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El lenguaje inclusivo en el aula. Un desafío ético

Carolina Garolera es licenciada en Filosofía, docente e investigadora. En este artículo reflexiona sobre el uso del lenguaje y las prácticas educativas. “Poner en duda la homogeneidad con la que el mundo se nos presenta a través del lenguaje es una batalla ética que nos conviene dar porque las palabras no sólo nombran al mundo sino también a quienes vivimos en él”.

Hace un tiempo, a la salida de uno de los colegios en los que trabajo, me esperaban dos estudiantes. Al verlos pensé que deseaban esclarecer alguno de los conceptos abordados ese día en clase, o pulir algunas ideas que les hubieran resultado esquivas, difíciles.  Para mi sorpresa, no había dudas, sabían muy bien lo que querían decirme: “Profesora, nos choca que use el lenguaje inclusivo en las clases porque remite a una ideología”.   Los días que siguieron tropecé con discursos similares, ahora los sostenían familias y autoridades de la institución, pidiendo explícitamente el uso de “la lengua estándar” o “neutra” para evitar “ideologizar” o “adoctrinar”.

Esta escena cotidiana de la vida escolar me moviliza y veo en ella la oportunidad para poner en palabras algunas ideas que no siempre tengo la valentía de compartir. Ideas que me permitan tematizar al menos las razones por la cuales veo en el uso del lenguaje inclusivo una apuesta interesante, más que un vuelco descabellado o “erróneo” del lenguaje. Desde ya confieso que me cuesta su uso, no es todavía un hábito en mí. Aun cuando lo haya utilizado al comienzo de las clases para saludar y “bienvenir” estudiantes. Estoy transitando aún por algunas palabras, tampoco sé si lo utilizo bien. Lo importante es que voy introduciéndolo de a poco, como una elección, porque veo allí un compromiso valioso. Sin embargo, es también una elección no escribir este artículo con el lenguaje de género porque no quiero anticiparme a que muchos encuentren “razones” para no leerme. Ya puedo imaginar su principal argumento: no se entendía nada. Permítanme no obstante -y aunque parezca una contradicción – sin usar lenguaje inclusivo, dar razones de por qué vale la pena su uso.

De la política a la ética

Hay quienes piensan que se puede enseñar por fuera de la ideología, que es posible no transmitir valoraciones, ni perspectiva alguna acerca del mundo, ni de las relaciones humanas. En caso de que algo semejante fuera posible, me pregunto: ¿qué sentido tendría entonces educar?

Estoy convencida, toda educación es política. Siempre hay ideología en las prácticas de enseñanza, no hay neutralidad ni en lo que se transmite, ni en los modos a través de los cuales se lo hace. Estos son los supuestos a partir de los cuales pensamos y hacemos. Son  ideas acerca de cómo debe ser lo que nos rodea que guían nuestras acciones. La queja de los estudiantes, la preocupación de las familias, y la reacción de las autoridades del colegio, muestran con claridad que allí también hay supuestos no neutros que  guían su posicionamiento.  Allí también hay ideología.

Creo, que como hablantes responsables, pero sobre todo, como educadores del SXXI, deberíamos al menos preguntarnos por el sentido y los efectos de un uso del lenguaje que da cuenta de otras prácticas, de otros modos de relacionarnos, de otras formas de resistir al poder.  Atender a nuevas formas de decir tiene un impacto directo en nuevas formas de hacer y de pensar, que resultan más hospitalarias y sensibles  y – por esto mismo- más humanas, en el mejor de los sentidos.

Voy a arriesgar una idea: Llevar al aula el lenguaje de género es un desafío ético y no sólo político.  Con esto, pongo en juego una perspectiva más: educar es un gesto ético. Hago esta aclaración porque en su mayoría, todos los artículos que he leído sobre el tema acentúan fuertemente la dimensión política y el enfoque de derechos que  sostienen al lenguaje de género. No hay duda de que el lenguaje es un instrumento de poder. Sin embargo, esta vez mi enfoque buscará revalorizar aquél aspecto del lenguaje que asume las diferentes identidades, que revaloriza la alteridad, que busca su presencia y su voz. Creo que la perspectiva ética es comúnmente olvidada aunque sea fundamental tenerla presente si de educación hablamos.

La preocupación por el lenguaje no es asunto nuevo

Volvamos a la escena principal: estudiantes, familias, autoridades, todos indignados por un uso del lenguaje. Más allá del contenido de las ideas, que nos ponen en posiciones antagónicas, hay algo en lo que coincidimos: el lenguaje y sus usos ocupan un lugar central en la vida de las personas. Por sus efectos, vemos que las palabras no son simples etiquetas que se aplican a las cosas como rótulos inocuos.  La preocupación por el lenguaje no es nueva, nos atraviesa ya desde los tiempos de Platón. Intentar circunscribir la inquietud por las palabras a un acotado minuto del presente, no hace más que evidenciar ignorancia al respecto y superficialidad para mirar fenómenos mucho más complejos y profundos de lo que parecen.

