Luisa Paz, una historia de militancia trans, amor y maternidad

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Referente indiscutible de la lucha trans en Santiago del Estero, es mamá y abuela y se desempeña como delegada de INADI.

Por  Eduardo Carrizo para Agencia Presentes. Fotos de Cristian León Pereyra

Fue una de las primeras mujeres trans de Argentina en recibir su documento con el cambio de identidad de género. La primera en casarse por Iglesia en Santiago del Estero. Recientemente, recibió la guarda de 2 hijas y 2 nietas, se volvió madre y abuela. Sufrió, luchó y transformó su vida, la de su familia y la de su sociedad.

La casa de Luisa Paz está ubicada en el barrio Primera Junta de la capital de Santiago del Estero. El lugar, es una zona popular habitada por familias trabajadoras de clase media-baja. Cuando se pone la dirección de su domicilio en el Google Maps aparece como “La Casa de la Diversidad”. Es la única vivienda de esa calle que tiene 2 pisos: el frente está pintado de colores y tiene un mural de una mujer y una frase que dice: “volvería a nacer trans porque sí, soy feliz”.

La planta baja tiene un salón amplio donde funcionan las oficinas de la Asociación de Travestis y Trans géneros de Argentina (ATTA) y DIVAS, un comedor. Ahí se realizan actividades y talleres. Por un pasillo, se llega a una escalera caracol que conduce al primer piso donde viven Luisa y su familia. La recepción es un patio grande que tiene muchas plantas y atrapasueños. Adentro, luego de más de 2 horas de entrevista, se hará una foto familiar: Luisa, su compañero José, sus hijas Gilda y Felisa, y sus nietas Karen y Silvina. Este es el hogar que construyó con militancia y amor.

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Foto Télam

“La militancia me dio la posibilidad de soñar y de crear

En muchos aspectos Santiago del Estero sigue siendo una provincia conservadora –por ejemplo, la mayoría de sus legisladores nacionales votaron en contra de la Ley 27610 de interrupción voluntaria del embarazo. Sin embargo, gracias a las luchas de la comunidad LGBTQ+, de agrupaciones feministas, y de medidas del gobierno, en los últimos años esta provincia del norte argentino tiene un Consultorio Inclusivo en el Hospital Independencia, se aplica el protocolo IVE en distintos hospitales públicos, la educación sexual integral (ESI) y el Plan ENIA se implementan en la mayoría de las escuelas públicas y centros sanitarios. Recientemente, la Sub-Secretaría de Turismo publicó un spot audiovisual dirigido al turismo LGBTQ+ donde aparecen integrantes de la comunidad local recorriendo diferentes atractivos turísticos de la provincia.

En 2012, Luisa fue la primera mujer trans de Santiago, y una de las primeras 8 de Argentina, en recibir su documento con el cambio de identidad y género de manos de Cristina Fernández de Kirchner. Y en el 2014, fue la primera en casarse por Iglesia. Tres años después, en 2017 se publicó el libro del que es coautora: “El niño homosexual en la escuela primaria”. En 2021, recibió la guarda de 2 hijas y 2 nietas, y se volvió madre y abuela. Todas esas acciones fueron visibilizadas social y mediáticamente y la convirtieron en una referente provincial de la diversidad.

Pero antes de convertirse en este icono, al igual que muchas mujeres trans de Argentina, Luisa sufrió humillaciones y violencias en su hogar, en la escuela y en la calle. ¿Cómo hizo para superar esa estadística que indica que las mujeres trans tienen un promedio de vida de 35 años? Pero sobre todo ¿qué fue lo que le permitió sobrevivir a ese destino y además cumplir muchos sueños individuales y colectivos?

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Ella misma responde: “La militancia me dio la posibilidad de soñar y de crear”. Luego de abandonar la escuela, de trabajar limpiando un kiosco en la terminal de ómnibus, de ejercer la prostitución en las calles de Buenos Aires, poner una verdulería en Santiago y ayudar en un boliche provincial, a principios del 2000 Luisa comenzó a militar. Y la política mejoró su calidad de vida.

