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Raíces de las piedras: la mujer que habla con los animales

Verónica Kenigstein se define como “un pedacito de arcoíris”. Es licenciada en Comunicación especialista en vínculos, su primer trabajo fue comprender las relaciones de parejas. Pero una foto de niña, a los cuatro años cargando a un perro al que amaba, le sembró un deseo irracional: quería poder hablar con animales. Un día, lo logró.

Por Betania Álvarez Aráoz

Al norte de Buenos Aires, en las profundidades de Escobar, Verónica camina rodeada de un verde frondoso, hace segundos que salió de una casa pequeña en pleno pastizal y con ella vino al encuentro una perra marrón claro de actitud amigable. Se llama Pancha y no se le separa nunca. Durante toda esa tarde, el sol inquieto chocaría de frente los anteojos de Verónica, haciendo que cada tanto deba moverse para retomar la charla y evitar que los rayos la distraigan de mirar firme a los ojos. 

Yo quería hablar con animales y en un viaje al Cerro Uritorco de repente ocurrió. Fueron casi dos años de formación para abrir el canal. Pasó después de una meditación bastante intensa. Estaba en una posada y quise salir, afuera había unos caballos y cuando los miré empecé a entender lo que decían. Fue muy fuerte, un schock maravilloso.

Verónica Kenigstein vive en un barrio que imita bastante bien aquel paisaje de la sierra cordobesa. Se mudó allí luego de abandonar un departamento en Paternal. Ahora cuenta con un establo cómodo para su caballo y un césped tupido para su perra y su gata. Viaja una vez a la semana a capital para hacer trámites u organizar algún curso. De vez en cuando también viaja a otras provincias por alguna capacitación o charla. Durante el tiempo que pasa en casa Verónica dedica gran parte de su día a estar con sus animales, les cocina, pasea con ellos y les habla.

Los perros son como los guardianes del mundo físico, nos conectan con el cuerpo y con el presente. El gato, en cambio, nos ayuda directamente a conectar con nuestro inconsciente. Hay personas que les tienen fobia, esto en general habla de un ser humano al que le cuesta mucho conectarse con esa parte emocional y profunda que no ve. El caso de los caballos es especial, ellos traen información directa de la dimensión espiritual por eso nos ayudan a sanar.

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El día antes de la entrevista, Verónica lloró todo el día.

No es fácil aceptar que un miembro de tu familia ha decidido irse. Ayer estuve llorando todo el día por no encontrar a Princesa, pensando en que está lastimada y que por eso no puede volver a casa. Luego me calmo y me digo: “¿por qué no confias en que hay algo más grande que está cuidándola? Si se tiene que morir, se morirá. Será un ser que vivió un proceso de transición”. Me encantaría que eso no sucediera pero ya no depende de mí.

Una semana antes del encuentro, al regreso de un viaje a Mendoza, Verónica descubrió que Princesa, su gata de cinco años, se había ido. Cada vez que Verónica piensa en Princesa los ojos se le llenan de lágrimas, no puede evitarlo. Su prosa, que por momentos es evangelizadora, solo trastabilla cuando el recuerdo de su gata se le pasa por la cabeza.  Ahí el tono cambia.

El mensaje de Princesa, para mí en este momento, es que confié en ella. Me dice: “abrí el espacio de sanación interna, que mientras más serena estés más fácil va a ser que yo vuelva. Si no tu angustia es como una nube negra que no me permite llegar a casa otra vez”.

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Kenig es raíz y Stein significa piedra. Ambos elementos aparecen varias veces durante la vida de Verónica. En más de una oportunidad hablar con animales ha sido para ella hacer crecer raíces de las piedras.

En una época no me alcanzaba la plata, andaba mal y mi gente, con todo el amor de su alma, me decía que me buscara un trabajo de medio tiempo, como para tener unos mangos. Yo me resistía.

Un día, por sugerencia de una amiga, dejó de nombrar lo que hacía como amor por las especies. Se sinceró, eliminó el eufemismo y lo aceptó que lo que su misión era hablar con animales.

El resto se fue acomodando”, dice al pasar, como si fuera una escena a la que preferiría no volver. – Miro hacia atrás y me doy cuenta que cada vez que necesité dinero, el dinero estuvo, me preocupé al pedo. Porque estoy sostenida por algo más grande que mi propio ego. Una vez mi viejo, que siempre quiso que me fuera bien, me decía: “¿por qué no le pedís a alguna empresa que fabrica alimento para animales que te esponsoree?”. Yo me espantaba, porque estoy en contra de los alimentos balanceados, pienso que con eso los estamos envenenando. No puedo casarme con el enemigo y ser una mercenaria solo porque necesito comer.

