Mauro Gatti

Elecciones 2027: El fierro caliente

Política

A esta altura de septiembre algunas cosas que hace unas semanas eran especulaciones ya empezaron a tomar una forma bastante concreta. En Tucumán la elección provincial del 9 de mayo de 2027 ya no es solamente una decisión anunciada por Osvaldo Jaldo: la Junta Electoral oficializó el cronograma y el peronismo provincial está directamente en campaña. El 8 de septiembre Jaldo y Miguel Acevedo reunieron a presidentes y apoderados de 52 partidos que respaldaron públicamente la fórmula para la reelección. Al mismo tiempo apareció una discusión que probablemente termine en la Justicia sobre si Jaldo está efectivamente habilitado para presentarse nuevamente, algo que el Gobierno provincial sostiene que no tiene ninguna duda constitucional pero que sectores de la oposición ya anticiparon que van a cuestionar. Es decir que acá el 2027 ya empezó, y empezó bastante antes que en buena parte del país.

La elección además va a hacerse con un sistema que conocemos demasiado bien, o sea el mismo de siempre. Tucumán seguirá utilizando la boleta partidaria tradicional de papel y los acoples, mientras que para la elección nacional rige la Boleta Única de Papel. No prosperó ninguna reforma de fondo que modificara ese esquema. El dato no es menor cuando se intenta entender qué significa realmente que una provincia vote cinco meses antes que la Nación. Los acoples no son una cuestión decorativa del sistema tucumano: en 2023 aproximadamente el 75% de los votos que consiguió el oficialismo en el interior llegaron a través de esas estructuras y el PJ ya está preparando nuevamente ese armado territorial para Jaldo-Acevedo.

Durante los meses anteriores a mayo van a trabajar intendentes, legisladores, candidatos a concejales, delegados comunales, fiscales, militantes, referentes barriales y una enorme cantidad de organizaciones vinculadas de una manera u otra con la política provincial. Se van a abrir locales, imprimir boletas, movilizar vehículos, organizar fiscales y poner una cantidad importante de recursos alrededor de esa elección. Se puede discutir si ese sistema es bueno o malo, -personalmente creo que tiene problemas bastante evidentes- pero no reconocer el peso que tiene sería no entender cómo funciona una elección tucumana. Cuando llegue el 9 de mayo cada intendente estará defendiendo su municipio, cada candidato su banca y el oficialismo provincial su continuidad. Si ese día el peronismo conserva la gobernación y buena parte de los municipios y la Legislatura, cuando llegue la elección presidencial todos esos actores ya habrán resuelto su problema político más inmediato por cuatro años.

Esto no significa que después no vayan a trabajar por el candidato presidencial del peronismo. Seguramente muchos lo harán. Lo que no veo tan claro es por qué deberíamos suponer que van a hacerlo con la misma intensidad con la que se movilizaron cuando estaba en juego su propia supervivencia política. Y el problema no es solamente Tucumán. En 2023 dieciséis provincias separaron sus elecciones de la nacional y varios gobernadores ya analizan repetir esa estrategia en 2027. La novedad de estos días es que tampoco hay que exagerar el argumento: no van a desdoblar todos. Raúl Jalil anunció el 11 de septiembre que Catamarca va a votar junto con la elección nacional. Es interesante porque Jalil es justamente un gobernador peronista con una relación bastante cercana con el Gobierno nacional.

Ese dato no debilita el problema sino que lo vuelve más claro. No existe una estrategia común de los gobernadores opositores frente a Milei. Cada provincia parece estar eligiendo la fecha que mejor sirve a su situación particular. Jaldo considera conveniente votar en mayo, Jalil considera conveniente hacerlo junto con la Nación y otros gobernadores todavía hacen sus cálculos. No hace falta imaginar un plan para favorecer a Milei ni un acuerdo secreto entre gobernadores. Puede ocurrir algo bastante más sencillo: cada uno toma una decisión racional para conservar su propio poder y la suma de todas esas decisiones no necesariamente construye una estrategia nacional. El peronismo puede terminar teniendo muchas provincias, muchos intendentes y una enorme cantidad de estructura territorial sin que de eso salga automáticamente un proyecto capaz de disputar el país.

