Cazzu tiene razón
Cazzu hizo un vivo hablando un poco de todo y sentó postura sobre el racismo en Argentina y las acusaciones de otros países. Entre otras cosas, se refirió a la acusación de racismo que recibió por parte de algunas personalidades de la música de Estados Unidos.
Ella cantó una canción en la que decía una palabra cuyo uso está socialmente vedado para las personas no afrodescendientes en Estados Unidos, y una activista argentina la acusó de racista por eso. A una artista marrona de Jujuy, a una mujer racializada, le decían racista por usar una palabra que ella sentía —como muchísimas otras personas— que la acercaba al lenguaje y al flow de esa escena musical.
Es difícil hablar de racismo en los mismos términos en los que lo plantea Estados Unidos, porque también hay una mirada colonial en esas narrativas. Ellos nombran, prohíben, categorizan y luego exportan modos considerados correctos de hablar sobre determinados temas. Tengo amigos que aprendieron inglés viendo series y que saben más de Nueva York o Chicago que de San Luis o La Pampa. También saben de racismo en inglés.
Cazzu tiene razón cuando dice que el racismo en Argentina es distinto y que muchas veces aparece atravesado por el clasismo. Pero ahí, creo, se queda un poco corta: el racismo y el clasismo no son fenómenos separados. Se superponen, se mezclan y operan en simultáneo en nuestra cultura. Una cosa no quita la otra.
La Jefa sabe de esto porque lo vivió. Lleva en la piel la experiencia de ese desprecio que se experimenta cuando se es marrón en la ciudad, ya sea en San Miguel de Tucumán, Yerba Buena o Buenos Aires. La racialización no es una autopercepción, como algunos creen. Es, justamente, lo contrario: es la mirada ajena la que te lee de un modo particular. Es una mirada social y cultural que, en mayor o menor medida, sostenemos entre todos.
Pregúntenles a sus abuelas, nonnas, vobes y demás qué opinaban de los bolivianos del barrio. Muéstrenles el rostro de una persona indígena y díganles que es su novia o su novio, a ver cómo reaccionan. A ver si después salen a tuitear que el racismo no existe en este país.
“Te digo negri con cariño”, “a mí me molestan los villeros, no los morochos”, “negros de alma, los que andan con el celular sin auriculares”. Estas y otras frases nos atraviesan de cabo a rabo. Hay de todo ahí, y las repetimos incluso quienes también somos personas marrones. No es sencillo. Es un asunto complejo, atravesado por historias, mitos, mentiras, violencias y desigualdades naturalizadas.
Muchos ya no lo ven, no lo quieren ver y se rehúsan siquiera a pensarlo.
Me acuerdo de unos tucumanos con los que me crucé en Buenos Aires, cuando vivía allá. Hablaban de modo muy tucumano y se mostraban con una sencillez que cualquiera podría asociar con Villa 9 de Julio o el Oeste II. Exageraban la tonada cauasi gauchesca y cantaban folclore. Pero, al cabo de media hora de conversación, me contaron que habían ido a colegios privados, que salían exclusivamente a boliches de Yerba Buena y que escuchaban, sobre todo, música electrónica. Su experiencia más “popular”, del Tucumán que compartimos, eran los viernes en la calle 25, a la salida del colegio.
Sentí muchas ganas de desenmascararlos, de decirles chetos, cipayos o incluso menos tucumanos. Por suerte no lo hice. Me habría resultado muy difícil hace 10 años explicar por qué sentía eso. Todos esos sentimientos eran incoherentes y ardían, como una herida abierta.
No es que fueran menos tucumanos por ser chetos. Es que allá estaban usando como identidad algo que en su propia provincia muchas veces ocultan o desprecian. Así de complejo es pensar los vaivenes del racismo en Argentina.
Tiempo después me crucé con Identidad Marrón y con todos los debates que nos dimos a calzón quitado en esos espacios. Con la idea de que decir “marrón” era nombrarnos en nuestros propios términos. Durante años se rió incluso gente con títulos de posgrado en derechos humanos. Después el término pegó, porque representa algo, la gente lo pone en sus biografías de redes sociales y, de nuevo, cayó como insulto entre nuevas generaciones en TikTok o X. Marronazos de aquí, marronazos de allá. Superamos la risa sobre el término, pero no las prácticas racistas de este país.
Aprendimos que no vamos a copiar los modos del norte global, aunque claramente hay bibliografía, experiencia e historia producidas allí. Pero no se puede cortar y pegar como si nada. La famosa campaña “anti Argentina” puso a todos a hablar en redes, y a muchos hasta en inglés. Banco fuerte negarles a quienes dicen que Argentina era el país más racista del mundo. Pero, pasado el Mundial, parece que tenemos que frenar el énfasis y la doble negación que hacen muchos argentinos, sobre todo blancos.
No somos los racistas que el norte global nos adjudica, pero sí somos racistas. Y no se trata solo de una cuestión historiográfica, de los censos o de buscar a las comunidades afro en Argentina.
Se trata de reconocer que hay millones de argentinos con destinos marcados por el abandono, la deshumanización y la injusticia. Porque las villas, las cárceles y los trabajos más precarizados son mayormente habitados por cuerpos marrones, mientras que los countries, los medios de comunicación y muchas industrias artísticas siguen siendo predominantemente blancos, de esos que cuentan la historia del bisabuelo europeo que vino sin un peso. Ahí, nunca un Mamani.
Cazzu tiene razón. Hay un rechazo que es tan estructural que no tiene que ver estrictamente con el color de piel, sino también con lo que tenés. Pero, sobre todo, tiene razón cuando dice que quienes habitamos las redes creemos que todo el mundo está hablando de lo mismo, mientras que por fuera la vida de millones de personas sigue. Hay otras ideas y otros tiempos que ojalá podamos transitar.
Porque nunca ésta conversación bilingüe, salvaje, de caracteres y reels dará aire para la reflexión o energía para los sentimientos. Esta campaña anti argentina pasará, pero el racismo aún seguirá presente en nuestra sociedad.



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