“El genocidio no comienza en Argentina el 24 de marzo de 1976, sino en febrero de 1975 en Tucumán”

Así lo afirmó la socióloga tucumana Ana Jemio que acaba de publicar una investigación sobre la trama del operativo de 1975: “Tras las huellas del terror”. El libro, editado por Prometeo, gira sobre una hipótesis que tiende puentes sobre la sociedad y la fecha del inicio de la represión.

Por Gabriela Saidon para El Diario Ar

Febrero de 1975. Un decreto presidencial habilita a las Fuerzas Armadas a “neutralizar y/o aniquilar” a la guerrilla en el monte tucumano. Un mes y un año antes del último golpe cívico militar en la Argentina, en esa provincia del NOA se instaura el terror. Personas presas y desaparecidas, en su mayoría obreros de ingenios azucareros, centros clandestinos de detención, anticipan lo que vendrá. Pero hay mucho más, y la trama es más compleja, como lo narra y analiza la socióloga tucumana Ana Jemio en su libro Tras las huellas del terror. El Operativo Independencia y el comienzo del genocidio en Argentina ( Prometeo, 2021) y cuenta en esta entrevista. El libro se presentará este viernes 18 de marzo a las 19 en la librería Eterna cadencia. 

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La tapa de ‘Tras las huellas del terror’

En Tras las huellas del terror contás que el proyecto surgió de algo que te dijo Margarita Cruz, una sobreviviente de la Escuelita de Famaillá, en 2005: “Yo quiero saber qué pasaba afuera del campo, no en la Escuelita sino en el pueblo”. ¿Por qué esa pregunta está en el origen?

Esa pregunta condensa una manera de interrogar nuestra historia que tiende puentes. La propuesta era investigar sobre el genocidio, pero no en la dictadura, sino durante un gobierno constitucional, tendiendo puentes entre esos dos procesos. La intención era entender ese proceso de violencia estatal pero no solo ni centralmente a través de quienes habían sido sus víctimas más directas: queríamos saber cómo había impactado el terror en todo el conjunto social. La idea que nos servía como norte era: esto no es algo que les pasó sólo a las víctimas, sólo a unos pocos, esto es algo que nos pasó como sociedad y, aunque no seamos capaces de verlo a simple ojo, eso nos ha cambiado. Y esa idea contiene, de manera intrínseca, un puente entre el pasado y el presente. Esta perspectiva que nos llegaba a nosotros a través de Margarita era, a su vez, producto de toda una reflexión conjunta en la que jugaron las propias experiencias de los sobrevivientes, las producciones de sobrevivientes de otras latitudes y de intelectuales argentinos de distintas generaciones. 

Y esa pregunta, punto de llegada de todo un proceso, funcionaba para nosotros como punto de partida de otro recorrido donde nos encontrábamos distintas generaciones. Digamos que esa pregunta inicial puede ser releída como: necesito entender mi historia en relación con los otros. Y eso es una especie de piedra basal en todo este proceso.   

¿Cuáles son los lugares comunes que Tras las huellas del terror logra desarmar? ¿Es mucho decir que a partir de tu libro el inicio de la última dictadura podría adelantarse un año? 

La tesis fuerte de este libro es que el genocidio no comienza en Argentina el 24 de marzo de 1976, sino en febrero de 1975 en Tucumán. Esto se da de patadas con uno de los nudos más fuertes que estructuran nuestra mirada sobre el pasado reciente: el que liga dictadura con genocidio. Si el “verdadero” genocidio comienza con una dictadura, el Operativo Independencia solo puede aparecer como la antesala de lo que se vendrá después. Sin embargo, y esto es lo que muestra el libro, durante 1975 y en Tucumán la represión tuvo idénticas características de lo que vino después: campos de concentración, desaparecidos, secuestros, negación de información sobre las víctimas. Esto no niega, por supuesto, que luego de marzo de 1976 esta política se haya generalizado e intensificado en el resto del país. Y que, incluso, muchas otras cosas hayan cambiado porque no es lo mismo un gobierno constitucional que una dictadura militar. Lo que sí fue igual fue el modo en que reprimieron. 

Algo similar puede decirse en relación a las víctimas: la imagen dominante del período es que la mayor parte de ellas continúan detenidas desaparecidas y que una ínfima minoría sobrevivió a los campos de concentración. En Tucumán esto es sencillamente incorrecto. Aunque cambia según el tiempo y el lugar, como mínimo la mitad del total de víctimas fue liberada luego de pasar por Centros Clandestinos de Detención.

Lo que me parece importante es que estos señalamientos no apuntan necesariamente a cuestionar como “falsos” esos íconos con los que solemos pensar el período. En todo caso, busca inscribirlos como un elemento destacado en el marco de un panorama más amplio: es cierto que a partir de 1976 se extiende territorialmente y se profundiza la política genocida, pero no que allí empieza; es cierto que la desaparición forzada de personas fue el modo dominante en que se ejerció la violencia estatal, pero además de su vertiente de exterminio, tuvo otra vertiente, la liberación.

¿Cuáles son las principales incomodidades a las que lleva ahondar en el Operativo Independencia: la mirada sobre la guerrilla en el monte y el hecho de que se haya desarrollado en un gobierno democrático y peronista?

Siempre dije que el Operativo Independencia era un acontecimiento incómodo, pero ahora con tu pregunta pienso que no lo es en general, ni para todo el mundo. Para los genocidas o durante la hegemonía de la llamada “teoría de los dos demonios” ese acontecimiento tenía un rol claro en sus narrativas: la guerrilla había construido en Tucumán su máximo desafío instalando una compañía en el monte, y el Estado constitucional respondía legítimamente a esa ofensa. Hay muchas diferencias entre ambas explicaciones, pero sí comparten este punto central: legitimar la represión a partir de la existencia de una guerrilla rural.