Hay algunos movimientos recientes que intentan ordenar ese problema. Durante agosto bajó un poco la intensidad de la interna entre los sectores de Cristina Kirchner, Axel Kicillof y Sergio Massa y aparecieron reuniones y declaraciones sobre la necesidad de llegar unidos a 2027. José Mayans viene hablando de construir un frente amplio y hasta propuso buscar “esquemas de coincidencia” con Myriam Bregman. Pero al mismo tiempo el Gobierno nacional está trabajando para eliminar las PASO y en estos días Karina Milei puso el apoyo a esa reforma como una de las condiciones para negociar alianzas electorales con gobernadores y otros sectores. No es una discusión técnica menor: sin PASO, una oposición con varias candidaturas tiene más dificultades para ordenar sus diferencias antes de la elección general.

La otra cosa que cambió bastante en estas semanas es que hoy ya no parece razonable hablar de Milei como un ganador probable casi por inercia. Sigue siendo competitivo, conserva un núcleo electoral importante y además tiene todas las ventajas que supone gobernar, pero está bastante más desgastado de lo que estaba algunos meses atrás. El último Latam Pulse de Atlas Intel, difundido en septiembre, ubicó su imagen positiva en 35% y la negativa en 62%. Otra encuesta de Analogías publicada esta semana puso en un escenario presidencial a un “Peronismo Unido” en 31% y a Milei en 30,7%, prácticamente empatados, con casi un 25% de indecisos. Son encuestas distintas y no conviene tomar ninguna como pronóstico, pero juntas muestran algo bastante evidente: la elección está abierta y hoy nadie tiene asegurado demasiado.

Esto sucede además en una economía que no se derrumbó, pero tampoco produjo la recuperación que el Gobierno esperaba. El último REM del Banco Central bajó la proyección de crecimiento del PBI para 2026 al 2,1%, seis décimas menos que apenas un mes antes, y estimó que la economía se habría contraído 0,9% en el segundo trimestre. El salario mínimo, que hace un tiempo estaba alrededor de los $300.000 y que usamos muchas veces como ejemplo de la degradación del ingreso, fue actualizado desde septiembre a $383.800. El dato también tiene algo significativo: el monto fue fijado por resolución después de que no hubiera acuerdo en el Consejo del Salario.

Sin embargo, sería un error pensar la elección de 2027 exclusivamente desde el salario. Podemos tener una mayoría que considere mala su situación económica y que, aun así, una parte importante de esa misma sociedad vote a Milei. Una persona puede estar cobrando poco, endeudada, haber reducido el consumo y al mismo tiempo pensar que una derrota del Gobierno puede producir una corrida, una devaluación o una crisis todavía peor. Ese temor tiene una enorme potencia política porque no exige que el Gobierno convenza a la población de que está bien. Le alcanza con convencer a una cantidad suficiente de personas de que cualquier alternativa puede ser peor.

Y ese miedo tampoco sale completamente de la imaginación. En la Argentina las expectativas electorales pueden producir movimientos reales sobre el dólar, los bonos y las reservas. Ahí aparece un mecanismo bastante perverso: si grandes actores económicos creen que un gobierno opositor va a modificar el programa de Milei, pueden comenzar a dolarizar posiciones antes de la elección; esa dolarización genera presión sobre el tipo de cambio y después esa misma presión sirve para demostrar que una victoria opositora amenaza la estabilidad. Durante estas últimas semanas no hubo una corrida, pero sí se empezó a notar nuevamente una demanda de cobertura mayor: el Banco Central venía comprando dólares con mucha fuerza y la semana pasada consiguió adquirir apenas US$42 millones, su menor compra semanal del año. Al mismo tiempo el FMI confirmó que la misión para comenzar la tercera revisión del acuerdo llegará la semana del 21 de septiembre.

Esto parece más importante que discutir si el dólar está hoy diez pesos arriba o abajo. La Argentina sigue dentro de un programa de US$20.000 millones con el Fondo Monetario, que ya desembolsó alrededor de US$15.800 millones y que controla periódicamente metas fiscales, monetarias y de reservas. La tercera revisión que empieza ahora evaluará justamente las metas de junio. El propio programa establece revisiones que van a continuar durante 2027 y 2028. Es decir que el próximo gobierno no va a asumir sobre una hoja en blanco. Va a recibir un conjunto de compromisos económicos, vencimientos, reformas ya realizadas y una relación con el FMI y con Estados Unidos que forma parte material del funcionamiento de la economía argentina.