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A lo largo de su trayectoria intentando comprender vínculos, Verónica Kenigstein escribió dos libros, el primero se llamó “Sexos encontrados. Cómo mejorar tu vida amorosa” (2012) y el segundo, orientado por completo al mundo animal lo tituló: “Animales: espejos, maestros y sanadores. Historias reales de una comunicadora inter-especies”. Ambos libros, son experiencias que tomó de su trabajo y se puso a narrarlas. Entre risas asegura que habló de parejas cuando necesitó entender la relación con la suya: “Porque en las relaciones humanas a veces queremos controlar y que las cosas sean como uno quiere, lo mismo hacemos con nuestros animales”.

Si viene alguien y me dice: “arreglarme al perro” no lo voy a hacer. El problema nunca es el perro. Yo le doy la información a la persona para que ella actúe, intento devolverles el poder a la persona y al animal, porque no me gusta que dependan de mí.

Para Verónica, el desafío más grande es poder acompañar empáticamente pero sin funcionarse.

Si yo me fusiono no puedo ayudar. Es lo que les pasa a las personas que se dedican al proteccionismo, es tal el nivel de sufrimiento con el que conectan que acumulan un resentimiento muy grande. Es como cuando alguien se cae en un pozo: si yo me caigo al pozo también no voy a poder ayudar a nadie a salir de ahí.

El poder animal

Unos enormes lentes son el escudo de unos profundos ojos celestes que Verónica bien acompaña con una melena gris, ondulada e imponente. En su selva ella es la reina, tiene el poder y lo ejerce con sabiduría. Y si bien disfruta de repasar su hoja de vida, también recuerda que atravesó un mar de críticas, en donde flotan escépticos y curiosos, hasta lograr dedicarse en plenitud a la comunicación inter especies, un oficio que le cambió la vida y la profesión.

Pero ¿cómo formarse en un oficio tan fuera de lo normal?

Entrenamiento canino, equino terapia, psicología y un sin número de talleres fueron moldeando una sensibilidad creciente hacia lo animal. Verónica quería hacer de su poder una herramienta.

Una vez, en un curso de entrenamiento canino que dictaba gente de España, cuando terminó la clase, el capacitador dijo: “nadie que crea en cosas esotéricas puede ser parte de nuestra institución”.  

En ese momento me sentí horrible, pero cuando salí me dije: “Yo creo en mi trabajo. Estoy convencida de que lo que transmito es valioso y es útil para la gente y los animales”. Fue un trabajo difícil, porque siempre me sentía excluida y rechazada, pero bueno… esa es mi lucha personal como ser humano.

Los veterinarios que aceptan esto, Verónica los considera profesionales abiertos que tienen una mirada holística, son homeópatas o vienen de la medicina antroposófica: ven al ser como un ser integral. Otro es el caso de los psicólogos.

Sé que si voy a hablar con un psicoanalista, al estilo de un terapeuta, me va a decir que estoy loca, que cómo se me va a manifestar en el cuerpo la emoción de los animales.

Para Verónica la medicina y la psicología tradicional ponen etiquetas y eso nos impide conectar con una dimensión espiritual. Ella, como comunicadora inter-especies, asegura que hace un trabajo multidimensional: físico, emocional, mental, vincular y espiritual.

La psicología en términos generales (con excepción por ejemplo de la psicología transpersonal, que es donde se asientan el tarot y la astrología) se queda en el plano emocional y mental. Si yo le digo a una persona “sos neurótica”, o “tenes un trastorno obsesivo compulsivo”, estoy poniendo una etiqueta y vivir con una etiqueta es muy fuerte. Yo puedo decir que la persona vive de una forma desequilibrada, sí, pero ponerle la etiqueta es limitante, desempoderante. Los animales nos ayudan a ver como sí es posible.

A pesar de los esfuerzos por apilar argumentos, el rechazo la esperaba detrás de cualquier árbol.

En una ocasión, cuando se encontraba metiendo sus narices en comprender a las parejas, Verónica recuerda que quiso formar parte de la Sociedad Argentina de Sexualidad Humana y se lo negaron: “Era la loca que hablaba de cosas espirituales. No insistí porque tampoco quiero formar parte de un grupo social que no me acepta.”

Otro de sus intentos fue cuando comenzó el doctorado en psicología en la Universidad del Salvador; sin embargo, cuando llegó la hora de elaborar el proyecto de tesis, encontró nuevos límites dentro del círculo académico: “Quería investigar sobre la pareja y estudiar los chacras, los centro energéticos en el cuerpo de cada ser. No me entendía ninguno de mis profesores y como no entendían lo de los chacras, me fui.”

