La escucha y los vientos: arte marrón y político desde el Gran Chaco Americano

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Los efectos del proyecto “La escucha y los vientos, relatos e inscripciones del Gran Chaco” gestionado y curado por la artista/curadora tucumana Andrea Fernández, con un grupo de tejedoras wichí que integran el colectivo de mujeres indígenas Thañí/viene del monte del Gran Chaco, forman parte de un proceso de transformación en el ámbito del arte político actual, al abrir preguntas en torno a las culturas originarias latinoamericanas como parte activa de la escena nacional del arte contemporáneo. Colonialismo y decolonialismo; memoria y resistencia; economía social, artesanía y organización de mujeres; extractivismo, conciencia ecológica y cuidado de la naturaleza forman parte de un discurso que tuvo lugar en Berlín y en el Museo de Bellas Artes de Salta a través de BIENALSUR y funciona, entre otras incumbencias, como una inyección disruptiva en torno a la herencia blanca y europea de las artes visuales desde el escenario latinoamericano. 

Yo me comunico con los animales
a través de una madre
a través de las madres hablan los animales
la madre
lo que ustedes llaman árbol
es mi antena
yo le pido
que me ayude a informar
a los seres que quieren saber
cómo aprender.

Caístulo, maestro espiritual wichí
Movimiento por la lengua
Territorio Wichí 2022

La primera vez que Andrea Fernández tuvo contacto directo con una comunidad wichí argentina fue a los 22 años en Santa Victoria Este (Rivadavia, provincia de Salta), una ciudad que no sólo coquetea con los lindes geopolíticos entre Argentina, Bolivia y Paraguay, sino que también se reconoce como parte del profundo, indómito, y para muchxs desconocido, Gran Chaco.

Andrea (Andrei para sus amigxs) estudió Artes Plásticas, pero, como también le interesó la antropología y la política como ámbitos de investigación y producción de sentido, cursó posgrados vinculados a la antropología social y cultural, y militó en defensa de Derechos Humanos relacionados con pueblos originarios y comunas rurales. Por otro lado, Andrea se identifica como tucumana; nació en Neuquén, pero creció y estudió en Tucumán, provincia que, al igual que Salta, conforma parte del Noroeste argentino. 

También soy tucumana. Creo que el primer “contacto” que tuve con una comunidad wichí (indirecto e ingenuo, por cierto) fue a los 13 años, en una feria llamada Las manos del mundo, al comprar una yica de fibra de chaguar, la cual usé durante unos diez años hasta desarmar y cuyos restos conservo, por alguna razón que rompe con mi regla de no-acumulación, en mi placard. 

La experiencia de Andrea fue muy distinta; es probable que también haya comprado en su adolescencia una yica de chaguar, pero ella, en el año 2006, ensayó un contacto directo con una comunidad wichí del Gran Chaco (territorio cuyas extensiones exceden tanto las fronteras de la provincia que conocemos bajo ese nombre como las del escenario nacional), tras el encuentro de un romance que la esperaba en Santa Victoria Este. Sin embargo, un desborde del Río Pilcomayo la dejó varada junto a un grupo de personas que viajaban de noche, desde Tartagal en una camioneta, en medio del monte enlodado.

“En una profunda oscuridad caminamos hasta un lugar donde me ofrecieron una cama en la que me dormí entre asustada y agradecida. Cuando desperté conocí un nuevo nivel de asombro, estaba en un lugar con el piso de tierra compacto, era una habitación con el techo hecho de ramas y las paredes de palos muy finitos ordenados y ajustados uno al lado del otro. Afuera había muchos árboles, primero me pareció muy silencioso y después comencé a escuchar una cantidad de sonidos de pájaros y risas. Al rato una mujer con una sonrisa maravillosa me dio la bienvenida ofreciéndome un mate que llenó con agua que había calentado en una pava negra carbón. Ahí ella me dijo que estábamos en la Misión Santa María, mientras unas niñas con polleras estampadas me miraban curiosas y me hacían preguntas que yo no podía comprender porque eran pronunciadas en idioma wichí. En ese momento comencé a pensar en las distancias que hacen que todo lo que conocés esté ausente y también aparecieron nuevas preguntas referidas al territorio argentino y su diversidad negada por la ‘construcción’ de desiertos y ausencias” (Grinstein, 2021), recordó Andrea en una entrevista que le hizo la crítica y artista Eva Grinstein.