Ahí es donde está el problema del fierro caliente. Supongamos que el peronismo gana. No alcanza con decir que después se renegocia todo. Recibe una economía mucho más abierta, reformas laborales ya sancionadas, privatizaciones realizadas o en marcha, cambios regulatorios difíciles de revertir de un día para otro, compromisos financieros externos y actores económicos que probablemente reaccionen antes incluso de que el nuevo presidente asuma. Además recibe una sociedad que puede estar cansada del ajuste pero que tampoco tiene demasiado margen para soportar otra crisis. Un gobierno opositor puede tener razones perfectamente válidas para cambiar la orientación económica y, sin embargo, encontrarse a las pocas semanas intentando evitar una corrida mientras explica por televisión por qué el problema no empezó el día que asumió.

La pregunta correcta no es solamente si el peronismo tiene posibilidades de ganar. Hoy las tiene. Incluso algunas encuestas lo ponen empatado o ligeramente arriba. La pregunta es qué quiere hacer si gana y cuánto está dispuesto a enfrentarse con las restricciones que va a encontrar. Ahí es donde hay una diferencia muy grande entre la claridad que existe para conservar gobernaciones, intendencias y bancas y la falta de una discusión igual de concreta sobre qué se haría con la Nación. A veces el peronismo parece mucho más organizado para conservar el poder que ya tiene que para decidir qué hacer con el poder que podría recuperar.

En este panorama hay una figura que se vuelve cada vez más interesante y que complica bastante la comodidad de analizar todo simplemente como Milei contra el peronismo. Myriam Bregman sigue creciendo en consideración pública. En el último estudio de Atlas Intel aparece con 43% de imagen positiva, por encima de Milei, Kicillof, Cristina Kirchner y Patricia Bullrich entre los dirigentes medidos, aunque también tiene un 51% de imagen negativa. El dato más importante no es imaginar que eso significa que mañana puede ganar una elección presidencial, porque no significa eso. Incluso los análisis más favorables muestran una diferencia importante entre su imagen y la cantidad de personas que hoy efectivamente la votarían. Pero una dirigente de una fuerza que sacó menos del 3% en las presidenciales de 2023 aparece tres años después entre las figuras políticas mejor valoradas del país. Eso ya es un hecho político que merece ser entendido.

Bregman durante estos años sostuvo una posición bastante coherente frente al Gobierno, el Fondo Monetario, la reforma laboral, las privatizaciones y la política exterior, sin acomodar demasiado esa posición según lo que indicara una encuesta. Además plantea una discusión central: llegar al Gobierno no significa necesariamente tener el poder suficiente para cambiar las cosas. En julio, cuando le preguntaron por los llamados del peronismo a construir una alianza, respondió que esos llamados eran “discursos para la tribuna”, sostuvo que una parte de quienes rechazaron a Milei están decepcionados con el peronismo y volvió a cuestionar la lógica de votar siempre al “mal menor”.

Desde el peronismo la relación con Bregman es bastante contradictoria. Algunos dirigentes, como Mayans, hablan de sumarla de alguna manera a un frente amplio. Desde otros sectores aparece una presión más conocida: si la izquierda compite sola divide el voto opositor y termina favoreciendo a Milei. El argumento tiene una lógica matemática bastante evidente pero parte de la idea que los votos de Bregman en realidad pertenecen al peronismo y que la izquierda tendría que devolverlos llegado el momento. Si alguien que antes votaba peronismo ahora decide votar al Frente de Izquierda después del gobierno de Alberto Fernández, de la experiencia de Massa y de lo ocurrido durante estos años, quizás el problema no sea que Bregman le está quitando un voto al PJ. Quizás sea un voto que el PJ perdió.

Lo más interesante es que Milei tiene exactamente la lectura inversa. En la Casa Rosada vienen siguiendo el crecimiento de Bregman con bastante satisfacción porque calculan que cuanto más se reparta el voto de centroizquierda e izquierda, más difícil será para el peronismo concentrar una mayoría que pueda derrotarlo. Fuentes del oficialismo reconocieron directamente en agosto que ven “alto potencial” en su crecimiento por esa razón. La izquierda, por supuesto, rechaza esa interpretación y sostiene que sus nuevos apoyos no vienen solamente del peronismo sino también de desencantados de Milei, antiguos abstencionistas y jóvenes que votan por primera vez.

