Hugo Heredia

Palantir: Peter Thiel y la búsqueda de neocolonización algorítmica de la Argentina

Actualidad

En esta columna de opinión, Hugo Heredia propone una lectura sobre el desembarco de Palantir en la Argentina y sus posibles efectos sobre la soberanía, la democracia y el control de la inteligencia.

Mientras en la Argentina se dirimen visiones sobre el rumbo del país y el alcance de las reformas que lleva adelante el gobierno de Milei, bajo la superficie de estas disputas políticas se proyecta una sombra densa que apunta a la reconfiguración de aspectos estructurales del país.

En ese escenario, el desembarco de Peter Thiel, cofundador de Palantir Technologies, sugeriría una intervención directa sobre la arquitectura de mando y soberanía estatal. Thiel está en la búsqueda de la implementación de un sistema que podría no solo aspirar a asistir en la toma de decisiones, sino a ensayar un reseteo de la infraestructura misma del Estado desde su raíz. 

Palantir no es una empresa de software convencional; nació financiada por In-Q-Tel, el brazo inversor de capital de riesgo de la CIA, con el objetivo de privatizar el espionaje y proyectar un escenario donde la matriz de mando y soberanía cognitiva de “Occidente” tendería a ser corporativa, externa y ajena a la deliberación pública.

En este marco, la categoría de “Occidente” dejaría de ser un bloque geográfico o cultural para convertirse en un potencial proyecto de hegemonía tecnológica. Bajo esta lógica, naciones como la Argentina correrían el riesgo de quedar atrapadas en una servidumbre extractiva: un orden donde el país no solo proveería el sustrato material (energía y litio) para el funcionamiento de estas redes, sino que entregaría su propia soberanía cognitiva, convirtiendo la toma de decisiones públicas en un proceso gestionado por infraestructuras técnicas ajenas y privadas, ligadas a Palantir.

Las reuniones recientes de Thiel con funcionarios del gobierno argentino —realizadas sin acceso público ni cobertura de prensa— abren interrogantes concretos. ¿Qué tipo de acuerdos se están explorando? ¿Qué lugar podría ocupar una empresa como Palantir en la reconfiguración del aparato estatal? Y, sobre todo, ¿qué implica delegar en plataformas privadas la gestión de información estratégica? 

Thiel y Alex Karp -los tecnomagnates de Palantir- ven en Argentina un experimento real, donde un proceso de derecha, con discurso liberal libertario, puede llegar a sobrevivir eliminando el Estado Social, y coinciden en ver como positivo el cambio de mentalidad que se está operando en la sociedad a través de la denominada “batalla cultural”, proceso que puede llevar a que cualquier retorno del Estado, en su faceta redistributiva, sea visto como un retroceso casi civilizatorio. O sea que en Thiel está la pregunta ¿cómo se sostiene y se profundiza lo que está ocurriendo en el tiempo, con y más allá de Milei? Thiel, entonces está de auditoría ideológica del “código fuente” que ve, con sus ojos, como el “experimento exitoso argentino”.

La Simbología del Nombre: La Piedra que Todo lo Ve

La carga simbólica del proyecto se revela en su propio nombre: Palantir. Tomado de las “piedras videntes” de la mitología de J.R.R. Tolkien, el término alude a artefactos capaces de observar sucesos remotos y escrutar el espacio-tiempo. En la narrativa épica, estas piedras solían convertirse en instrumentos de dominio cuando eran monopolizadas por un poder centralizado capaz de filtrar la verdad y sembrar la desesperación en sus adversarios. Al adoptar esta identidad, la corporación de Thiel estaría señalando su vocación de construir una infraestructura de visión total. En este esquema, quien posee la “piedra” (el algoritmo) no solo observaría la realidad social, sino que adquiriría la capacidad potencial de moldear la percepción de aquellos Estados que, por falta de desarrollo propio, deleguen su mirada estratégica en ojos ajenos.

Tecnomagnates de la Inteligencia Algorítmica

Este despliegue viene acompañado de una concentración de riqueza sin precedentes mediante la captura de rentas estatales. Los Tecnomagnates de la Inteligencia Algorítmica -figuras como Karp y el propio Thiel- están desplazando a las viejas élites industriales al privatizar funciones esenciales del Estado. Al capturar la inteligencia estratégica y la defensa, estas corporaciones se aseguran flujos de ingresos garantizados por los presupuestos nacionales —muchas veces a través de fondos reservados—, convirtiendo la seguridad de las naciones en su activo financiero más lucrativo. En esta nueva arquitectura de mando, el poder ya no reside exclusivamente en quien posee la tierra o la industria, sino en quien controla la infraestructura algorítmica capaz de predecir y moldear la conducta de las poblaciones.