Esta anécdota y un cúmulo de nuevos interrogantes impulsaron, diez años después, su regreso a Santa Victoria Este para trabajar, de la mano del INTA, sobre la producción de textiles artesanales en algunas comunidades wichís. Al respecto, resulta llamativo que durante la década que separa aquella azarosa anécdota en el monte con el deseo consciente de trabajar allí, Andrea se consolidó en la escena del arte contemporáneo local y nacional a partir de sus producciones como artista pero también como curadora, escritora y gestora, sin embargo, decidió poner un freno a ese recorrido para dirigirse al monte del Chaco salteño a trabajar, en primera instancia, en un proyecto de economía social como técnica territorial. 

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Fotografía: Guido Yannitto

El monte, barbarie

Según Google Maps, Santa Victoria Este queda a 740 km de San Miguel de Tucumán, casi la mitad de distancia que existe con Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Destaco esta comparación porque el segundo lugar se trata de un destino muy acusado por una importante cantidad de tucumanxs (y argentinxs en general) que cuentan con los recursos necesarios para viajar e, incluso, se trata del destino inequívoco de la mayoría de lxs artistas que empiezan a destacarse en las provincias. Ahora, de ese porcentaje de viajerxs, ¿cuántxs conocen ciudades como Santa Victoria Este? o menos pretencioso aún; ¿qué porcentaje de tucumanxs sabe cuántas comunidades originarias existen, a tan pocos kilómetros de distancia, en esa región del Gran Chaco?

El desconocimiento no sólo desatiende el hecho de que a pocos kilómetros viven más de 200 comunidades originarias, cuyo 75% son de pueblos ancestrales; wichís, chorotes, tapietes, chulupíes y tobas, sino que también lo hace alrededor de las opresiones y violencias que la agenda pública y los medios hegemónicos ocultan sobre el extractivismo capitalista y el neocolonialismo que sufren; cuando Andrea regresó a la región notó que el canto de las aves fue reemplazado por el ruido de maquinaria industrial, que el camino era de asfalto y las noches ya no eran tan oscuras como cuando llegó por primera vez, diez años atrás. En efecto,  las comunidades actualmente viven en estado de lucha por el territorio, es decir por su tierra, porque el Estado Nacional autorizó la destrucción de miles de hectáreas de bosques nativos para construir desiertos; “hay despojo y destrucción en los monocultivos. La industria vitivinícola, por ejemplo, fabrica vinos deliciosos pero a costa de mucha sangre derramada, sangre que no sólo proviene de las familias perjudicadas sino de la tierra misma”, me dijo Andrea en una entrevista que le hice por Zoom. 

Entre otras acciones de resistencia, las comunidades forman parte de la Asociación Lhaka Honhat/Nuestra Tierra, la cual, desde hace más de treinta años, persigue el reconocimiento de la propiedad comunitaria para quienes habitan territorios desde tiempos previos a la colonización. Es más, un dato muy importante para comprender la situación de las comunidades indígenas es que en el año 2014 lograron que el Estado argentino les reconozca la propiedad de sus tierras ancestrales. No obstante, actualmente atraviesan un escenario complicado de negociación, porque en 2019 demandaron al Estado nacional ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos por abandono de persona y no respeto a la consulta previa. Si bien ganaron el juicio y la sentencia salió en 2020, aún se encuentran en el proceso de cumplimiento de la sentencia.

Hay tierra sin árboles. 
Hay gente sin agua. 
Hay miedo a enfermar.
¿La tierra se ha quemado? 
¿Qué puede crecer aquí? 
¿Hay dónde esconderse? 
¿Hay lugar?
El futuro va a estar dando vueltas sin saber cuál es el camino. 

