Día de la Niñez: salir del rosa y celeste

La medicina, la psicología, los medios y el mercado de las infancias ofrecen todas las herramientas para que las pautas de cuidado de niños y niñas afiancen los ideales rígidos del género. En el Día de la Niñez, reflexiones para pensar más allá del binarismo de género.

En 1954, la Asamblea General de Naciones Unidas recomendó a todos los países instituir el Día Universal del Niño. El objetivo fue consagrar la fraternidad, la comprensión y promover actividades para el bienestar de los niños del mundo.

En nuestro país, el Día del Niño es una fecha que irrumpe en todas las casas y genera charla en la mesa familiar. Lejos de ser un día de celebración de derechos, consiste mayoritariamente en regalarles juguetes a niños y niñas. Durante mucho tiempo fue celebrado el primer domingo de Agosto. En el 2003 por pedido de la Cámara del Juguete, se trasladó al segundo domingo de agosto. Por cuestiones de agenda política, finalmente se celebra el 3er domingo de agosto. 

Los discursos de las ciencias y el mercado ofrecen las herramientas para que las pautas de cuidado de niños y niñas  afiancen los ideales rígidos  del género. Rosa y Celeste tiñen los juguetes y las tiendas de ropa. Desde las vendedoras de locales infantiles hasta nuestra casa, todos estamos dispuestos a dar nuestro consejo cada vez que vemos a un niño salir de la norma del género y empezar a jugar con una cocinita o con muñecas. Todos tenemos algo que decir si vemos que una niña está vestida con ropa que el mercado y la cultura dicen que es “de varón”.

Todos somos una suerte de policías del género. 

Nos preocupa y perturba la falta de una separación clara y distinta entre niños y niñas.  Ponemos aros a las niñas recién nacidas para marcar una femineidad que no se nota durante los primeros meses en ningún ser humano. Necesitamos que no confundan a nuestra niña con un niño, porque la exigencia de la sociedad es siempre mantener las cosas claras, criar niños y niñas bien separados, para que en un futuro sean complementarios. Porque también nos dijeron  que todas las personas son heterosexuales.

Que la mayoría de los juguetes para niñas estén vinculados con tareas de cuidado, limpieza y estética no puede ser casualidad. Y que la mayoría de juguetes para niños se traten de emulación de guerra, violencia, competencia  y demostración de fuerza tampoco puede ser casualidad.  Este énfasis desmedido por reproducir los géneros de modo binario trae consigo mucho sufrimiento innecesario. Muchos adultos no recordamos nuestra propia infancia, ni  cómo transitamos ese cuidado policíaco sobre nuestras vidas en sus primeros años.

Si hacemos un ejercicio de  memoria, quizás  podríamos recordar por lo menos una escena en la cual no nos dejaron jugar con ciertos juguetes, o usar cierta ropa, o mirar ciertos dibujos en la TV, o trepar un árbol, o hacer un movimiento incorrecto con nuestro cuerpo. Incluso la justificación de estas prohibiciones podían ser explícitas: “este juguete es para nenas”, “este juegue es para nene”, “esto no es para vos”.

El ejercicio de performar el género masculino y femenino lleva siglos, y si como adultos somos tan buenos policías del género es precisamente porque fuimos niños/as, porque nos marcaron el límite de nuestras posibilidad desde antes de aprender a hablar, y porque muchas veces es más fácil reproducir ese camino binario y afirmar que estamos del lado correcto, que dejar hacer y jugar a nuestros niños y niñas, y reconocer que lo que hicieron con nosotros fue violento.

La historia de nuestros juegos de infancia está plagada de buenos recuerdos. Y el trasfondo de esas historias en muchos casos está plagado de violencia. Algunas infancias desafiaron ese orden y terminaron siendo golpeadas y excluidas de lo social.

Las infancias de miles de travestis, mujeres,  y varones trans fueron negadas. El derecho humano a la educación fue dejado de lado ante la expresión de género no acorde a lo que marca la costumbre. En nuestra sociedad decimos que amamos a las infancias, pero si son trans, miramos para otro lado y las dejamos a la intemperie.  Las amamos desde siempre,  pero durante décadas permitimos que la noche y la prostitución crie a las niñas y adolescentes travestis. Porque antes que velar por los derechos del niño, velamos por el orden binario del género.

El “pecado” de las infancias trans fue desafiar al extremo estas rígidas normas del género. Son ellas las que nos muestran con mayor claridad que vivimos obsesionados con unas pautas de género. 

En el 2016, Marlene Wayar, referente e histórica luchadora travesti, en su participación en la Campaña Infancias Trans Sin Violencia Ni Discriminación decía: “de lo que estamos hablando es de que no importa tu sexo, no importa tu género, tu identidad de género, tu expresión de género, tus elecciones sexuales, tu sexualiad, tus prácticas sexuales, ni tu objeto de deseo sexual, te estamos invitando a que seas trans. Las travestis te invitamos a que seas trans, a que salgas de ese hombre y de esa mujer que no solo se opaca a sí mismo o a sí misma, sino que opaca al resto.”

Un futuro trans, o con el nombre que sea, un mundo en el que quizás  las etiquetas puedan quedar atrás, cuando desde niños y niñas nos eduquen a pensar nuestro género como posibilidades de expresión y no como mandatos. Un futuro en el que este presente sea recordado como “esa época de la historia en la que la humanidad estuvo obsesionada con el género y sus etiquetas”.

Estas palabras podrían ser quizás regalo para las infancias  que fuimos,  y para  aquellas que no pudimos ser. El deseo de un futuro mejor, un futuro de juegos libres. A las infancias libres,¡ Feliz Día!

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