Fundó la delegación provincial de la Asociación de Travestis y Trans géneros de Argentina, y la asociación local D.I.V.A.S. “A lo largo de mi vida –reflexionó- nunca tuve protección del Estado: ni en la escuela, ni en la policía, y estos espacios de militancia se convirtieron en lugares donde me sentía protegida. Sentía que, si me pasaba algo, alguien iba a hacer algo por mí”.

Mientras maneja su automóvil por las calles santiagueñas, recuerda: “Me acerqué al peronismo cuando Néstor Kirchner convocó a las organizaciones de la diversidad. Estoy agradecida a la vida por haber tenido la oportunidad de ser contemporánea a estas luchas. Dentro de 100 años van a hablar de nosotrxs. Estamos en la historia de Argentina. ¿Qué más podemos pedir?”

Violencias escolares

Luisa nació en 1963. Hasta los 11 años, vivió con sus padres en el mismo barrio en el que vive en la actualidad. “Vivíamos en la casa de mi abuelo paterno y la familia por parte de mi padre no me quería por ser diferente. Me hacían burla, me rechazaban”, recordó. “Cuando mis papás se separaron creí que era por mi culpa”.

En la escuela tampoco encontraba un refugio: “Hasta tercer grado estuve en el cuadro de honor, pero en una excursión que hicimos a Las Termas y Tucumán un niño de 7º grado me trató como nena y la maestra me retó a mí por haber permitido que me trate en femenino y como castigo me dejó adentro del colectivo, así que me perdí gran parte de las visitas. La maestra me decía “usted tiene que hablar como varón, andar como varón”. Al año siguiente dejó de hacer las tareas, bajó sus notas y repitió de grado: nunca más volvería a estar en el cuadro de honor.

En la secundaria las cosas no mejoraron. En la ENET N° 1, sus compañeros se burlaban, le ponían chicles en el pelo, y un compañero le pegaba piñas en la espalda. “Un día le avisé a la preceptora que un compañero me estaba molestando. ‘Qué te dice?’, me preguntó ella, y yo no sabía cómo decirle que me decía ‘puto’. Ante su insistencia, cuando se lo dije, me contestó: “Ah bueno y cómo quieres que te digan, mira cómo caminas, cómo hablas”. Él escuchó lo que la preceptora me respondió y eso lo habilitó a tratarme peor: ‘Ahora a la salida te voy a hacer cagar por pícaro’».

Al salir, los estudiantes presentes armaron una ronda, y en el medio quedaron los dos. Su compañero la golpeó sin que nadie se metiera, sin que nadie dijera nada. “Me pegó piñas, patadas, me escupió hasta que se cansó y me quedé llorando ahí durante horas” recordó. “Estaba sucia, dolorida, pero quería desahogarme sola para no tener que darle explicaciones a mi mamá”.

Esa fue la última vez que Luisa fue a la escuela.

Ser libre

En su juventud, sus momentos de felicidad sucedían cuando salía con sus amigas, cuando cuidaba los niños de una señora que vivía sola y se podía vestir como mujer, y cuando bailaba en las comparsas.

Como su madre vendía productos de Avon, un día tomó algunos elementos y se pintó los labios y los ojos. Su madre la encontró y la llevó al fondo con una cadena y le dijo que no volviera a hacer lo mismo porque la iba a atar en un árbol. 

“Yo no lo podía entender. No tenía una respuesta de por qué me gustaba juntarme con las mujeres, por qué me gustaba vestirme y pintarme como mujer. Y no entendía por qué el ser que yo más amaba en la vida no me aceptaba. Ahora sé que ella, en ese momento, no tenía la información que tenemos en esta época”.

En 1983, con 20 años, se escapó a Buenos Aires para vivir su identidad de género con libertad. Sin embargo, en un lapso de 13 años, fue detenida y torturada más de 100 veces por trabajar en la calle. La democracia y la primavera habían vuelto para todxs, menos para la comunidad trans.

