Mauro Gatti

Compramos el Mundial. Lástima que no alcanzó para la final.

Actualidad

Hay una teoría que circula desde hace años: Argentina compró el Mundial de Qatar y, para algunos, parecía que también había comprado este. Es una de esas historias que aparecen cuando la realidad les desagrada a determinados sectores. Si no podés explicar por qué ganó el otro, entonces tiene que haber hecho trampa. Ahora, si realmente compramos el Mundial, evidentemente administramos muy mal la guita, porque en 2026 no nos alcanzó para comprar la final. Qué mala planificación de la corrupción.

A mí las teorías conspirativas me encantan. Compro varias. Y casi me gustaría que esta sea cierta. Porque si un Mundial se puede comprar, entonces todos los Mundiales se pueden comprar. ¿Cuál vale y cuál no? ¿Los 4 que ganó Alemania fueron comprados?, El pentacampeonato de Brasil, el Mundial de Inglaterra en el 66 (ese seguro que sí ). El de Francia en el 98?… ¿El de Maradona en el 86 habría sido una excepción? ¿Y el doping del 94? este ultimo creo que también lo ganó el brasil de Romario. Si aceptamos que el resultado de un Mundial puede definirse en una oficina, entonces ya no hay campeones legítimos, sólo relatos que elegimos creer… pero a todos nos gusta ver el mundial igual, aunque no sea mas que ficción, nos gusta lo mismo. En ese caso, si alguna vez “la pared meó al perro” y el arreglo terminó favoreciendo a un país como Argentina en lugar de a las Selecciones europeas de siempre, casi que sería una reparación histórica. Tal vez lo merecíamos más en otros Mundiales, pero esos ya los había comprado otro.

Imagen de La Nota Tucumán

Las teorías conspirativas tienen esa ventaja: no necesitan pruebas, sólo un prejuicio dispuesto a confirmarlas. Y también parece más fácil tener prejuicios hacia determinados paises. Argentina despierta muchos. Somos el país de Maradona, de Messi (a messi no lo quieren en madrid por su carrera en barcelona), de las Malvinas, de un fútbol que nunca fue solamente fútbol. Por eso resulta más sencillo imaginar un arreglo que aceptar que un equipo pudo ser mejor, o incluso ganar sin jugar un gran partido, pero con una convicción (huevos) que otros no tuvieron. La misma gente que habla de un Mundial comprado suele creer que los mercados son infalibles, que las instituciones occidentales funcionan siempre con transparencia y que la FIFA sólo se corrompe cuando el campeón es Argentina. Es una confianza bastante selectiva.

En paralelo aparece otra discusión, la de la identidad. Mientras el gobierno de Javier Milei decidió alinearse casi sin matices con Estados Unidos e Inglaterra y con una manera de entender la política internacional en favor de cualquier país que no sea el nuestro, la Selección siguió representando otra tradición. No porque sea un partido político ni porque tenga un programa ideológico, sino porque expresa una forma de ser argentino que se fue construyendo durante décadas y que muchas veces choca con la lógica del poder global.

Ya había pasado con Maradona y ocurre de otra manera con Messi. Diego convirtió su posición política en parte de su identidad pública. Se abrazó con Fidel Castro, con Chávez; tenía tatuados al Che y a Fidel; enfrentó a Bush, habló de las Malvinas y nunca pareció preocupado por caer simpático en los lugares correctos. Messi eligió otro camino. Habla poco, evita los grandes discursos y jamás buscó transformarse en un referente político, aunque quizás sea un modelo de la mal llamada apolítica.

Las Malvinas atraviesan toda esta historia. No porque un partido pueda reparar una guerra ni porque una copa cambie la geopolítica, sino porque forman parte de la identidad argentina. Cada vez que jugamos contra Inglaterra se activa una memoria que va mucho más allá del deporte. No es una revancha militar ni un acto de nacionalismo vacío; es el recuerdo de una herida que sigue abierta y que también explica por qué ciertas victorias tienen un significado distinto para nosotros que para el resto del mundo.

Durante este mundial La Selección consiguió algo que la política hace mucho tiempo no logra: que millones de personas, con ideas completamente distintas, encontraran un lugar común. Durante un rato desaparecieron las grietas, las banderas partidarias y las discusiones de todos los días. La causa Malvinas parece tener el mayor consenso sobre un tema en nuestro país. Así es que ganarle a Inglaterra ya fue ganar nuestra final y, de hecho, los jugadores dejaron todo lo que tenían ahí y llegaron a la final en hilachas.

Esto es lo que vuelve tan atractivas las teorías conspirativas. Aceptar que un grupo de jugadores dirigidos por Scaloni, con Messi como bandera con 39 años, pueda llegar al la final sin ayuda resulta más difícil que creer en un sobre, un arreglo o una mano invisible. Unos madridistas decían que el mejor delantero de argentina era Infantino (presidente de la FIFA)…
Pero, sinceramente, a esta altura ya ni siquiera me importa si lo compramos. Si así fue, valió cada centavo por la alegría que le dio a un pueblo que venía golpeado hace años. Y si vivimos en un mundo donde se compran elecciones, guerras, jueces, medios de comunicación, voluntades y hasta países enteros (el nuestro está apunto de rematarse), ¿por qué el fútbol tendría que ser la única excepción inmune a la lógica del Capital? Lo que nadie puede comprar es la movilización masiva y hermanada que se dio en las calles Argentinas durante esos días. Esa alegría fue real, como también lo es la tristeza de que se nos fue la ultima de leo y el haber perdido con una selección que no supo ni festejar como se debe.

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