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Cena a ciegas, experimentación gastronómica. ¿Te animás?
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Cena a ciegas, experimentación gastronómica. ¿Te animás?

Una reseña de una experiencia gastronómica a ciegas contada en boca de sus protagonistas. Charco espacio experimental sigue sorprendiendo con sus propuestas que, desde diferentes disciplinas artísticas, invitan a poner el cuerpo y los sentidos a jugar.

Por Sol Osorio

Charco

Fotos: Constanza Montealegre

Esa era la información con la que Charco convocó a participar de una noche particular. Fue a propósito que no hubiera más información. La respuesta frente a las numerosas consultas era sencilla y escueta: “Esta es la primera acción del área gastronómica de Charco, una casa experimental, que trabaja el vínculo entre diferentes lenguajes artísticos. Se trata de una cena a ciegas que consta de entrada, plato principal, postre y bebida”.

A quienes querían participar se les enviaba una ficha para completar con algunos datos personales e información sobre la alimentación: elecciones personales, como el veganismo; alergias; intolerancias a algunos alimentos; celiaquía, etc. Decidieron no preguntar sobre gustos.

Juan Pablo, uno de los chef, nos contó que fue ese uno de los primeros desafíos. “Muchas veces vemos las cosas y decimos no nos gusta, sin probarlo… No iban a poder ver y no sabían qué iban a comer”. La idea era poner en juego no solo lo culinario.

“Sabían que había comida y que la casa tenía que ver con el arte, pero no quisimos dar más información. Ni si habría música en vivo o no, no sabían el menú, no sabían cómo se iban a sentar. Nada. Ni cómo estaba distribuido el espacio, ni si se iban a vendar los ojos, o si iba a estar el lugar a oscuras”.

Desde la organización se cubrieron la mayor cantidad de detalles posibles. Se asesoraron con personas no videntes que los aconsejaron en detalles muy puntuales.  La disposición del espacio en la sala debía ser cómoda, dejar caminos libres para la circulación cómoda. Mejor elegir vasos de base ancha en vez de copas altas para que fuera menos probable, ante la torpeza de las manos ciegas, que se tumbaran. La comida fue pensada tanto en la forma como en su consistencia, para comer con las manos: para quienes podemos ver tratar de comer con cubiertos algo que no sabemos ni qué es, ni cuánto hay, ni dónde está es una tarea dificilísima y hasta peligrosa.

Y por sobre todo el consejo que más buscaban era cómo interactuar con la gente para generar un clima cálido, agradable y que nadie se desespere o le gane la ansiedad frente a una situación tan poco usual. La propuesta era especial, y como le contó a La Nota, Juan Pablo, el chef y uno de los ideólogos, la idea fue poner en juego no solo lo gastronómico.

Generar confianza era uno de los desafíos más grandes para Charco.

Y como no confiar, si la propuesta era juntarse a jugar. Una especie de gallito ciego, o de cuarto oscuro, pero con las cosas que en general nos gustan a los grandes: la música, la comida, algo para tomar y gente querida. La sensación extraña que tenemos cuando de repente nos tapan los ojos o se corta la luz no es la misma. Aquí quienes iban, sabían que esa noche iban a estar a ciegas durante un rato largo, cenando, tomando vino, charlando como si nada, pero a ciegas. Sabían que habría otras personas atentas a que no les pase nada, que no se incomoden, que no se golpeen, acompañándolos al patio y tratando de que disfruten este juego. La información concreta con la que contaban las y los comensales era muy poca. La cena la fueron armando con sus otros sentidos a medida que transcurría la noche.

Viernes 22 hs.

La dinámica era simple y ordenada. Los 36 comensales para los que estaba dispuesta la cena llegaron puntuales en pareja o en grupo a la casa de Charco.

Fueron recibidos por dos anfitrionas en un hall que no permitía ver la sala donde se desarrollaría la cena. Allí les explicaban brevemente cómo iba a desarrollarse la noche, les daban unos minutos por si tenían que mandar algún mensaje o hacer algún llamado y les tapaban los ojos con un antifaz. Una vez ciegos, quedaban ya en manos de su guía, que se presentaba mientras les tomaba las manos para que no fuera tan fría la llegada. Ese fue uno de los momentos claves para generar esa confianza que buscábamos, a través del contacto. Un lazo que generara calidez y le ganara a la ansiedad de estar con los ojos vendados en manos de gente que no conocen en un lugar, para muchos, nuevo. El grupo se enfilaba tomándose de los hombros y la guía los acompañaba con paciencia hasta la mesa. Allí les tomaba el pedido de bebidas y les contaba que el equipo anfitrión iba a estar atento a las mesas y si necesitaban algo solo tenían que levantar la mano y enseguida alguien se iba a acercar.

