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Pobreza en Tucumán: “no puedo dormir porque no tengo para darle de comer a mi hija”

En el Gran San Miguel de Tucumán la pobreza afecta a 214.750 habitantes y 17.000 personas están en la indigencia. Pero no son solo números y porcentajes, son historias como la de Graciela y Johnatan. Por Martín Dzienczarski para La Gaceta.

Hizo fuerzas con los brazos para ponerse de pie, pero no pudo incorporarse. Graciela del Valle Córdoba iba a levantarse para ir a cartonear, pero quedó postrada. El dolor de las articulaciones por la artritis reumatoidea no le permitió pararse. No había desayunado porque no tenía yerba ni pan. Tampoco almorzó. No tenía nada para comer. “Espero tener fuerzas para ir a juntar chatarra a la siesta”, explicó la mujer, mostrando sus manos hinchadas, los dedos manchados por el tabaco alrededor de su bastón, hecho con un caño con un tarugo y una empuñadura de plástico.

Para muchas familias tener para comer día a día en Los Vázquez, al sureste de San Miguel de Tucumán, pasa por caminar unas cuatro cuadras por un descampado hasta el playón privado de una empresa de transporte en donde se formó un pequeño basural. Unas 20 o 30 personas remueven basura buscando cartón, lata, cobre o aluminio para venderlo en un corralón. El problema es que el precio de los metales quedó estancado y el kilo de latón se paga $ 1,20, el de hierro $ 1,50, el cobre casi $ 70, el bronce $ 50 y el aluminio $ 15. El cartón, entre $ 1 y $ 1,40 el kilo. Todo un día de trabajo puede alcanzar, con un poco de suerte, para $ 200. Encontrar algo de un metal “caro” es una salvación.

La misma empresa hace los traslados de mercadería de un supermercado y una vez por semana arrojan bandejas con productos vencidos o dañados. La gente se agolpa: pollos envasados verdosos, latas golpeadas y vencidas, comestibles descartados. De todo eso sale un almuerzo. Como entre 1995 y 2004, cuando funcionó ahí el basural oficial de la capital, muchos vecinos siguen viviendo de la basura. Ahora, de un basural privado.

El Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) reveló ayer que, en el Gran Tucumán-Tafí Viejo, ni la devaluación ni el freno económico han impactado en la medición de pobreza e indigencia durante el primer semestre. El aglomerado registró una tasa de pobreza del 24,2% (214.750 personas en el aglomerado urbano) y una indigencia del 1,9% (17.148 casos), levemente inferior a igual período de 2017.

“El martes rescatamos papa y cebolla que estaba descartada. Teníamos una caja de salsa que viene hecha de un súper, de la semana anterior. Y comimos eso”, dijo la mujer sentada en el patio de su casa. Enfrente había una llanta vieja de autos con un poco de leña apagada y una pava negra del tizne. Sobre una mesa había latas aplastadas, recuperadas del basural.

“Mi ingreso fijo es el salario familiar que cobro por mi hija de 15; son $ 1.570. Con el día a día, juntando chatarra, alcanza para $ 150 o $ 170. ¿Qué hacés con $150 hoy? Mando a mi hija a la escuela Amado Juri; ahí tiene desayuno y almuerzo. Estudia mucho, es escolta. Hace las cosas en casa porque no puedo, la artritis me genera mucho dolor. Ella me tiene que bañar, incluso, porque no puedo levantar los brazos”, contó Córdoba, de 52 años, que también es diabética.

Viven en una casa de dos habitaciones hecha con bloques de cemento. Las chapas del techo son las que encontró en el basural. “La casa la hicimos gracias a una cooperativa del barrio, yo puse los materiales. El problema es que se me están partiendo las paredes, no tengo piedras para apretar las chapas y se llueve entero. No tengo baño. El hoyo del baño está rebalsando, no tengo solución de nada”, lamentó la mujer. Al lado de las habitaciones hay una galería levantada con caña hueca, chapas viejas y unos plásticos a los costados. Duerme con su hija en una cama con un colchón que rescataron del basural. Usa leña porque se le rompió la cocina. Tampoco tiene para la garrafa social.

Dos miedos

Córdoba dijo que tiene dos miedos: quedarse sin comer y quedarse sin luz. “Tengo una heladera prestada y tengo miedo de quedarme sin luz, porque me quedo sin insulina. Llevaba nueve boletas sin pagar, porque venían de $ 700, de $ 900, de $ 1.000. Terminé haciendo un arreglo para pagar en 71 cuotas de $ 110. Tengo terror de que me corten la luz y quede sin insulina”, contó. Para buscarla debe ir hasta el Hospital del Este, en Banda del Río Salí, pero no tiene para trasladarse en colectivo. Si tuviera tampoco podría viajar, porque no se puede sostener; el taxi es un lujo. “No puedo levantar los pies, así que no puedo ni subir al colectivo. Hace un año que no voy al médico porque no me alcanza para el taxi. Mi ex marido lleva los papeles y me retira los remedios. Me dan cuatro lapiceras de insulina y eso me alcanza para 15 días”. La mujer vivía en el barrio Alejandro Heredia. Trabajaba cocinando y vendiendo rosquetes, bollos y empanadillas, pero como le preocupaba la violencia, hace una década decidió mudarse a su Ranchillos natal. Se instaló con una casa de caña tacuara y barro. Pero no conseguía trabajo. Eligió volver a la ciudad y se instaló en Los Vázquez. Hace cinco años le diagnosticaron artritis y diabetes. No puede cocinar más. Ahí empezó a buscar chatarra.

