Aborteras que decidieron maternar: el aborto no quita el deseo de ser madre
La caída de la natalidad en Argentina volvió al centro de la discusión después de que Javier Milei responsabilizara a las “locas del pañuelo verde”. Pero abortar y maternar no son decisiones contradictorias. La psicóloga y activista Milagros Argañaraz plantea que el debate debería poner el foco en las condiciones materiales de vida: cuánto cuesta criar, cuánto se trabaja y quién sostiene las tareas de cuidado.
Hay una palabra que atravesó buena parte del debate por el aborto: decidir. Decidir si maternar. Decidir cuándo, cómo y con quién. Decidir no hacerlo. Pero también decidir hacerlo.
La posibilidad de abortar no eliminó el deseo de maternar. Para muchas mujeres, por el contrario, poder decidir sobre un embarazo fue también una condición para poder construir un proyecto de vida en el que la maternidad pudiera ser deseada.
La discusión volvió a aparecer después de que el presidente Javier Milei responsabilizara a las mujeres que se identifican con el movimiento de los pañuelos verdes por la caída de la natalidad en Argentina. La afirmación simplifica un fenómeno que comenzó mucho antes de la sanción de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo y que está atravesado por múltiples dimensiones sociales, económicas y culturales.
¿Qué condiciones existen hoy para maternar? Para Milagros Argañaraz, psicóloga, activista y madre, el punto de partida es justamente ese. “El aborto legal no nos obliga a no ser madre, sino al contrario: nos da la posibilidad de decidir”, sostiene.
Si las tasas de fecundidad y de nacimientos disminuyen, plantea Argañaraz, “antes que buscar responsables entre quienes defendieron el derecho al aborto habría que mirar las condiciones sociales, materiales y económicas en las que transcurre la vida cotidiana”.
“Hay que pensar cómo estamos llegando a fin de mes, cuánto cuesta un alquiler, cuánto está la canasta básica, cuánto tiempo tenemos que trabajar para cubrir esa canasta básica y si eso implica tener uno o más trabajos”, explica.
La pregunta por la maternidad no puede separarse de la pregunta por el trabajo. Las mujeres trabajan, maternan y realizan tareas de cuidado. Y esa combinación continúa produciendo una desigual distribución de responsabilidades. “Las madres trabajamos, maternamos y trabajamos. Tenemos esa doble función que a veces se transforma en doble carga, y todavía continúan cayendo sobre nosotras las tareas de cuidado”, señala.
La desigualdad también aparece en las licencias laborales. Las licencias por paternidad continúan siendo mucho más reducidas que las de maternidad, una diferencia que refuerza la idea de que el cuidado de los hijos es principalmente responsabilidad de las mujeres.
Para quienes están atravesando su etapa de mayor desarrollo laboral, la llegada de un hijo puede convertirse en un desafío adicional. Argañaraz habla de una especie de “Tetris” cotidiano: acomodar tiempos, trabajo, crianza, descanso, esfuerzos y cansancio.
“Los niños y las niñas necesitan de nuestra atención y nuestros cuidados, por supuesto, pero no solo de la madre, sino de un adulto responsable que esté ahí para mirarlos, para acompañarlos. Todo eso implica un rompecabezas”, plantea.
Abortar también puede ser parte de un proyecto de maternidad
Existe una idea instalada de que quienes defienden el aborto necesariamente rechazan la maternidad. Pero las experiencias de muchas mujeres muestran exactamente lo contrario. Hay quienes abortaron y luego decidieron maternar. Mujeres que tuvieron un aborto antes de su primer embarazo y mujeres que, después de haber tenido hijos, volvieron a decidir abortar.
“Las madres también abortamos. Abortamos antes de nuestro primer embarazo o abortamos después”, señala Argañaraz.
Las estadísticas también muestran que una proporción importante de las mujeres que abortan ya son madres. La decisión de interrumpir un embarazo no necesariamente expresa un rechazo a la maternidad, sino que puede estar relacionada con las circunstancias concretas en las que ese embarazo ocurre. Porque querer ser madre no significa querer serlo en cualquier momento, bajo cualquier circunstancia o a cualquier costo.
“Ser madre es una gran responsabilidad. Es un trabajo, requiere de tiempo, dinero, redes afectivas, esfuerzo, ganas. Cuando hablamos de maternidades deseadas, hablamos de todo esto”, explica. El deseo de maternar, entonces, no existe en el vacío. Está condicionado por las posibilidades materiales de llevar adelante esa decisión.
También por las redes afectivas, las condiciones laborales, las relaciones sexoafectivas y las posibilidades de conciliar los distintos proyectos de vida.
“En lugar de demonizar a las aborteras o a las pañuelitos verdes como la causa de los males sociales, habría que pensar qué condiciones políticas, sociales y económicas estamos viviendo”, sostiene Argañaraz. Criar cuesta. Tener un hijo implica dinero, tiempo, responsabilidades y redes.
Y cuando esas responsabilidades continúan recayendo principalmente sobre las mujeres, la decisión de maternar puede entrar en tensión con otros proyectos: estudiar, trabajar, desarrollar una profesión, sostenerse económicamente o simplemente tener una vida que no esté organizada alrededor del cuidado de otras personas.
“En tanto y en cuanto esas responsabilidades continúen recayendo casi exclusivamente sobre las mujeres, sobre nosotras, sobre las madres, se hace más cuesta arriba”, plantea. Por eso, si el objetivo fuera realmente promover políticas que permitan a quienes desean tener hijos hacerlo, la discusión debería ser mucho más amplia que la cantidad de nacimientos.
Debería incluir el acceso a la vivienda, los salarios, las condiciones laborales, las licencias, los sistemas de cuidado y la distribución de las tareas domésticas.
“Si vamos a hablar de políticas de población, hay que pensar la redistribución de los cuidados hacia dentro del hogar, pero no solo como un tema íntimo, sino como un tema político. Y pensar nuestras realidades económicas fundamentalmente: cuánto cuesta la vida, cuánto nos cuesta vivir”, resume Argañaraz.
“El aborto legal habilita la pregunta por la maternidad y eso rompe con siglos de subordinación de las mujeres, justamente como cuerpos disponibles para la reproducción de la especie”, sostiene. La posibilidad de elegir transforma la maternidad ya no como destino obligatorio, sino como proyecto.
“Siendo madre, pienso lo dificultoso que es llevar adelante un proyecto, pasar por un parto, por una crianza sin tener la elección puesta allí o el deseo puesto allí”, explica. Porque incluso cuando existe amor, maternar implica responsabilidades concretas. Y no todas las mujeres cuentan con las mismas redes, recursos o condiciones para asumirlas.
También existen embarazos atravesados por situaciones de violencia, falta de sostén afectivo o condiciones económicas que vuelven todavía más difícil la posibilidad de criar.
Maternar puede ser un deseo, un proyecto y una elección. Y para que esa elección sea realmente posible, también hacen falta condiciones.
Hay mujeres que abortaron y después fueron madres. Hay mujeres que fueron madres y después abortaron. Hay mujeres que desean ser madres y no pueden hacerlo por sus condiciones de vida. Y hay mujeres que simplemente no quieren serlo.
Todas esas experiencias caben dentro de una misma palabra: decidir.


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