Editorial| Al clóset no volvemos más

Orgullo LGBT

Del clóset no se sale sólo una vez, se sale muchas. Recuerdo cuando en el 2010 le conté a mi mamá que me gustaban las mujeres. Se debatía el matrimonio igualitario y los argumentos en contra que estigmatizaban a la comunidad  LGBT se reproducían fuertemente en los medios de comunicación que copaban la opinión pública en Tucumán.

Fue ella quien se acercó a preguntarme. En un acto de gran valentía, me sentó y me preguntó qué me pasaba. “Soy lesbiana”, le dije.Yo venía de un proceso de fortalecimiento por que había empezado a militar en una organización de lesbianas y bisexuales que se llamaba Cruzadas, donde empecé a descubrir la potencia política de la identidad lésbica. Esa fortaleza también me ayudó a acompañar lo que sería mi salida del closet en mi familia. 

El miedo fue la primera sensación que tuvo mi mamá. Miedo a que me quede sola, miedo a la violencia que otras personas podrían ejercer sobre mi, miedo ante lo desconocido. Los argumentos que yo había logrado armar para ayudarla a sortear esas ideas los tenía que repetir a diario, como durante años le habían repetido a ella y a toda la sociedad que estaba mal ser como yo era. Fue de a poco, con paciencia, tristezas, y alegrías que fuimos superándolo juntas. 

Salir del clóset con mis hermanas, aunque cercanas generacionalmente, no fue tan fácil. También una vida llena de prejuicios hacia lo diferente habían calado hondo en su percepción del mundo, e incluso con una de ellas hasta hoy, no volví a hablar sobre mi lesbianismo. 

Salir del clóset con mi papá, mis amigas, en la universidad, en el sistema de salud, en el ámbito laboral, porque la presunción de heterosexualidad está ahí, intacta y radiante al orden del día para ponernos sistemáticamente en la necesidad de aclarar, corregir, sostener nuestras identidades. 

Hace pocas semanas, después de una charla sobre la visibilidad lésbica en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, en el marco de un proyecto de extensión, al finalizar se acercó un hombre de unos 50 años. Se lo notaba angustiado y me pidió hablar. “Mi hija es lesbiana”, me dijo y sus ojos se llenaron de lágrimas. No sabía cómo acompañarla porque estaba sumido en miedos, los mismos miedos que hacía 12 años atrás había manifestado mi mamá cuando yo salí del closet.

Con Mariana Rodriguez Fuentes, quien es parte equipo técnico de ESI en el Ministerio de Educación de Tucumán, y activista lésbica, mantuvimos una charla donde orientamos algunas herramientas básicas: acompañar, hablarlo con otras personas de confianza y con profesionales, manifestar apoyo y comprensión de manera explícita reconociendo los miedos como propios. Nunca minimizar las experiencias de las personas LGBTIQ+ al son de la trillada frase “es una etapa, ya se te va a pasar”, no incurrir en comentarios violentos y estigmatizantes, ni llamarse al silencio y la ignorancia del tema. 

Las vidas de las personas LGBTIQ+ cambian considerablemente si encuentran acompañamiento y contención en sus entornos familiares. Si bien esto no significa deslindar de responsabilidades al Estado que es el principal garante de que todas las personas puedan elegir y vivir una vida sin discriminación y violencia, ese impacto en las subjetividades es fundamental. 

Este 17 de mayo, Día Mundial contra el LGBTodio, no queremos seguir contando muertes, relatando discriminaciones ni vulneraciones de derechos. Queremos abrazar a la comunidad LGBTIQ+, a sus entornos sociales y familiares para seguir transmitiendo la posibilidad de una sociedad donde reine la diversidad. 

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