Fragmentos de mensajes de los vientos transmitidos por Caístulo

De Thañí/viene del monte a La escucha y los vientos

Desde el año 2015, Andrea trabajó con las comunidades desde diversas instituciones: el Ministerio de Ambiente de la Nación Argentina, la organización indígena ARETEDE, la ONG Prosoco, la Fundación Buena Vida, el IFA-Galerie y el Museo de Bellas Artes de Salta, entre otras. No obstante, su trabajo con comunidades indígenas comenzó de la mano de trabajadorxs del INTA con lxs que ya había trabajado en comunidades rurales y proyectos de comunicación comunitaria con radios rurales en los Valles Calchaquíes, experiencias que sirvieron como antecedentes para que la convoquen nuevamente, junto a otrxs compañerxs, a realizar un diagnóstico sobre la producción de textiles artesanales en comunidades wichís de una zona determinada del Chaco salteño. A este objetivo se sumó el de conocer qué pensaban las mujeres, quienes no estaban participando del proceso de consulta y gestión territorial, desarrollado por los varones de las comunidades a través de Lhaka Honhat.  Al respecto, las mujeres manifestaron que querían trabajar a través de una venta justa de sus tejidos. Esta iniciativa condujo a Andrea a investigar, a interesarse por la economía social y a conocer aspectos técnicos y culturales de los textiles del Gran Chaco Americano.

“Las producciones de los pueblos originarios están cargados de su pensamiento y goce estético, pero también de las influencias de la colonización y su incorporación al Estado, entre ellas, algunas de sus costumbres y códigos, como el idioma español o el ejercicio ciudadano, razones por las que este proceso también implicó la apropiación de imágenes y objetos cotidianos ajenos a las tradiciones culturales propias. En este sentido, por ejemplo, en las comunidades ya no utilizan vasijas de cerámica para comer o yicas para transportar sus pertenencias; estos objetos quedaron destinados específicamente para la venta en calidad de artesanías, cuyo significado trasciende a la categoría de manufactura para acercarse a la objeto mercantilizado, un recurso que para las comunidades deviene en una opción prácticamente obligada para generar dinero”, reflexiona Andrea en su diálogo conmigo por Zoom.

Fotografía: Clara Johnston

A partir de ese proceso de investigación, y con la colaboración de un grupo de personas de diversos ámbitos y acompañamiento del INTA y algunas instituciones públicas, Andrea impulsó en 2017 un proceso de organización que culminó en un emprendimiento autónomo  liderado por un grupo de 200 mujeres de las comunidades de La Puntana, Alto La Sierra y La Nueva Curvita de Santa Victoria Este, llamado Thañí/viene del monte, al que también se sumó el artista salteño Guido Yannitto. Entre las tejedoras están Claudia Alarcón, Anabel Luna, Estela Saavedra, Ana López, Melania Pereyra, Andrea Arias, Mariela Segundo, Analy Villagra, Maura Pérez, Delfina Pérez, Edelmira Duarte, Clementina Pérez, Francisca Pérez, Mariela Pérez, Delfina Díaz, Belén Díaz y Jorgelina Amaya, quienes se empoderaron colectivamente y pasaron de intercambiar sus producciones textiles por comida a venderlas y generar dinero para mejorar su calidad de vida y revalorizar sus saberes ancestrales.

A su vez, el proceso de Thañí/viene del monte implicó distintas derivas y actividades para Andrei, que no sólo la condujeron a adentrarse en el entramado intercultural de las comunidades sino también en reencontrarse con los confines de las artes, apelando a distintas herramientas aprendidas en su vasta experiencia, pero desde una inédita perspectiva, vinculada a la organización colaborativa de mujeres. Sin embargo, recién en 2019 Andrea originó otro proyecto colaborativo cuyas características terminaron de armonizar cabalmente tanto su presencia en las comunidades como su función (una posible) en el ámbito de las artes; La escucha y los vientos, relatos e inscripciones del Gran Chaco. El mismo surgió a partir de la invitación de Inka Gressel, una curadora alemana que se instaló en Salta para investigar trabajos de arte contemporáneo vinculados a textiles ancestrales, para llevar el proyecto, en carácter de muestra expositiva, en Ifa-Galerie, Berlín, la galería de arte del Instituto de Relaciones Exteriores de Alemania.