charco

Fotos: Constanza Montealegre

Cuando ya todas las mesas estaban ocupadas sirvieron las entradas: brusquetas de tomate asado con pistacho y crema de aceituna; berenjena rebozada en harina de maíz y fécula de mandioca con habas y queso de campo. Como en toda cena especial el tema de conversación era la comida, contar las piezas que cada quien tenía en su plato, comentar sabores.

La entrada fue un éxito, no hubo sobras en los platos. Los tiempos estimados para cada servicio se fueron estirando, no solo por la dificultad que puede suponer el comer sin ver sino también por las charlas en las mesas. El acto de comer no era una prioridad.

Sin pausa pero sin prisa los y las anfitrionas sirvieron el plato principal: pollo al horno con provenzal y pollo con salsa de maracuyá con eran zuchinis rellenos y mandioca frita como guarnición. La idea era cocinar el mismo tipo de carne (pollo) pero en dos cocciones diferentes, para probar si al no ver se daban cuenta que era la misma carne comiéndola.

Los comentarios sobre las piezas, los sabores se repitieron. Tanteaban el plato buscando más piezas, incluso cuando ya no les quedaban más, hacían recorridos por todo el plato buscando algún pedacito que les haya quedado sin probar.

El clima ya estaba totalmente distendido. Las primeras tensiones estaban resueltas y en las mesas la charla y el contacto fluía olvidando cualquier impedimento. Los desconocidos que compartían mesas ya no eran desconocidos.

Hubo valientes que se animaron a ir sin compañía y sentarse a oscuras a comer con gente que no conocían. Una joven, hermana de una de las organizadoras, fue sola y la sentaron en una mesa con un grupo de 3 amigas. Parte de la charla rondó sobre cómo se imaginaban unas a otras. Salieron a fumar juntas, todavía con el antifaz puesto y se escuchaban sus risas mientras se tocaban el pelo e intuían el aspecto de su nueva acompañante “¡Te imaginaba con el pelo cortito!” “Yo creo que sos alta y flaca, no sé, por tu voz…”

Charco

Fotos: Constanza Montealegre

Las parejas se mantenían con las manos juntas, tal vez apenas rozándose, pero siempre en contacto. Por suerte para ellas, para besarse no hace falta la vista. Se tocaban la cara, las manos, el pelo. Se reconocían a oscuras en medio de un montón de gente que tampoco los veía.

Los Charco que estaban en el servicio de las mesas también estaban más relajados y empezaron a divertirse con sus invitados e invitadas. En silencio retiraban los platos vacíos sin avisar o rellenaban los vasos para sorpresa de los comensales que percibían el sonido del líquido cayendo. “Ya me están sirviendo la bebida, yo siento el ruido”. Al momento de servir el postre, mousse de mandarina y chocolate, llevaron las copas y dejaron las cucharas desparramadas por la mesa para que cada quien tenga que encontrar la suya.

La violinista, un poco por aburrida, un poco por experimentar empezó a circular entre las mesas, y los comensales se desconcertaron. Algunos no sabían de dónde venía la música, si era un instrumento que se paseaba por el salón o si mediante algún mecanismo las mesas giraban, generando ese efecto de movimiento. Ya cerrando la noche se sumó el director de la Orquesta Juvenil con su guitarra y acompañando el clima de viernes por la noche tocó el hit del momento, “Despacito”, con el que todos se pusieron a aplaudir y a cantar con sus antifaces puestos.

La actividad que estaba programada para 45 minutos duró un poco más de dos horas. Para cerrar la noche se acercaron los dos chef encargados de la comida, agradecieron a los y las invitadas y les invitaron a sacarse los antifaces. El descubrir sus ojos nuevamente fue un momento más de celebración. Saludos, abrazos, comensales buscando a quienes los habían acompañado durante la cena para agradecerles la atención, amigos y amigas encontrándose después de haber compartido una cena a algunas mesas de distancia sin haberse percibido. Y mucha emoción de poder seguir charlando con quienes fueron en un principio solo voces desconocidas y ahora ya eran amigos con rostros, colores, sonidos y una hermosa y particular noche compartida.

Charco

Fotos: Constanza Montealegre

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Sol Osorio

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