Al año siguiente, le mandó una carta a su madre contándole dónde estaba, sus vivencias y preguntándole si le podía mandar una foto para que viera quién era ella ahora. Su madre le contestó que sí, y antes de que le enviara la foto con su nueva imagen, su mamá se presentó en la Villa en la que vivía. Se abrazaron, lloraron, y retomaron su relación.

“Maternar en una familia diversa”

En la tierra del sol y el calor, la siesta invernal está gris y fría. José, con quien Luisa comparte su vida hace 39 años, pone la pava y acomoda el termo y el mate en la mesa. Luisa pica una tortilla a la parrilla. Sentada a la par está una de sus hijas: Felisa, una joven con retraso madurativo.

Al rato vendrán a la mesa Gilda, su otra hija, y Karen y Silvina, sus nietas. Una juega con el celular y la otra con los gatos -Machito y Franco-, y los perros -Pocho y Lolita-.

Como en otras provincias, en Santiago del Estero se registra una importante cantidad de femicidios, abusos y violencias intrafamiliares. Oriundas del interior provincial, sus hijas sufrían estas problemáticas antes de ser alojadas en el Hogar de Mujeres Adolescentes de la capital provincial. Invitada a dar un taller sobre diversidad en esa institución, Luisa conoció a Gilda.

“Con José siempre tuvimos la idea de armar una familia”, cuenta. “En 2019 me reúno con la directora del Registro de Adoptantes y me dice: “andá, presentá los papeles, hoy se puede adoptar”. Así que hicimos los talleres, presentamos los papeles y nos aprobaron. Como ya somos grandes, nosotros pedimos que fuera alguien que tuviera entre 6 y 12 años porque queríamos que fuera medianamente independiente”. 

En ese proceso, Luisa conoció a Gilda y a sus hijas. “Me atravesó la historia tremenda, fuerte, de ellas. Fue como recordar las épocas donde fui vulnerada y me cuestioné. Me dije yo no puede ser coordinadora, delegada y no hacer nada frente a esto. Mucha chapa, mucha chapa, pero esta es una realidad que me está dando un cachetazo, que me atraviesa”.

Como Gilda tenía 16 años y a los 18 debía volver a su lugar de origen, Luisa inició los trámites. “No quería que ellas volvieran para su rancho en medio del monte a estar expuestas. Quería cortar ese ciclo. Con las compañeras, armamos un grupo de trabajo y visitábamos a las 11 niñas del hogar. Así nos fuimos vinculando y me comenzaron a autorizar a retirarla de jueves a lunes”.

Una convivencia amorosa

Al comienzo de la pandemia, le informaron a Luisa que el hogar iba a cerrar, por lo que la autorizan a llevar a Gilda, a sus hijas, y a Felisa, a su casa. Aunque en un principio quería adoptar a una sola persona, tras ese tiempo de convivencia, Luisa decidió aceptar la guarda de las 4.  

“No fue fácil aprender a convivir en medio de la pandemia, 24 horas encerrados. Fuimos aprendiendo con el tiempo, en el día a día, a tratar con una persona con discapacidad. Pero ya nos adaptamos muy bien” apuntó.

En la actualidad, Luisa trabaja como delegada nacional de INADI en Santiago del Estero. En el turno nocturno, completa el secundario y realiza una Especialización en Estudios Culturales. Gilda está completando sus estudios primarios por la noche, Felisa asiste a una escuela especial, Karen hace primer grado y el año que viene Silvina ingresará al jardín.

“Gracias a ella yo, mi hermana y mis hijas salimos de donde estábamos” expresó Gilda. “Ella nos dio una vida nueva. Estamos yendo a la escuela, nos va bien, y tenemos lo que siempre hemos querido. La quiero a mi madre, y la quiero a Luisa porque me dio la vida que nadie me pudo dar”.

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