Detrás de lo que se conoce como “giro lingüístico” y luego con el “giro pragmático”, el lenguaje aparece ya no sólo como objeto del pensamiento, sino que además se presenta como condición de posibilidad del pensar y del hacer. No podemos pensar sin lenguaje, nuestros modos de pensar son deudores del lenguaje que usamos. A su vez, nuestras prácticas cotidianas se ven entretejidas con nuestro lenguaje. Por lo cual, los usos del lenguaje tienen mucho más que ver con como actuamos y pensamos de lo que creemos. El lenguaje manda porque indica el modo en que nos relacionamos con las cosas, con los demás y con nosotros mismos. Sin embargo, su poder estructurante y coactivo no se ve fácilmente.

El sentido común nos lleva a pensar que las palabras tienen la potestad de espejar el mundo tal como es, de adecuarse perfectamente a las cosas. Sin embargo, podemos preguntarnos: ¿qué hay en la palabra “mesa” que esté en la cosa “mesa”? Usamos la palabra “mesa” para nombrar a todas las  “cosas” que son mesas como si todas estas fueran iguales. Decimos “mesa” de la que tiene cuatro patas, como de la que tiene sólo una. Decimos “mesa” de la que está en nuestra casa, como de la que está en casa del vecino, aún cuando no hay una mesa igual a otra. Ahora bien, ¿por qué nombramos con la misma palabra realidades tan distintas? Sencillamente porque nos resulta útil: nombrar es borrar diferencias. Ya  Nietzsche mostró sobradamente la faz utilitaria (incluso en sentido biológico, como necesidad de supervivencia) del lenguaje. Pero esa artificialidad es olvidada. A fuerza de convenciones y usos,  nombramos lo que nos rodea para comunicarnos con los demás y de ese hábito de nombrar nos viene la idea de que hay un uso correcto y verdadero del lenguaje. Aquel que describiría acertadamente la realidad. ¿Pero cómo podemos saber eso si el lenguaje constituye el medio mismo en que nos movemos? Nos resulta imposible salirnos del lenguaje para pensar por fuera de él. Hay quienes piensan que la realidad del mundo no reconoce las estructuras ni los nombres que les ponemos. Dirían algunos, la realidad no se queja, soporta pasivamente la forma en la que la nombramos. Afortunadamente, las personas todavía podemos protestar y quejarnos cuando advertimos que no estamos siendo nombradas ni tratadas de un modo acorde con quienes nos sentimos.  El perro no sabe que es perro ni el gato sabe que es gato. Somos nosotros quienes dividimos y categorizamos en géneros y especies, lenguaje de por medio.

¿Alcanzan las palabras para decir lo que hay?

Las personas hacemos acuerdos para hablar de lo que hay. Usamos palabras que en virtud de su economía expresiva, reemplazan lo que nombran. Dejamos atrás la inmediatez y  la diversidad del mundo para referirnos a él.  Borramos las diferencias y las singularidades de nuestras experiencias sensibles que siempre son particulares, no generales. En este sentido, nombrar es olvidar porque nuestros acuerdos se basan en olvidos.  ¿De qué nos olvidamos cuando hablamos? De lo que hay, o al menos, de que hay más de lo que puede ser nombrado a través de los conceptos. Para hablar, para pensar a través de conceptos abstractos y vacíos de contenido, necesitamos olvidar los detalles, las singularidades, los ejemplos, los casos particulares. Es en este sentido que el lenguaje es siempre excluyente porque deja fuera algo de lo real. No nos alcanzan las palabras para decirlo todo, la riqueza y la variabilidad del mundo nos excede.

A pesar  de que  la relativa estabilidad de los conceptos nos lleve a pensar lo contrario, lo que nos rodea no es siempre uno, idéntico a sí mismo. Es  otro, múltiple y cambiante.  Por ello, sospechar en ocasiones del modo en que el lenguaje  trata con las cosas, puede ser signo de un saludable escepticismo.

De la responsabilidad por el uso de las palabras

Poner en duda la homogeneidad con la que el mundo se nos presenta a través del lenguaje es una batalla ética que nos conviene dar porque las palabras no sólo nombran al mundo sino también a quienes vivimos en él.  Son los usos que hacemos de las palabras los que pueden dejar a las personas a la intemperie. Si el lenguaje no nos nombra, no nos acoge, no nos recibe, peligra nuestra condición de seres humanos. Por ello, el lenguaje no está jamás al margen de nuestras prácticas. Por su intermedio podemos ejercer violencia como también podemos administrar justicia. A través suyo podemos sentirnos amados u odiados. Más aún, podemos enseñar con palabras a maltratar  y a  odiar o a respetar y amar.