Verónica asegura que si ahora volviera a estudiar su tema de tesis sería otro o bien se dedicaría a una investigación por fuera del marco académico.

Tengo la hipótesis de que los temas que los animales nos traen son los temas que la persona necesita trabajar terapéuticamente. Es algo que lo veo directamente en mis sesiones. Lo quiero estudiar y hacer un trabajo científico de investigación para demostrar esa hipótesis. Pero necesitaría un mecenas que me permita dedicarme a la investigación, porque si no laburo, no como. 

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En lo de Verónica, la tarde comienza a caer. En la casa de al lado alguien lava una camioneta mientras escucha Animals de Pink Floyd. Un simple ligustro filtra la melodía y pacta la cortina musical precisa.

Ella cuenta que se mudó ahí para darle un establo en condiciones a su caballo, pero también porque Pancha, que se acerca cada tanto en busca de algún mimo, tenga más espacio para correr. “Aun así la paseo entre tres y cuatro veces por día.”

Estoy convencida de que hay una conciencia creciente de la valoración de todos los seres vivos como seres de derecho y que esto incluye a los animales. Pero hay una realidad que me angustia y que aún no logro resolver: la cadena alimentaria. Un león come caballo, un tigre come venados y está bien porque es parte de la cadena. Los seres humanos podemos elegir ser herbívoros como los caballos o ser carnívoros como los tigres, el problema es el nivel de maltrato que se produce en todo el proceso de la industria alimentaria. Yo no puedo a mi perro y a mi gato no darles carne porque ellos son carnívoros; si no les doy carne, los estaría maltratando. Es como si a un león le quisieras dar lechuga.  Este es un tema muy complejo que me genera un ruido interno terrible y que no sé cómo resolver.

Verónica Keingstein no es vegana y trata en la medida de lo posible de no comer carne.

Sí como pescado, huevo y me da una culpa horrible comer vacas o pollos. Cuando paso por un camión de esos que llevan vacas me siento horrible. Tengo la empatía de sentir las cosas que están sintiendo esos animales y es horroroso, manejo mientras voy pidiendo perdón.

Hablar con animales para sanar el alma

Yo no hago predicción, ni adivinación. La información puede provenir del ámbito esotérico porque está fuera de la realidad física pero tiene que servirle a la persona para transformar su realidad física, si no es espiritualidad colgada de la palmera, no sirve para nada.

Por momentos verboborragico y por otros, reflexivo, el tono de Verónica Kenigstein atrapa y conmueve. No existen los silencios más que para tomar aire. Probablemente ella también observó esta veta y fue una de las razones que la volcó a la educación. “Lector en vínculos inter-especies” es el título con el que se egresa de la formación que se aventuró a crear.

Creé la carrera que yo hubiera querido estudiar.

En el mundo existen otros comunicadores e intérpretes animales pero ninguno se enfoca en la perspectiva vincular, tan singular que esta formación ofrece. Sin embargo, Verónica se siente un poco sola en la cruzada.

Ahora me rodeo de personas que vibran como yo y los vínculos que ya no vibran así se caen solos, se terminan. Ya no puedo estar con alguien que ve la política y critica a los políticos, porque no tienen nada que ver conmigo. Yo hago política desde este lugar, desde empoderar a la gente. El verdadero camino espiritual es ser quienes somos y no lo que creemos que debemos ser o lo que nos dice la sociedad que debemos ser.

Frase tras frase, Verónica suelta el orden de un sistema que para ella le es familiar. De vez en cuando se le escapa un suspiro, otras veces se le cierra el entrecejo y con bronca escupe un lamento.

 –Todos venimos inocentes, espontáneos y completos y nos olvidamos. Por eso cuando encaramos un vínculo con animales o con un compañero o compañera debemos poder tocar esos lugares que nos ayuden a recordar que somos completos y soltar la idea de que nos falta algo.

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Todo esto me trasformó por completo. Me enseñó que no hace falta entrar dentro de ningún casillero. Somos libres y vinimos a cumplir una misión espiritual en este cuerpo.

El sol se fue pero todavía es de día en la casa campestre de Belén de Escobar. Pancha se acerca una vez más y ella le habla cariñosamente, la perra mueve la cola y se queda a su lado. Verónica Kenigstein no siente que hablar con animales sea algo raro, pero es consciente de que es un camino nuevo, en el que es pionera. Y como quien trepa a la cima de una gran montaña carga, en partes iguales, con el entusiasmo por la llegada y la sabiduría del camino recorrido.

Muchas veces me siento no parte, me siento expulsada y hasta un poco loca, pero me doy cuenta que esto es útil, que da alivio y que ayuda a que cada uno de los seres sea el ser que vino a ser a este planeta.

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