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La escucha y los vientos, Berlín (2021). Fotografía: Tomaschko

El proyecto también contó con la participación de mujeres artesanas; por un lado, las tejedoras del colectivo Thañí/viene del monte y, por otro, del colectivo de mujeres ceramistas Orembiapo Maepora del pueblo Chané. También participaron distintas personas de las comunidades que trabajan en la difusión de las luchas y resistencias de los pueblos originarios del norte de Salta, entre ellxs Caístulo, un maestro espiritual de ochenta años que vive en territorio wichí y padece las consecuencias del extractivismo. En este sentido, la temática y la enunciación del proyecto pusieron en evidencia que las comunidades de las culturas originarias experimentan otros vínculos con el mundo y la naturaleza, cuyas lógicas de producción irradian una inestimable incompatibilidad con las del Capitalismo en cualquiera de sus variantes.

Arte latinoamericano, arte global

A partir del debate generado durante las últimas décadas entre diversxs teóricxs de la contemporaneidad, la poscolonialidad y la globalización, y especialmente sobre los efectos de intercambio dado entre las escenas de arte contemporáneo en diferentes puntos del mundo, resulta plausible identificar una mayor porosidad entre los cruces generados en las prácticas artísticas actuales. En este sentido, no es ninguna novedad que diversos aspectos de las culturas originarias de Latinoamérica forman parte de las temáticas y materialidades que circulan en parte del multiverso artístico internacional. Al respecto, pienso nuevamente en mi provincia, que forja y paradójicamente expulsa artistas visuales destacadxs, y se me ocurre citar a un referente actual del arte contemporáneo latinoamericano en el mundo; Gabriel Chaile.

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La leche de los sueños de Gabriel Chaile, Bienal de Venecia 2022. Fotografía: Universes in Universe

Ciertamente, la poética de Chaile -quien vivió muchos años en Ciudad de Buenos Aires y reside actualmente en Portugal- es atravesada por cuestiones inherentes a la historia de su contexto natal, porque se nutre de imágenes que evocan a la cerámica originaria de las culturas Aguada, Santa María y Quilmes, pero que se materializan en nuevas morfologías cargadas, lógicamente, de resignificaciones. Al respecto, estas temáticas, asequibles en un contexto como el europeo, constituyen circuitos de arte contemporáneo que se tornan, en cierto modo, globales, porque se vinculan unas a otras desde unas lógicas que “acortan” cada vez más las distancias entre un contexto y otro. En este sentido, la obra de Chaile (entre tantas otras), más que nombrar, describir, analizar o construir contextos, se constituye desde los mismos en términos internacionales (Mosquera, 2016). Ahora bien, ¿qué pasa cuando un grupo de indígenas, que no solo no cuentan con el exitoso recorrido de Chaile sino que ni siquiera conoce el sistema de circulación de las artes, expone sus producciones en una muestra de arte contemporáneo? 

Hace un par de semanas comenzó un ciclo de charlas que organicé en la escuela en que trabajo. En el primer encuentro estuvo la artista visual y Lic. Evi Tartari (también tucumana), quien expuso buena parte de su prolífero trabajo inscripto en el circuito del arte contemporáneo nacional. Casi al final de su exposición, Evi dio cuenta sobre algunos aspectos semióticos de Arqueología de lo cotidiano, su última producción (curaduría Carlos Juárez); lejos de la pared o del cubo blanco que acostumbramos ver en los museos y galerías de arte, un conjunto de piezas de cerámica de distintas medidas (entre otros dispositivos y lenguajes) se distribuyen en el piso de una sala del Centro Cultural Virla de Tucumán. En esta obra, Evi propone viajar por la memoria de las producciones culturales y manufacturadas de las comunidades originarias y se hace preguntas en torno a su inscripción en un sistema de circulación hegemónico, blanco y eurocentrista que viene por fuera de las lógicas y costumbres ancestrales originarias; las paredes de adobe no están preparadas para ser atornilladas ni lucir grandes bastidores; los circuitos de las artes visuales son completamente ajenos a las comunidades originarias. En palabras de Tártari, se trata de un dispositivo de producción de obra relacional, que propone un diálogo entre el museo, como institución que administra el patrimonio cultural de una comunidad; la arqueología; como ciencia que investiga, recoge e interpreta el pasado y el presente y la comunidad como productora de sentido.

