV de la Universidad Nacional de Tucumán. A la vez, Camino a Mailín es la renovada confirmación de las capacidades de un audiovisual que se resiste a las signaturas del cine hegemónico, una de esas realizaciones donde la vida pulsa resonando más allá del instante en el que la proyección o visionado concluye, quizá porque toda vida es peregrina y el buen cine lo sabe.

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