Cuando la mala víctima es trans

Hace pocos días Celeste fue detenida luego de agredir físicamente  a una mujer que salía de su trabajo en la calle 25 de mayo al 300. Desde entonces se reproducen en redes sociales posteos y noticias de portales locales que hablan de Celeste como si fuera un monstruo, sobre todo haciendo hincapié  una y otra vez en su identidad de género.

Celeste es una mujer trans de 27 años de edad. En el año 2013, cuando tenía 19 años,denunció haber sido secuestrada y abusada en la comisaría IV durante tres días. Los signos de violencia física y sexual que sufrió su cuerpo fueron comprobados en el hospital al que acudió al escapar de la comisaría, pero en el juicio que se efectuó en el año 2016 los 7 policías implicados no se registró el abuso. 

La organización de activistas feministas y del colectivo LGBTI logró hacer de la situación de Celeste una causa nacional contra la violencia institucional. Sin embargo eso no alcanzó:  dos policías fueron condenados por privación ilegítima de la libertad a cinco años, uno fue absuelto y sobre cuatro se ordenó continuar las investigaciones. No hubo justicia para Celeste, ni mucho menos reparación.

Durante los  últimos años  Celeste vivió en la calle, en albergues, en casa de amigas, de conocidos y de extraños. Celeste presenta un cuadro complejo de salud mental que  vuelve difícil  para las personas que intentaron ayudar, poder encontrar una respuesta a su situación. Su derrotero por las calles de Tucuman se volvió constante y su vida “un caso” que dio vueltas en oficinas del Poder Judicial, del gobierno provincial y que se habló incluso en reuniones de oficinas del Estado nacional. 

Los casos complejos no tienen una solución rápida nunca, porque no pueden dar respuestas mágicas a los problemas complejos y sobre todo porque nunca alcanzan los recursos. Cuando se trata de personas del colectivo trans, el Estado  ni siquiera cuenta con la cantidad de personas necesarias para acompañar de modo sostenido en el tiempo las intervenciones. Los acuerdos de trabajo realizados de buena fé por parte de algunos agentes del Estado hace unos años no pudieron mantenerse, no se pudo contenerla. Incluso cuando se llegó a la instancia de otorgarle una curatela, es decir, se nombró de oficio a un abogado para que responda en asuntos legales por Celeste, a sabiendas de que no se encontraba apta para hacerse cargo de sí. 

Celeste, en la calle, continuó sufriendo violencia, y también ejerciéndola. No tener un tratamiento de salud adecuado, dormir a la intemperie, pasar hambre, convivir con el desprecio de la gente y la estigmatización no podría tener otros desenlaces que no sean violentos. 

Las violencias que sufrió y sufre Celeste no llegan a calar hondo en la sociedad, ni en el Estado y como contrapartida la violencia que ejerce es expuesta a la vista de todos, sin motivo, sin contexto, sin una solución posible que no sea la condena social y más rechazo.  

Esta breve descripción no busca ser una justificación de ningún hecho cometido por Celeste, sino dar cuenta de toda la cadena de vulneración de derechos que vive Celeste, y también dar cuenta de que la respuesta social  siempre parece ser  el odio y la demonización. 

“La solución” que hoy se busca mediante las denuncias y exposición de su persona, necesita venir de la mano de un Estado en el cual cada agente haga su trabajo, y en el cual también se tenga la decisión política de destinar recursos para intervenir de modo efectivo y sostenido. 

No habrá justicia para Celeste, ni justicia para las personas víctimas de su violencia si no entendemos que justicia real significa que ninguna persona en su situación debe estar como ella está, arrojada fuera del sistema. 

Celeste es la mala víctima, y trans, y todo lo que pasó nos muestra que no logramos aún garantizar una respuesta que esté a la altura de las circunstancias.

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