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Arqueología de los cotidiano de Evi Tártari (2021) Fotografía: Evi Tártari

Queda claro que las preguntas alrededor de las incumbencias del arte contemporáneo vienen abriéndose y dando paso a nuevas reflexiones. “Los circuitos terminan siendo excluyentes para las comunidades indígenas, puesto que lo se exhibe en los museos y galerías de arte es la producción de ‘blancxs’ que miran y retratan o que incluso contratan a lxs indígenas para que realicen sus obras a partir de temáticas, en principio, decoloniales. De ninguna manera digo que eso esté mal, entiendo que lo ‘marrón’ está en boga, y está muy bien que así sea, pero las producciones se siguen enmarcando en un grupo étnico que mira a un otro y lo presenta como a un otro. Para producir La escucha y los vientos tuvimos múltiples charlas con las artesanas que nos llevaron a cuestionar nuestras presencias en el territorio y nuestras comprensiones del arte, que fue necesario compartirlas y discutirlas para poder entendernos, establecer puentes desde la confianza y el afecto, encontrándonos así unidas de una forma nueva, tomando nuestras diferencias como fortalezas”, reflexiona Andrea.

Arte contemporáneo, arte marrón; arte político

La primera edición de La escucha y los vientos se desarrolló en el año 2020 en Alemania, razón por la que únicamente pudo viajar Andrea, quien lo hizo con todas las complicaciones que trajo la emergencia sanitaria en el contexto del COVID-19. Posteriormente, el proyecto adquirió una nueva versión que no sólo formó parte de BIENALSUR sino que inauguró su tercera edición, en julio de 2021, en el Museo de Bellas Artes Lola Mora de Salta (dirigido actualmente por Marcela López Sastre), con el apoyo del Instituto de Relaciones Exteriores de Alemania. 

“Desde el enclave fronterizo de la Argentina, Bolivia y Paraguay, iniciamos un recorrido que se expande a diferentes territorios del continente americano abordando relaciones entre técnicas artesanales, testimonios de la defensa de los territorios y diversas cosmovisiones. Proponemos acercamientos entre diferentes tiempos y memorias para conocer problemáticas de la apropiación del universo ecológico por parte de proyectos productivos extractivistas y las resistencias colectivas”, detalla parte del texto curatorial del catálogo de la muestra, cuyas numerosas páginas dan cuenta del proceso de investigación que desarrollaron desde el trabajo articulado entre mujeres indígenas, artistas, activistas e investigadores que producen sentido a partir de relatos, memorias y sentires de distintos pueblos originarios de América Latina (Fernández, 2021). 

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La escucha y los vientos, BIENALSUR 2021, Museo de Bellas Artes Lola Mora de Salta. Fotografía: Guido Yannitto

Al respecto, Andrea destaca que ambas ediciones de La escucha y los vientos implicaron, por un lado, un fuerte movimiento económico que benefició a sus participantes y que introdujo a los colectivos indígenas en la escena del arte contemporáneo nacional e internacional, y, por otro, una excelente recepción de parte de la crítica nacional e internacional. Sin embargo, y paradójicamente, esta irrupción no tardó en generar preguntas entre artistas, al menos, de la escena nacional, que cuestionaron la legitimidad y la presencia de las artesanías textiles y cerámicas en el contexto de un museo de artes. Al respecto, pregunto; ¿acaso alguna vez existió un término cristalizado para definir arte, obra de arte y/o artista? ¿No viene siendo el ámbito de las artes una caja de resonancia cultural que se reinventa a sí misma conforme a los procesos sociales, culturales y políticos que se avecinan, felizmente, cuestionando cada vez más las consecuencias del capitalismo y sus discursos patriarcales, homofóbicos y racistas? 