Las reuniones mantenidas por Peter Thiel con el presidente Milei en la Casa Rosada (sin la presencia de la prensa acreditada) y con Santiago Caputo, podrían interpretarse como la validación política necesaria para integrar la tecnología de Palantir en el nuevo aparato de vigilancia estratégica nacional.

Este desembarco se articula de manera quirúrgica con la reciente reforma del sistema de inteligencia nacional. La reestructuración de la ex-AFI en una nueva Central de Inteligencia (SIDE) y sus agencias dependientes crearía el vacío institucional ideal para ser llenado por el dispositivo algorítmico de Thiel. Esta integración encontraría su blindaje jurídico en el decreto que asignó fondos reservados millonarios al área de inteligencia el año pasado; una caja negra que, bajo el amparo del secreto de Estado, permitiría financiar la contratación de servicios de vigilancia y análisis masivo de datos fuera del control parlamentario y del escrutinio público. En este esquema, Palantir no sería solo un proveedor, sino el componente tecnológico de un aparato de inteligencia diseñado para operar en la opacidad.

Los antecedentes de Palantir Technologies muestran un patrón consistente de intervención en áreas sensibles del poder estatal. En conflictos en Medio Oriente, sus plataformas han sido utilizadas para procesar grandes volúmenes de información y acelerar la identificación de objetivos militares, transformando datos en decisiones operativas en tiempo real. En Estados Unidos, su tecnología fue clave para articular sistemas de vigilancia como los utilizados por el ICE, facilitando el rastreo y la deportación de migrantes mediante la integración de bases de datos. A su vez, en escenarios de alta conflictividad política, se han documentado usos orientados al análisis de redes de poder y vulnerabilidades estatales, lo que evidencia la capacidad de estas herramientas no solo para observar, sino también para intervenir en dinámicas políticas y sociales complejas. 

Su Manifiesto: La Tecnocracia como “Horizonte Superador”

Bajo el título “The Technological Republic”, Thiel y Karp desplegaron un manifiesto de 22 principios como hoja de ruta de esta nueva arquitectura digital. Estos puntos revelan la ambición de las tecno-corporaciones por erigirse como los nuevos tecnomandantes de la inteligencia algorítmica, vamos a analizar solo algunos.

El dispositivo y el músculo: el manifiesto sostiene que la era de la disuasión nuclear pasiva estaría siendo superada. La IA operaría como el dispositivo, el sistema que dota de inteligencia y dirección al “músculo” militar.

La Infiltración del “Topo”: establece que la tecnología buscaría infiltrarse en las grietas de las “democracias cansadas” para reorganizarlas desde adentro, intentando sustituir la deliberación humana por flujos de información automatizados.

Superioridad Tecnocrática: Un orden proyectado donde las decisiones tenderían a ser calculadas en lugar de debatidas, imponiendo una supuesta eficiencia técnica sobre la voluntad popular.

Identidad única: Este principio supone que la diversidad cultural, política, social, es vista como una fricción que entorpece la gestión estatal. La república tecnocrática busca reducir la sociedad a masa uniforme y predecible, para que el mando opere sin el ruido de nuestra historia.

No todo es código y algoritmo

Argentina, en este esquema, no solo proveería el litio del norte y la energía de Vaca Muerta como soporte técnico de esta red. A este escenario se sumaría la posibilidad de que el país tienda a convertirse en sede física de nodos de esta infraestructura mediante la radicación de centros de datos gestionados por Palantir, como los que ya existen en Irlanda, o EEUU. En este esquema, el clima y la energía de las regiones del sur podrían ser instrumentalizados para sostener el alto consumo de los servidores extranjeros, consolidando un nodo de control físico que anclaría la arquitectura operativa del país a una dependencia tecnológica difícil de revertir.

El desembarco de Thiel sitúa al país ante una encrucijada. Por un lado, el horizonte que buscaría utilizar la IA como una clausura algorítmica con el potencial de vaciar de sentido a las instituciones y la democracia. Sería un escenario donde el Estado correría el riesgo de reducirse a una terminal administrativa de Silicon Valley. Pero frente a esta arquitectura técnica que pretendería “programar” la historia, surge el imperativo de Ocupar el Futuro. Entender que la vida no es un comando que se ejecuta, sino una libertad que se conquista en el sustrato vivo del territorio. Mientras estos proyectos tenderían a buscar la eficiencia y el autoritarismo del algoritmo, la organización puede oponer la potencia de la palabra y la acción política popular. La respuesta a la amenaza de servidumbre digital es recordar que la democracia no tendría por qué ser un error de cálculo, sino el acto creativo de un pueblo soberano que aún puede escribir su propio destino.

@therritorio

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