PORTADA 3

La batalla digital nos llama a dar pelea

En estas elecciones nos enfrentamos a una batalla digital que va más allá de la política tradicional, donde las nuevas derechas, marcan el territorio en el ciberespacio. Este escenario va más allá de discursos políticos; implica la violencia sistemática y real que se desata en redes sociales. Desde el cierre de perfiles por autopreservación hasta la amenaza con Falcons verdes, la lucha se traslada a un espacio virtual que ya no podemos separar de nuestras vidas cotidianas. ¿Cómo afectará esta validación de la extrema derecha al día a día? Este artículo explora no solo la hostilidad digital, sino también las estrategias de resistencia y la necesidad de repensar la forma en que nos comunicamos y organizamos.

Esta nota no es sobre las declaraciones de la vicepresidente electa Victoria Villarruel, Lilia Lemoine y la renuncia a la paternidad, o el intento de asesinato a Cristina Fernández, ni sobre las declaraciones de Mariano Cuneo Libarona, de Carlos Rodríguez o de Mauricio Macri diciendo “los orcos van a tener que medir muy bien cuando quieran hacer desmanes en la calle”. Estas líneas son para pensar en voz alta como investigadora feminista y usuaria de internet este nuevo escenario en donde muchas personas conocidas, militantes, activistas, e incluso quien aquí escribe, decidimos poner candado en nuestras cuentas personales en Instagram y Twitter para minimizar los daños de ataques por repudiar hechos, al nuevo gobierno, o simplemente por opinar en internet. La elección de tener nuestras cuentas privadas es, tal vez, una forma de autocuidado o autopreservación, pero también podría configurarse como una forma de autocensura y violencia.

En las elecciones pasadas, Javier Milei fue elegido presidente para gobernar nuestro país los próximos cuatro años, Argentina se suma entonces a los países en donde las nuevas (o renovadas) derechas toman el poder. Esto abre además un nuevo escenario frente a nosotros, sobre todo, porque nos marcaron la cancha digital. 

Mientras la vieja política imprime panfletos, llena la calle de carteles con caras conocidas, paga publicidad en rutas y llena los caminos de pasacalles, los militantes de La Libertad Avanza abren una contienda política y cultural entrando directamente a nuestro casa (o “en medio de nuestras sábanas”) a través de nuestro celular.  Esta se caracteriza por ser real, sistemática y violenta. ¿Organizada? Tal vez. 

Que viejo quedó aquel viejo meme de “caricias significativas” por el tweet del bot macrista. Ahora esta nueva derecha surgida en internet nos enfrenta a personas reales atacando individualizadamente a cada usuario. La escalada de violencia durante la última (y eterna) campaña presidencial fue muy palpable en redes sociales; adoptando rasgos no solo provocadores, sino profundamente violentos, demostrando un manejo muy eficaz de las nuevas tecnologías. Los militantes de La Libertad Avanza atacan sistemáticamente a los feminismos, las izquierdas y los derechos humanos. 

De hecho, soy consciente que incluso esta nota puede desencadenar una catarata de insultos, pero también creo necesario pensar colectivamente porque lo virtual ya no es ajeno a nuestra vida ni separable de nuestro día a día, lo virtual ya es muy real. 

Me pregunto además ¿acaso la validación de esta extrema derecha elegida por el 55,69% de los votos va a impactar en nuestras vidas? ¿De qué manera? ¿En nuestra manera de habitar las calles y las redes? ¿Estamos acaso en riesgo? 

Por todo esto vengo a intentar delinear algunas ideas propias sobre lo que viene pasando no solo a nivel político, sino a nivel social, y sobre todo la hostilidad que estamos habitando en el territorio digital. 

PORTADA 10

El límite no existe

Hoy lo digital representa un espacio no solo público, sino también político, en donde se disputan sentidos. ¿Se puede entonces pensar en un territorio digital/ online? Yo me animo a afirmar que sí, sin dudas. Hace tiempo ya se volvió central apropiarse de la tecnología y de internet, la brecha digital de género nos ubica en una posición de desventaja, pero hoy ocupar esos lugares se vuelve urgente.

Son palpables las amenazas no solo a nuestros derechos como la legalización del aborto, el matrimonio igualitario o algo que considerábamos tan básico como la salud y la educación pública, recibimos también amenazas contra nuestras existencias mismas, contra nuestra vida. Las respuestas a los tweets en contra del presidente electo Milei derivan en fotos de Falcons verdes, símbolos de la desaparición forzada de personas durante la última dictadura cívico-eclesiástica-militar, que se traducen en amenazas directas de tortura, secuestro y muerte; “7 … aunque un poco incómodos, entran en este baúl”. Mensajes acompañados con un “sé dónde vivís, dónde trabajas, por donde te moves”. Hoy las redes sociales no solo son una fuente de amedrentamiento verbal, sino también una forma de violencia psicológica y de implantación de miedo, o mejor dicho, de terror. Probablemente muchos de estos militantes libertarios no tengan un Falcon verde a disposición, y probablemente muchas de estas amenazas no se materialicen físicamente, pero ¿eso hace que la violencia sea menos real? ¿Eso la hace menos peligrosa?.

