Mantenerse gordo en la Era Ozempic
¿Cuántos cortes en tu cuerpo podrías soportar para estar flaca o flaco? Si la respuesta es por lo menos uno, quizás estas palabras te incomoden.
El mundo está empecinado en que hay algunas personas que no merecen los mismos derechos que otras, y también en que hay cuerpos que deberían extinguirse. El último grito de la moda es una inyección que quita el apetito y produce baja de peso. Estamos viviendo una prueba a cielo abierto y a gran escala, porque esa inyección empezó a popularizarse sin datos concluyentes sobre si los efectos secundarios en uso masivo y a largo plazo no terminarán siendo peores que los beneficios esperados.
Pero Christina Aguilera volvió a su peso adolescente y todo Hollywood es de nuevo extremadamente delgado.
La inyección semanal de Ozempic, o sus variantes comerciales más económicas, llegó a la Argentina y a Tucumán. La semaglutida es un péptido diseñado para imitar hormonas naturales. Su composición es de una cadena corta de aminoácidos que imita a las hormonas que el cuerpo produce naturalmente después de comer. De ahí la sensación de saciedad, la falta de apetito y demás. Pero el efecto rebote que ya nos hizo en los cuerpos las dietas desde hace décadas, puede aparecer también cuando cesen las inyecciones.
Este último tratamiento se suma a una larga lista de prácticas como banda gástrica, balón gástrico, manga gástrica y sus múltiples derivaciones. Todas ellas son más promocionadas por hacer bajar de peso que por sus múltiples efectos secundarios.
Hacer cualquier tratamiento parece ser mejor que ser gordo, por la salud sobre todo, ¿no? Supongamos que tenemos 30 kilos “de más” y que eso genera presión arterial elevada, riesgo cardiovascular, dolor de rodilla y articulaciones y falta de agilidad para el día a día. Cambiemos esos valores por los que tienen durante años las personas que se someten a cirugías: anemia, alteraciones neurológicas, cansancio, mareos, pérdida de masa muscular, caída del cabello, calambres, reflujo, náuseas, problemas en la piel y las uñas., etc.
Es decir, se trata de elegir un tipo de cuerpo y sus complicaciones, mantenerse gordo o someterse a cirugías para cambiarlo. En ninguno de los casos existe la garantía de una vida libre de enfermedades o complicaciones. Si ser gordo es una agonía diaria, ser no-gordo mediante tratamientos médicos también lo es. Y hasta un poquito más caro. Para que nadie se enoje de más, voy a ponerme de ejemplo.
Imagino mi cuerpo con 30 kilos menos, a los 37 años de tener este cuerpo que soy. Primero pienso que al fin volvería al talle L, mi sueño adolescente que pude cumplir algunos años a fuerza de dieta estricta y gimnasio. Ahora sé que, si pierdo esos kilos, tendré colgajos, piel de sobra. Entonces necesariamente andaría flaco pero fajado o debería someterme a una cirugía para quitar los kilos de exceso de piel. Los cortes en el bajo abdomen, la cirugía en el pecho para quitar el exceso de grasa y reconstruir las tetillas, los cortes debajo de las axilas para sacarme la piel sobrante de los brazos: todo eso para ser flaco o ex gordo, que no es lo mismo.
A eso le sumamos las visitas obligadas a nutricionista, dermatólogo y gastroenterólogo durante por lo menos un par de años. Un cuerpo que pierde muchos kilos, que se corta y se cose, y que se somete a otra forma diaria de subsistencia, necesita varios tratamientos para continuar medianamente estable. No sé si quiero ser flaco a ese precio, y no hablo solamente del económico, aunque también está incluido.
Después pienso que tengo amigas trans que han hecho más cosas para ser lo que sienten, y también recuerdo sus frustraciones. Vuelvo a ver mi cuerpo cortado y cosido. Recuerdo lo linda que es la ropa talle L y lo tranquilizador que sería no llamar la atención con mi cuerpo. No se si quiero ser flaco, pero si quiero éxito, ser aceptado, formar parte de un equipo ganador.