Disrupción, movimiento, anclaje y circulación, territorialización y desterritorialización son algunas de las tensiones que vienen proponiendo las artes desde mediados del siglo XX, especialmente desde los 80, tanto desde las obras como en sus condiciones de percepción ante la necesidad de unx espectadorx más activx, conteniendo en sí las problemáticas propias de la sociedad actual. Esta particularidad implica que es posible generar una producción cultural significativa en tanto detecte el tema, el contexto y los procedimientos semióticos adecuados, habilitando un modo de construir sentido que guarde, al menos parcialmente, cierta elocuencia y correspondencia en cada una de sus decisiones. De este modo, las artes se mezclan con lo cotidiano y se funden con procesos sociales y políticos (tales como los feminismos y Derechos Humanos en general), recurriendo, o no, a las técnicas clásicas de origen europeo en el contexto actual; ciertamente, hoy no puede distinguirse un objeto artístico por su confrontación con un canon o una definición cerrada (Giunta, 2014). ¿Qué tendría de extraño, entonces, que se sumen las sabias voces de culturas ancestrales, que viven en armonía con la naturaleza, y que ponen en jaque los límites de un sistema blanco y europeo que no los contuvo anteriormente? ¿No es evidente un posicionamiento político al respecto?

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La escucha y los vientos en BIENALSUR 2021, Museo de Bellas Artes Lola Mora de Salta. Fotografía: Brayan Sticks

Hace más o menos un mes tuve la suerte de presenciar la defensa de tesis doctoral de la Lic. María Gallo, cuya tesis ensaya sobre la emergencia de nuevas formas de subjetividades en las prácticas artísticas contemporáneas, entre las cuales es posible detectar otras formas de abordar “lo político”. Al respecto, Gallo señala que la relación entre arte y política ya no pasa por las formas del arte, tampoco por el arte que defiende categóricamente una idea política, sino que esta dimensión la encontramos en su interacción con lo sensible, en lo que este hace pensar, ver y oír, es decir, en cómo dispone eso que vemos y oímos (Gallo, 2022). “Cuando el arte pone en cuestión el orden establecido se vuelve político y, en este sentido, La escucha y los vientos lo es, al visibilizar otras costumbres, otros saberes, otros modos de habitar el mundo. El arte es político cuando expresa un desacuerdo. El desacuerdo es, en este caso, respecto a las divisiones establecidas entre arte-artesanía y artista-artesano; entre lo que es válido y no mostrar en el espacio de un museo y quién o quienes pueden mostrar en ese ámbito institucional, consagrado; en relación a los lugares en los cuales se produce arte: los circuitos del arte y lo que permanece en su periferia. Desacuerdos que apuntan a otro más general, que tienen que ver con lo que la cultura hegemónica oculta: las voces, las costumbres y los saberes de las culturas ancestrales de las tierras que habitamos”, señala Gallo en su tesis que prontamente será publicada.

Lo que sigue a la escucha

Andrea vive actualmente en Salta capital, viaja una vez al mes al Chaco salteño y decidió trabajar de manera freelance, al menos por un tiempo. No sólo sigue en contacto con las integrantes de Thañí/viene del monte, sino que recientemente inauguraron en La Puntana (Santa Victoria Este), junto a Guido Yannitto, el espacio LAWUKÉ, Centro de Artesanías de Thañí/viene del monte, el cual cuenta con apoyo del Goethe Institute y el IFA de Berlín. 

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LAWUKÉ, Centro de Artesanías de Thañí/viene del monte. Fotografía:

La agenda de Andrea no para hasta nuevo aviso, puesto que la convocaron de varias instituciones como jurado de salones nacionales y para el Mercado de Arte de Córdoba, en el cual coordinará el auditorio. “Son desafíos nuevos para mí, porque me había alejado de las políticas culturales institucionales, pero estoy entusiasmada porque a partir de ellas seguimos trabajando en red con las comunidades indígenas, cuyos relatos y producciones siguen replicándose en otros contextos del país, generando nuevos proyectos y escuchas”, relata entusiasmada. En efecto, el trabajo colaborativo impulsado por Andrea, y el enorme grupo de personas de distintos ámbitos que la acompañaron, visibiliza y pone de manifiesto un nuevo relato alrededor de las culturas originarias del Norte argentino. 