Entender esto nos responsabiliza no sólo como hablantes, usuarios del lenguaje, sino sobre todo como educadores. Los usos que hacemos del lenguaje en las aulas  pueden interpelar, interrumpir, desafiar la realidad en la que vivimos o simplemente repetir y legitimar. El lenguaje, como una práctica humana tiene el privilegio de configurar otras prácticas que pueden perpetuar desigualdades o injusticias o, por el contrario, ponerlas en discusión. He aquí cuando aparece no sólo nuestro compromiso político como docentes, sino sobre todo,  nuestro desafío ético. Se trata de elegir a conciencia si vamos a reproducir o si vamos a resistir. Y digo esto porque a través de lo que decimos en clase se cuelan ideas, valores, tipificaciones, estereotipos, etc, que impactan en los modos de pensar y de actuar de nuestros estudiantes.

El lenguaje de género, también conocido como lenguaje inclusivo se presenta en algún sentido, como un lenguaje a contramarcha del lenguaje. Es un intento por reconocer y visibilizar la diversidad humana. De manera tal que no vamos a usarlo cuando hablemos de cosas, como algunos pretenden caricaturizar. El objetivo es no dejar a las personas fuera. Busca incluir, hacer presentes a través de nuevas palabras, las identidades de género que históricamente estuvieron ausentes y fueron excluidas con el  uso del género masculino como universal y neutro. Algunas de las estrategias para discutir los estereotipos que produce la lengua fueron al principio el uso de @  y luego de la x, a la hora de señalar el género, pero estos usos tropezaron con dificultades en el habla oral: ¿cómo pronunciar tod@s, todxs? De ahí que la “e” fuera la vocal con mayor aceptación para reemplazar la “o” y la “a” como los representantes de los géneros hegemónicos.

Lo que apenas parece un cambio de vocal ha generado fuerte resistencia. El lenguaje de género no existe por fuera de las prácticas. Y es justamente esta práctica un síntoma de que hay nuevas demandas para el lenguaje, demandas que le exigen hospitalidad, sensibilidad, acogida. Demandas que ponen en evidencia su insuficiencia para nombrar las diferencias, para nombrar la diversidad y con ello para respetarlas.

Quienes no están a favor del uso del lenguaje de género, argumentan que resulta poco práctico, que genera demoras en la lectura y en la comunicación, pero fundamentalmente, apelan a la autoridad RAE para indicar que se trata de un uso erróneo del lenguaje.  En pocas palabras, piensan que quienes usan el lenguaje inclusivo “hablan mal”, construyen frases que atentan contra las reglas gramaticales. Frente a esta idea de la inapelable autoridad de la RAE, pienso en los aportes de Wittgenstein, un filósofo del SXX que presenta como indisociables lenguaje y practicas humanas. De ahí que los significados de las palabras vengan de los usos sociales que de ellas hacemos. La lengua vista de este modo toma una impronta más dinámica que da cuenta de las transformaciones que se operan en nuestras formas de vida.

No obstante, los defensores de la lengua imperturbable sostienen que decir “Todos los alumnos” por ejemplo, basta y sobra para nombrar a quienes están en el aula, por más que haya  mayoría femenina y un solo varón.  Sería una redundancia, que va en contra de la economía expresiva del lenguaje, usar una palabra que  nombre de manera explícita a las mujeres o a otras identidades de género ya que en español el masculino es neutro y se usa como universal.

Ahora bien, vale la pena señalar  que la idea de que exista un lenguaje neutro no es neutral, implica una perspectiva, una toma de posición que desde ya desconoce la historicidad del lenguaje y los juegos de poder que lo atraviesan. Que el lenguaje sea arbitrario, no significa que sea neutro,  los seres humanos estamos atravesados por relaciones de poder y el lenguaje mismo no está exento de ellas. Nombrar al género masculino como el universal neutro implica tomar una posición que pone al resto de los géneros que no se nombran como subordinados y subalternos suyos.

Conviene entonces prestar atención y sospechar de lo que se pretende como neutralidad de la lengua, o mejor dicho, neutralidad de los hablantes.  Porque es esa misma “neutralidad”  la que oculta las diferencias, la que iguala lo no igual, la que por nombrar a todos sólo los nombra a ellos. La supuesta neutralidad de la lengua  desconoce la alteridad, la ignora.  La priva de la posibilidad de ser nombrada con lo cual hace como si no existiera.