Ser flaco es cargar un capital social encima. Porque cualquier idiota con poco peso y músculos tiene buena presencia, pero un cuerpo gordo necesita un poco más para demostrar. Pero tampoco es suficiente, nunca lo es. Veo con espanto generacional que hay jóvenes haciéndose cirugías, en algunos casos golpeándose el rostro, para tener Looksmaxxing que, entre otras cosas, supone una mandíbula excesivamente marcada.
Los cerdos ya no son burgueses capitalistas. La gordura está en nuestro pueblo: en las harinas, en el comer como se pueda y cuando se pueda, y en nuestra cultura de la comida. Lo único que ha hecho el Estado por la alimentación del pueblo es la Ley de Etiquetado, e incluso la están queriendo voltear. Cuando se trata de la gordura parece que todo es responsabilidad individual, es como si la industria de la alimentación no tuviera nada que ver, como si el contexto, la pobreza, los tipos de trabajo y la falta de derecho no tuvieran impacto en los cuerpos. Hay una falsa idea de que ser gordo depende de vos, solo de vos.
Ser gordo para la sociedad es como tener las manos marcadas por el trabajo: dice más de lo que somos que de lo que nos gustaría. Solo con vernos, la gente ya piensa cosas.
Hago cálculos en mi cabeza. Me gusta pensar los pros y los contras de todos los proyectos. Me gusta pensar, y eso lleva tiempo. Me cuesta imaginarme pensando en clases de crossfit; lo intenté y fracasé. Me cuesta el mundo gym, pero igual voy cada tanto, “por salud”, me lo repito. Extraño la moda de mi adolescencia y la ropa vieja para hacer gimnasia. Ahora me visto más para ir al gimnasio que para salir a bailar, porque es la misma escena social, pero con mayor luz.
Me dediqué tanto a pensar y observar cuerpos que pasé del gusto al desprecio por ciertas formas y estéticas hiper intervenidas. Y cuando estaba muy cerca de sentir asco, me miré al espejo y recordé que alguna vez sentí ese mismo asco en la mirada de otros. Estamos todos locos, y algunos andan con el trauma en la punta de la lengua o del iris, y hacen bullying a los gordos como si nunca hubieran salido de la escuela.
Me pongo democrático, pluralista, tibio: que cada uno haga con su cuerpo lo que quiera, digo. Aunque en realidad todos hacemos lo que quiere el sistema. Pero bueno, para los dos días que vamos a vivir.
Quizás lo que más me molesta son los argumentos, ese cuentito de la salud. Si querés éxito, pertenecer y estatus; si querés plata y sabés que en esa fotito los gordos no entran, hacelo. Todo bien. Pero no jodan con esto de la salud, porque el problema más grande ahora en nuestro país es que millones de personas odian su cuerpo, tienen trastornos de la alimentación, caen duras en cualquier lado y nadie dice nada. Consumen drogas legales e ilegales en vez de comer y se compran perfumes con olor a cosas comestibles.
Mientras tanto, también hay otros millones de personas que cada vez comen peor y menos, que no es sinónimo de estar más flaco, sino todo lo contrario. Hace poco quisieron mandar a todos a comer burro.
La gente está haciendo ollas populares con lo que hay. Otros tratan al kilo de milanesa como si fuera oro. De los embutidos ya no se sabe muy bien qué tienen y tampoco parece que nadie controle demasiado.
Mantenerse gordo en este contexto es más un hacer continuo el recorrido de estas ideas que un no hacer nada. Por otro lado, independientemente del peso, está el vínculo con la comida.
Imaginemos disfrutar de lo que nos gusta sin excesos, pero tampoco sin privaciones. Imaginemos compartir con familia y amigos las comidas más ricas todos los fines de semana. Imaginemos que nadie en la calle pide para comer. Imaginemos, quizás podamos lograrlo.



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