“El sadismo de lo real”: reflexiones sobre el juicio por el crimen de Fernando Báez Sosa

Manifestación pidiendo justicia por Fernando Baez Sosa
La psicóloga tucuman Betina Castro – MP 1867- reflexiona sobre el abordaje mediático que está teniendo el juicio por el crimen del joven Fernando Baez Sosa. La profesional lo compartió con sus colegas pero decidió hacerlo extensivo porque el caso abrió arduas discusiones sobre el clasismo, la juventud y la “justicia”.

Por Betina Castro

Estimado amigo psicoanalista y ahora publico que quiera leer estas reflexiones. Estos días anduve pensando mucho y necesitaba compartir con vos algunas líneas de por donde anda el malestar actual a partir del juicio por el caso del crimen de Fernando.

En primer lugar, pensaba en lo que nos arrebata y avasalla que es la extrema inundación de lo real en este crimen de Fernando: todas las acciones de violencia contra el cuerpo de un pibe, el inexistente registro o sentimiento de culpa por parte de sus amedrentadores que continuaron luego del asesinato con una noche “normal” entre amigos, como si nada hubiera sucedido, o como lo que hubiera sucedido fuera absolutamente cotidiano para su conducta.

Difícil agregar mucho a las imágenes permanentes y constantes que circulan en redes, medios de comunicación, vida familiar y laboral, cotidiana. Miles de personas lo vemos así tan repetidamente, quizá bajo el efecto de lo traumático que insiste en contarlo una y mil veces al relato atroz de las golpizas, del accionar, del “luego de matarlo se fueron a comer una hamburguesa”.

Y mientras tanto, la expectativa del público de advertir en los rostros de los jóvenes imputados del crimen algún resto de humanidad, algún gesto de empatía o arrepentimiento, al menos ante la familia de la víctima que solo puede desgarrarse del dolor en un pedido de justicia.

Y ahí me detengo un poco, en esto de encontrarnos frente a la incapacidad aparente de simbolizar, de apalabrar, de mostrar alguna conducta o gesto que permita registrar allí a un sujeto.

Pareciera ser en todas las imágenes del crimen, que hay puro acto, sin tiempo, sin signos que delimiten, que puedan decodificarse. Y la sociedad entera aún mas horrorizada por lo que provoca el sadismo en lo real.

Frente a todas las cataratas de imágenes, las voces constantes de los medios de comunicación que, lejos de aliviar o promover ciertas condiciones de calma, avasallan con la repetición.

Anoche un señor periodista manifestaba desde una opinión absolutamente fragmentada leyendo dos renglones del código penal “que no hay intención de asesinar, sino solo agresión, y que eso en nuestro país tiene una pena de 2 a 6 años”. Este tipo de mensajes a la sociedad que demanda algún sentido, alguna interpretación, no hace más que re-negar lo sucedido: intentar generalizar un acto desde la simpleza casi cínica de la letra escrita del código penal, nos des-subjetiva operando desde la revictimización y no solo de Fernando, sino convocando a la identificación masiva provocada por el efecto de la no singularización.

Otra abogada hoy, en una radio muy escuchada, afirmaba que “no es posible probar la intención en este hecho” y por ende el pedido de la pena máxima es absolutamente refutable. Terminaba su argumento afirmando que “quien inicia la pelea es la víctima”. Esa abogada como muchos y muchas otras, representando el espacio donde suceden los accionares de la “justicia” se alejan de la posibilidad de subjetivar y humanizar a los sujetos y a sus acciones, evitando cualquier vía o posibilidad de reparación del crimen ante la sola estrategia de la defensa técnica. 

 También en un programa informativo un periodista manifestaba lo siguiente: hay que dejar afuera la emocionalidad, el hecho debe juzgarse atento a las pruebas y objetivamente imputar una causa a quien corresponda, que no pueden ser estos 8 o 10 pibes que no tuvieron la intención de matar, sino que se les fue la mano en una pelea.

¡Qué tremendo exigirle a una sociedad que deje por fuera su emocionalidad! Y encima a la misma sociedad que puede irse en extremas manifestaciones de festejos y celebraciones por un mundial de fútbol, la misma sociedad que llora cada vez que ve un video de Messi o de Di María besando la copa, y que es por el orgullo de ser argentinos que esa emocionalidad está permitida y avalada, ¡a esa misma sociedad, una parte del periodismo le exige que no se conmueva por un crimen atroz hacia un pibe que “puede ser cualquiera de nuestros hijos!”.

Otra vez la re-negación, operando solo con un efecto negativo hacia la posibilidad de crear condiciones de salud mental en la audiencia.

Lo que te da terror, te define mejor” nos dejó Gabo Ferro en una de sus más bellas canciones: y la verdad amigo, es que si vivimos en una sociedad que se conmueve y espanta ante un crimen, es entonces una sociedad con capacidad de encontrar o restituir vías de sujeción al pacto social, al respeto por la vida del otro.

Recordar, dialogar, poner en palabras lo traumático

Pero no perdamos de vista algo fundamental: y es que es necesario recordar para no repetir. Recordar, dialogar, poner en palabras lo traumático, el efecto que causa en quienes consideramos en este momento pueden estar sintiéndose identificados por “ser la juventud violenta” o compartir mínimas características en común que pueden hacernos llegar a cometer agresiones “y que se nos vaya la mano” en una pelea.

Pero volviendo al malestar en nuestra cultura: No dejemos de insistir en la práctica preventiva en las instituciones, hoy más que nunca se vuelven indispensables los servicios de salud mental al que acceda la población que lo demanda, porque la restitución subjetiva no sucede en los Tribunales, la capacidad de significar, de comprender el por qué de nuestras acciones, no suceden en una charla coucheada con un abogado.

Ojalá Fernando se pueda transformar en presencia. Y disculpenme que imagine que este pobre pibe se transforme en mensajes pacifistas, o de no violencia. No me refiero solamente a los golpes, la sangre y las patadas, sino también a los comentarios cotidianos e insultantes que destilan odio de clase y sugieren una superioridad de unos sobre otros, conformando las subjetividades de algunos sujetos que entonces actúan desde allí.

Me permiten imaginar que este crimen no nos destruya a todos. Y que para los y las que “elijen creer” en la justicia, esta vez logre algo de su fin reparatorio.

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