La sensación que guarda mi memoria de la niñez y adolescencia sobre las comunidades indígenas del NOA, a través de los relatos escolares, era de lejanía y exterminio colonial. En mi casa no se hablaba de nuestra ascendencia indígena y negra, en mi entorno tampoco. A su vez, entiendo que el desconocimiento, pero sobre todo el ocultamiento, de las comunidades originarias mantiene cierta vigencia, porque de algún modo sigue respondiendo a las dinámicas que se sostienen desde los inicios de la conformación de la Nación Argentina, cuyas fronteras se expresaron geográfica, simbólica y discursivamente en la historia oficial del país, donde la presencia de los pueblos originarios fue poco a poco borrada con políticas de exterminio y de anulación de los imaginarios populares, a la par de que se exaltaba la descendencia europea como origen de esta patria (Ortega, 2020). Sin embargo, cada vez son más lxs profesionales de diferentes ámbitos, los espacios y las organizaciones sociales que trabajan y militan no sólo para visibilizar una nueva perspectiva de la historia nacional, que incluya a los pueblos originarios, sino también por generar acciones concretas en las que las comunidades mismas forman parte activa, en términos de memoria, resistencia y una mejor calidad de vida; una que respete sus vínculos con el territorio. ¿Acaso el cambio climático no está destruyendo el mundo con el sistema capitalista y el modelo industrial hegemónico europeo?  

Como un aliento que atraviesa paisajes vivientes y paisajes políticos, nos topamos en este andar con la poesía de la naturaleza y la poesía de los conflictos. ¿Puede el arte imaginar una realidad alternativa y un nuevo porvenir? Preguntan Andrea Fernandez e Inka Gressel en La escucha y los vientos.

En esta oportunidad, la escena nacional de las artes corre un poco la mirada de los centros artísticos hegemónicos para posarse en el Gran Chaco, donde distintos grupos de mujeres de diferentes territorios usan el tejido como herramienta para construir proyectos de economía social, defensa de la memoria y la identidad, originando un fuerte foco de resistencia que no es solitario, puesto que se trata de un tejido que cobra sentido creando redes con otras mujeres. Sin embargo, aparecen otros factores que se hacen visible en estos procesos y son nada menos que el afecto y el aprendizaje sobre otros modos de vincularse (especialmente entre mujeres) que se sostiene a lo largo de esta experiencia que recién empieza. Ciertamente, Andrea dice que poner el cuerpo, gestionar y defender fueron acciones de escucha atenta, una que intentó/intenta responder a las necesidades que pudo interpretar de las personas que conoció en el monte chaqueño. En efecto; ella destaca que La escucha y los vientos fue como elegir el camino no señalizado que atraviesa el monte y que exige aprender a ver lo que antes era imperceptible para nosotrxs. 

  • Fernández, Andrea; Gressel, Inka (2021) catálogo y textos de La escucha y los vientos
  • Gallo, María (2022) Prácticas artísticas contemporáneas: un abordaje desde las nociones de sujeto y experiencia. Análisis de casos de artistas contemporáneos de Tucumán
  • Giunta, Andrea (2014) Texto curatorial para la exposición ¿Cuándo empieza el arte contemporáneo? Intervenciones desde América Latina, en la nueva sección Dixit Petrobras de la feria arteBA 2014.
  • Grinstein, Eva (2021) Testimonio Andrei Pilcomayo.
  • Mosquera, Gerardo (2016) “Contra el arte Latinoamericano”, en AA.VV., Los estudios de arte desde América Latina. Temas y problemas [en línea]. http://www.esteticas.unam.mx/edartedal/PDF/Oaxaca/complets/mosquera_oaxaca.pd>
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