El campo popular y el amplio mundo del progresismo, en cambio, tiene muchos más problemas para lidiar con este acontecimiento. En primer lugar, porque ocurrió durante un gobierno peronista y porque bombardea la idea de que en un estado constitucional de derecho nada malo puede pasar. En segundo lugar, porque pone sobre la mesa el problema de los proyectos revolucionarios y de la lucha armada. Desde hace al menos 20 años tomó fuerza una interpretación según la cual el Estado persiguió a todo aquel que se opusiera al proyecto que buscaba imponer el bloque dominante. Con esta explicación más general, la discusión sobre las organizaciones revolucionarias pudo omitirse. El Operativo Independencia, como mínimo, impide esa omisión. Porque cuando uno intenta explicar por qué en Tucumán la política sistemática de desaparición forzada comienza un año antes, algo tiene que decir sobre la guerrilla. 

Usás dos figuras metafóricas para desplegar las hipótesis centrales: el caldito y la sopa, y el pulpo, cabeza y tentáculos. ¿Podés desarrollarlas?

Recién te decía que nuestro interés central era saber cómo había impactado el terror en todo el conjunto social. Para eso partíamos de los trabajos desarrollados por el sociólogo Daniel Feierstein (director de la tesis que luego se convirtió en este libro) y de las reflexiones desarrolladas por la propia Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos, de la cual Margarita formó y forma parte. Si el genocidio busca transformar la sociedad a través del terror, el principal ámbito de producción de ese terror son los campos de concentración. Los sobrevivientes crearon la metáfora del cubito y el caldo: el Centro Clandestino de Detención y sus reclusos eran la expresión concentrada (el cubito) de algo que irradiaba a todo el conjunto social (el caldo). 

Esta metáfora es muy rica porque sugiere varios sentidos. El campo no es una entidad separada o aislada de la sociedad, sino que está dentro de ella. Existe un movimiento, una direccionalidad porque hay un emisor y un receptor: a medida que el cubito se va disolviendo (va irradiando el terror), sus partículas van transformando el agua en sopa (va transformando a ese conjunto). Una vez disuelto todo el cubito, sus partículas no se esfuman, sino que persisten sus efectos en el caldo, cuya naturaleza inicial de agua está perdida, ha sido transformada.

Digamos que esta metáfora fue el punto de partida para investigar concretamente cómo habían sido esos “cubitos” en Tucumán, durante el Operativo Independencia. Y nos encontramos, en primer lugar, con que habían sido muchos: al menos hubo 60 espacios en los que hubo personas secuestradas. Pero además de muchos, habían sido muy distintos. Algunos eran grandes espacios, más parecidos a los que nos imaginamos cuando pensamos en un campo de concentración: la Escuelita de Famaillá, la Jefatura de Policía, la base del Ingenio Fronterita. Otros, en cambio, eran lugares muy pequeños a los que difícilmente podríamos llamar Centros Clandestinos de Detención pero que también habían servido para secuestrar y torturar personas. Si tomamos esos espacios de a uno, podríamos caer en el error de restarles importancias: tenían un detenido, dos, tres. Pero si los tomamos en conjunto vemos que eran no menos de 45 y que estaban distribuidos por toda la geografía tucumana.

Y ahí llega la metáfora del pulpo que es, de alguna manera, producto de haber desplegado esa metáfora anterior. Lo que vimos en la investigación es que más que calditos, unidades similares, lo que había era una red de espacios donde ese terror se producía. Espacios que estaban conectados entre sí, y que tenían distintos niveles de magnitud, de complejidad. Los grandes CCD eran como la cabeza de un pulpo, que iba acompañada de tentáculos, ventosas. Esos tentáculos, en sus extremos más finos, no se parecen a la cabeza del animal, pero recuerdan su existencia. La comisaría de la esquina de la casa, la misma de siempre, o un campamento militar a orillas de un cañaveral en el que secuestraron a una, dos personas, no son la cabeza del pulpo, pero son sus tentáculos y con ello alcanza para reconocer qué hay detrás. Fueron piezas claves para producir y amplificar el terror en el conjunto de la sociedad.

El libro incluye bastante de backstage. Es el resultado de tu tesis de doctorado, pero también de otras acciones militantes, no solo académicas. ¿Podés resumir esa articulación de saberes y acciones?

Siempre he trabajo en procesos colectivos y siento que las producciones individuales (este libro, un artículo, la tesis) son momentos de reflexión sobre aquel hacer con otros. Primero, ese hacer fue con el Grupo de Investigación sobre el Genocidio en Tucumán, que impulsó Marga Cruz. Hicimos entrevistas, talleres con jóvenes y sobrevivientes, homenajes, espacios de educación popular, reconstrucción de historias de vida. En ese proceso quedaron sembradas las principales preguntas que han sido motor de este libro. Luego, ese hacer fue con el equipo del Observatorio de Crímenes de Estado, dirigido por Daniel Feierstein y Malena Silveyra. Con ellos ensayamos distintos modos de vincularnos con organizaciones querellantes y construir conjuntamente conocimiento que pudiese aportar a los juicios que se desarrollan contra los genocidas. Si en aquel proceso quedaron sembradas las preguntas, en este podría decir que encontré algunas de las principales herramientas para responderlas. 

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