Esto tampoco convierte a Bregman en una candidata fabricada por Milei ni significa que su crecimiento exista porque el Presidente quiera que exista. Tiene una trayectoria política muy anterior, una organización propia y fue una de las dirigentes que más consistentemente se le opuso. Lo que Milei sí puede hacer es aprovechar ese fenómeno. Le resulta funcional tener una adversaria ideológica claramente ubicada en el extremo opuesto porque le permite volver a una discusión que maneja muy bien: él contra “los zurdos”, capitalismo contra socialismo, libertad contra comunismo. Si además esa polarización ayuda a que el peronismo no concentre todo el voto opositor, mejor todavía para su estrategia. Pero de ahí no se desprende que Bregman tenga que bajarse. Se desprende, en todo caso, que el peronismo tiene que conseguir que la gente quiera volver a votarlo.

Y acá vuelvo a Tucumán porque la contradicción se vuelve bastante visible. En mayo cada estructura política provincial va a tomar la decisión que más le convenga para cuidar su territorio. El oficialismo tucumano va a usar acoples, boletas, intendentes, comisionados y toda su maquinaria para retener la provincia. Otros gobernadores van a desdoblar; algunos, como Jalil, van a votar junto con la Nación. Cada dirigente piensa estratégicamente en su propio poder y nadie parece escandalizarse demasiado por eso. Pero cuando llegue octubre puede aparecer nuevamente el pedido de que el votante de izquierda no piense en su propia representación política sino estratégicamente, que vote al candidato con más posibilidades de ganarle a Milei para no dividir. Hay algo ahí que por lo menos merece ser discutido. La unidad se pide con mucha más facilidad hacia abajo que hacia arriba.

Tampoco creo que una hipotética presidencia de Bregman resuelva el problema del fierro caliente. Si un gobierno peronista que quisiera modificar parcialmente el programa económico puede enfrentar presión financiera, un gobierno que planteara romper con buena parte de ese programa tendría seguramente una reacción mucho mayor del FMI, de los grandes grupos económicos y del sistema financiero. Ahí la izquierda tiene una tarea que no puede resolver únicamente con un programa correcto: explicar cómo sostendría materialmente esas transformaciones, qué fuerza social necesitaría, qué haría frente a una corrida y cómo evitaría que la reacción económica termine destruyendo en pocos meses el apoyo político que la llevó al gobierno. La propia Bregman habla de construir esa fuerza social organizada y esa discusión es bastante más seria que preguntarse solamente si puede sacar seis, ocho o diez puntos.

A mediados de septiembre, entonces, el escenario es incluso más abierto de lo que parecía hace dos semanas. Milei está desgastado pero sigue siendo competitivo. El peronismo tiene posibilidades reales de ganarle pero todavía no resolvió ni su candidatura ni su programa ni la relación entre sus diferentes sectores. Bregman crece y empieza a convertirse en algo bastante más incómodo que una candidatura testimonial, aunque todavía exista una gran distancia entre su buena imagen y una mayoría electoral. Los gobernadores ya están acomodando sus elecciones según sus propios intereses y acá en Tucumán el oficialismo directamente puso en marcha una estructura enorme para resolver en mayo su continuidad provincial. Mientras tanto el Fondo viene la semana que viene a revisar nuevamente las cuentas de la Argentina.

Por eso sigue funcionando la idea del fierro caliente, pero no como una teoría conspirativa según la cual el peronismo decidió dejar ganar a Milei. Es más interesante verla como el resultado posible de una cantidad de intereses más pequeños y concretos. Gobernadores que quieren conservar sus provincias, intendentes que quieren conservar sus municipios, dirigentes que quieren conservar sus lugares, sectores del peronismo que quieren recuperar la Nación pero no necesariamente coinciden sobre para qué, una izquierda que no quiere volver a ser convocada simplemente para completar una mayoría ajena y un Gobierno nacional que intenta transformar la estabilidad económica, real o frágil, en una advertencia permanente sobre lo que ocurriría si pierde.

Quizás el problema de 2027 no sea solamente encontrar a alguien que pueda ganarle a Milei. Hoy parece perfectamente posible que alguien pueda hacerlo. El problema mucho más difícil es saber quién tiene ganas de gobernar lo que queda, con qué programa piensa hacerlo y hasta dónde está dispuesto a enfrentarse con quienes van a intentar definir de antemano qué cosas puede y qué cosas no puede hacer el próximo gobierno. Ese es, al final, el fierro caliente.

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