“Tengo dolores pero lamentablemente me tengo que dar maña. Ayer (por el miércoles) salí y a la cuadra no podía caminar más. Mi nieta de 8 años, que me acompaña a la siesta, me hizo aguantar hasta que me senté en la silla de una casa. Ella me acompaña porque tiene miedo de que me muera en el camino. Como no tenemos carrito alquilamos a uno para traer la chatarra y sale $ 50. Pero si sacamos $ 150 no podemos resignar un tercio, y traemos el bulto como podemos”, sigue el relato Córdoba. Ella inició los trámites en Ranchillos para tener la pensión, pero el trámite quedó trunco. Dijo que le devolvieron la carpeta pero que le piden rehacer una resonancia para ratificar su enfermedad. “No tengo para movilizarme, ¿cómo puedo hacerme otro estudio?”, renegó. Al lado suyo estaba su ex pareja, Miguel Valdez, de 65 años. Él tiene daño cervical, artrosis y la columna desviada. Vive en la casa de una sobrina, cobra una pensión de $ 5.400, pero algunos días a la semana acompaña a Córdoba y la ayuda con los medicamentos. También cartonea. “Me cargo como burro y me ando arrastrando del dolor, pero necesito trabajar porque la pensión no alcanza”, agregó.

Los dolores nocturnos son los peores para Córdoba. Y no sólo de los huesos. “A la noche mi hija me dice que tiene hambre. No duermo, no puedo dormir porque no tengo para darle de comer. Antes trabajaba, haciendo rosquetes y empanadillas tenía para comer y ayudar a mis otras hijas. Otras veces me duelen tanto los huesos que no puedo estar acostada y me siento. ‘Mamá, ¿qué pasa?’, me dice mi hija. ‘Nada, nada, volvé a dormir que en un rato tenés que ir a la escuela’. Ahora ella está estudiando y dice que quiere recibirse para sacarme de aquí. Yo quiero que estudie para sacarse ella. Ninguna de mis hijas terminó el secundario, pero ella me va a dar el gusto. Habrá un título en esta casa”, continuó. “No sé qué hacer ya, necesito vivir mejor, necesito trabajo o algo para poder conseguir comida y mantener a mi hija”, finalizó.HAMBRE. Johnatan sueña con que sus hermanos no busquen en la basura.

En el basural

Para salir a cartonear hay que entrar por el fondo de la casa de unos vecinos y bajar un terraplén hasta la cancha de fútbol que armó un grupo de chicos que se recupera de las adicciones con psicólogos del Ministerio de Desarrollo. Atravesada la cancha, hay que subir otro terraplén hasta el margen de una lomada que alguna vez fue una célula de residuos del basural oficial de la ciudad. Después hay que caminar unas tres cuadras por un descampado pegado al paredón de la empresa 9 de Julio, hasta que se llega al terraplén de basura del predio de la firma de transporte.

Revolviendo sobre una pila de basura estaba Johnatan Carlos Reynoso, de 20 años. Había llegado a las 9, cargaba cartón y metales en unas bolsas. Tiene tres hermanos, de 5, 11 y 14 años. Su madre cobra la AUH por las más grandes pero no alcanza, por eso Reynoso junta chatarra. Si junta cartón por un mes puede armar un paquete con el que consigue hasta $ 2.000. “Me gustaría tener trabajo y que mis hermanos estén bien. Mi sueño es ese, y que ellos no tengan que vivir buscando en la basura como yo. A la mañana me despierto y vengo sin desayunar. Vuelvo a la tarde recién y como algo. Junto para mis hermanos”, dijo tranquilo el joven, acomodándose un gorro de San Martín.

El caso santiagueño

Con la tasa más alta del país
Por  lejos, el aglomerado urbano de Santiago del Estero-La Banda registra el mayor índice de pobreza de la Argentina. De acuerdo con los datos difundidos ayer por el Indec, el 44.7% de la población de ese distrito (385.217 personas) está bajo la línea de pobreza, es decir, 172.169 casos. El número de indigentes también es el más alto, pero del NOA (27.052). La tasa más baja corresponde a Ushuaia-Río Grande, con un 10,4% de sus habitantes bajo la línea de pobreza (16.308 personas). En el NOA, Salta registra 163.184 pobres (26,4%), Jujuy-Palpalá, 102.826 (23,5%), Gran Catamarca, con 57.102 (26,3%) y La Rioja 48.951 (23,5% de pobreza).

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