No solo sufrimos el ataque directo de las renovadas derechas, también se culpa al avance del feminismo como causante directo del enojo de varones que reaccionaron afiliandose al partido Liberal Libertario “por revancha”, justificando en nuestra lucha la escalada de violencia. Una nueva forma de “se la buscaron” con “la pollera era muy corta”. A esto vamos a debatirlo en otro momento, pero no podemos negar que han logrado organizarse en la virtualidad de una manera que nosotras no y han instalado un fuerte discurso contra “el curro de los derechos humanos” y la “ideología de género”

Recientemente se incorporó a la Ley 26.485 para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres la llamada “violencia digital” como una modalidad de violencia más, que si bien se pensó como protección para la difusión de imágenes y videos sin consentimiento, si leemos su definición en el contexto de la ley, y en conjunto con las definiciones de violencia política y simbólica, arman un cuadro de situación actual de lo que vivimos las feminidades y comunidad LGBT+ en internet. 

La Ley Olimpia no solo reconoce la violencia digital, sino que prevé la necesidad de alfabetización digital. Saber usar las plataformas, conocer cómo reportar efectivamente contenido violento, reconocer la evidencia digital y preservarla, saber bloquear acosadores y proteger nuestros datos personales y nuestras cuentas es hoy un tema central. Por supuesto que el autocuidado tiene un límite, y que debemos exigir del Estado políticas progresivas que puedan crear ámbitos amigables, pero mientras el Estado esté en manos de un gobierno de ultraderecha, las herramientas y estrategias de cuidado vuelven a ser colectivas y no pueden ser postergadas. Además, debemos pensar el límite de los Estados cuando quienes realmente tienen los datos, el poder y la capacidad de acción (como la de bajar contenido de internet) son empresas casi monopólicas, extranjeras y extraterritoriales. 

“¡No voy a estar pidiendo perdón por tener pene!”

Las nuevas derechas ocupan no sólo activa, sino efectivamente los espacios digitales, militancia que hizo aportes significativos en la campaña 2023 de LLA. La reacción patriarcal y misógina que apersona la figura de Milei representa hoy un enemigo claro que no solo pone en riesgo conquistas históricas del movimiento feminista y de derechos humanos, sino también la validación de un capital simbólico que legitima la violencia institucionalizada, que siempre vivimos diferencialmente las mujeres y personas LGBT+, y que ahora vuelve a ser protagonista (si es que alguna vez dejó de serlo). 

Los partidos políticos tradicionales no solo entraron tarde al juego, sino que lo hicieron de manera casi forzada. La gran derrota nos ubica en un nuevo lugar, y nos obliga a pensar cómo ocupar nuevos lugares, crear nuevas lógicas y llevar la militancia al mundo digital sin abandonar la clásica y necesaria militancia territorial y sin subestimar su alcance y potencia. La agenda feminista es uno de los claros enemigos políticos del nuevo gobierno, la violencia es palpable y la consecuencia está clara: el silenciamiento de nuestras voces, la autocensura para preservarnos, nuestra desaparición de la digitalidad pública por miedo a las represalias. 

Los caminos tradicionales de la política no tienen que ser abandonados, pero si repensados y reformulados, los movimientos de izquierda, populares o sociales tienen mucho terreno que ocupar. 

Hoy la manera de informarnos cambió radicalmente, los medios tradicionales existen pero la forma de llegar a la noticia cambió; la televisión llega siempre con delay y con una pérdida enorme de confianza. Los medios digitales contra-hegemónicos son formas de resistencia y militancia, pero existe un límite y ese suele ser el algoritmo y la cultura del click. Que cualquier persona pueda crear una noticia, inventar un meme, hacer un video, generar una imagen muy verosímil con Inteligencia Artificial, crea nuevos peligros: las fake news escalan a un nivel que no creíamos posible. 

Los comunicados de organizaciones, los papers académicos y las largas explicaciones intelectuales no deben ser abandonados, pero sí pensemos a quién le estamos hablando, a quién queremos llegar y qué queremos lograr. ¿Le estamos hablando a alguien? ¿Nos estamos hablando entre nosotrxs? ¿Lo hacemos por inercia o por estrategia? ¿Y la política tradicional a quien le está hablando?

Este nuevo campo de disputa nos enfrenta nuevos desafíos. Se vienen épocas difíciles compañeres, tenemos que volver a pensar estrategias colectivas y de cuidado. El espacio público que se disputa desde lo digital tiene que empezar también a ser nuestro como lo fue con la marea verde o el Ni Una Menos, y este es un nuevo territorio donde salir a pelear. Estamos cansadas, desahuciadas, pero cuando estemos listas es necesario rearmarse, y apropiarnos de un territorio que nos quieren arrancar. 

Tenemos que pensar estrategias no solo de defensa, sino nuevas formas de comunicación, con nuevos formatos y discursos, pero también exigir y construir una nueva política que nos incluya e interpele, porque un mundo en el que parece que elegimos entre la derecha de más allá y la derecha de más acá, es inviable. Y porque si no lo hacemos, la violencia en redes sociales nos está llevando puestas, nos está silenciando y está dejando a muchas fuera del juego público.

Con la creciente agenda antigénero, antiderechos humanos, profundamente masculinizadas, autorreferencial e individualista, debemos retomar la palabra y poner en valor lo que defendemos, pero también hacerlo efectiva y colectivamente, atrayendo nuevas juventudes y pensando nuevas formas de organizarnos, sobre todo digitalmente, para evitar no solo la brecha de género, sino también de generación. 

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