El uso del lenguaje inclusivo en el aula

Creo que quienes nos dedicamos a la educación no podemos mirar para otro lado, como si aquí no pasara nada. Algo está pasando y eso que pasa importa. Debemos permitirnos dudar al menos de las generalizaciones, de las abstracciones, de la homogeneidad que viene de la igualación de lo no igual. Conviene resistir frente aquellas palabras que vacían de presencias, de vivencias, de experiencias aquello que decimos. De nada sirve  sumar palabras deshabitadas, vacías de humanidad. Que el todos se reemplace por el todes, si no es una invitación a pensar la experiencia con el resto de las personas, pierde su sentido. Si el uso del lenguaje de género no interrumpe la naturalización que hacemos del lenguaje ordinario y sexista, si no nos sirve para percibir algo de la singularidad de cada cual, para trascender un mundo dividido en dos, para ser conscientes de que hay alguien ahí, detrás de las palabras, entonces el lenguaje inclusivo fracasa. Se vuelve palabra vacía.

El uso del lenguaje inclusivo no implica decir todo lo que hay, como si eso fuera posible, se trata al menos, de decir que hay más de lo que hasta ahora hemos nombrado y contemplado.  Como docentes, tenemos la responsabilidad de generar condiciones de aprendizaje más justas para quienes están en las aulas. No creo entonces que la solución sea negar las diferencias, antes bien, como propone Skliar,  vale la pena repensar la norma que no aloja la alteridad. El lenguaje que nombra es la norma y da la impresión que lo que está por fuera de la norma, no puede ser dicho.  En este sentido la presencia del lenguaje inclusivo en las aulas me parece una vía para mostrar que hay diferencias, que hay singularidades, que hay identidades sexuales que no son ni masculinas ni femeninas, que son otras. Nombrarlas es dejar de hacer como si no existieran, como si no fueran posibles, es darles voz, darles presencia. Es hacer justicia simbólica a quienes estuvieron ausentes históricamente de nuestros modos de decir y de pensar. Se trata de abrir el lenguaje para que nombre las ausencias, esas que hoy echamos de menos.

Si la disrupción aparece, el mundo crece

El lenguaje de género incomoda, interrumpe, cuestiona y creo que por eso mismo vale la pena su uso. Porque permanentemente nos interpela, nos problematiza porque nos impide olvidar, porque nos plantea preguntas acerca de nuestras prácticas y del reconocimiento de quienes están ahí, en las aulas. Cada vez que somos capaces de nombrar las diferencias ensanchamos el mundo en el que vivimos, lo multiplicamos, abrimos horizontes posibles para pensarnos, abrimos el juego de la libertad. Dice Octavio Paz: Nombras el mundo niño y el mundo crece. Me pregunto, ¿cuál es el mundo que queremos que las infancias y las juventudes nombren y habiten? Es inevitable pensar en Wittgenstein cuando en su tractatus señala: los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo.

Si bien, nunca podremos garantizar que a partir del uso del Todes, o del chiques seamos más respetuosos con las diferentes identidades, al menos podemos ser más conscientes de ellas. Se trata de una apuesta disruptiva, valiosa para poner en perspectiva las tradicionales maneras de vincularnos. Un nuevo uso del lenguaje puede significar un cambio de perspectiva enriquecedor que tal vez no alcance para garantizar la inclusión pero si para proponerla. Se trata de instalar prácticas en el aula más hospitalarias con los estudiantes, que alojen, que den la bienvenida, que nos permitan un trato más sensible y comprometido.

Si aceptamos que las palabras importan porque dan cuenta de las prácticas de las personas y aceptamos además que han aparecido nuevas palabras que ponen en discusión los estereotipos de género, es porque hay nuevas prácticas. Ya Wittgenstein había señalado que el lenguaje tiene que ver con las formas de vida, hay otras formas de vivir, de desear, y de ser que quieren ser nombradas; silenciarlas, hacer como si no existieran, es enseñar que no hay diferencias entre las personas y eso es privar a los estudiantes de un derecho fundamental, el derecho a saber la verdad.

 


Bibliografía

Clases: 1, 2 y 3 del curso Diploma Superior en Pedagogías de las diferencias a cargo de Skliar Carlos, Barcena Fernando y Contreras Domingo. Cohorte 03, ofrecido por Flacso Virtual en 2013.

Nietzsche, Friedrich, Sobre Verdad y Mentira en Sentido Extramoral, en Obras Completas, vol I, Ed. Prestigio,  Bs As, 1970.

Wittgenstein,Ludwig https://www.uv.mx/rmipe/files/2015/05/Investigaciones-filosoficas.pdf

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Autor/a
Carolina Garolera es Lic. y Profesora de Filosofía por la UNT, Diplomada en Pedagogía de las Diferencias por FLACSO. Actualmente realiza el Doctorado en Humanidades de la UNT, enfocando sus intereses en la relación del cuerpo con la enseñanza de la filosofía; tema que investiga a través de una beca doctoral otorgada por el CONICET.
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