Mauro Gatti

Nuestra Tierra: La memoria como territorio en disputa

Cine

Nuestra Tierra es el primer largometraje documental de Lucrecia Martel y reconstruye el asesinato de Javier Chocobar, líder de la comunidad indígena Chuschagasta (Tucumán), ocurrido cuando intentaba defender las tierras que su pueblo ha habitado por generaciones frente a un intento de desalojo perpetrado por el terrateniente Darío Amín y dos ex policías. El film sigue el proceso judicial, que tardó años en concretarse; combina imágenes de ese juicio con testimonios, fotografías y material de archivo, y pone en escena no solo el crimen en sí, sino también la larga historia de disputas territoriales y despojo que lo enmarca.

Un ritmo distinto, una dignidad distinta. Nuestra Tierra pone en evidencia la comodidad ignorante de la mirada urbana —la nuestra— y su dificultad para aceptar que el “trabajo” puede existir fuera de una oficina, que la propiedad no es una verdad natural sino una convención histórica, que el silencio no es vacío sino, a veces, una forma de respeto. Cuando los imputados se ríen durante la reconstrucción del crimen o cuando el secretario del tribunal maltrata a un testigo mientras celebra los chistes de los acusados, la película no necesita enfatizar nada: alcanza con observar. En esa escena se revela una cultura que confunde volumen de voz con autoridad, papeles con verdad y formalidad con moralidad.

Una arqueología del presente

El punto de partida es el asesinato de Javier Chocobar, ocurrido en octubre de 2009 en la comunidad indígena Chuschagasta. A partir de un video de tres minutos —que Martel reencontró mientras investigaba para Zama— en el que se ve al cacique siendo asesinado durante el intento de desalojo ejecutado por Amín y los ex policías, la película despliega su investigación. Pero Nuestra Tierra no es un documental de true crime. Como la propia directora explica, lo que le interesaba no era “la madeja del crimen” —relativamente sencilla de desentrañar— sino entender por qué fue posible esa situación.

La respuesta exigió más de una década de trabajo —catorce años— durante los cuales Martel y su co-guionista María Alché leyeron “papel por papel, sello por sello”, expedientes judiciales que se remontan a más de 300 años de historia. El resultado es una película que entrelaza el juicio oral de 2018 con la persistencia del colonialismo en el siglo XXI, y demuestra que el crimen de Chocobar no fue un hecho aislado sino la continuidad de un patrón de usurpación territorial que viene desde la colonia.

La mayor potencia del documental no está solo en la denuncia, sino en la construcción de intimidad. La comunidad Chuschagasta no es presentada como un bloque homogéneo ni como una imagen romántica del “buen indígena”. Cada rostro tiene densidad. Antonia, viuda de Chocobar, recuerda su escolarización con una frase demoledora: nunca le enseñaron historia indígena, solo quién “descubrió” América. Andrés Mamaní muestra la herida que le dejó el ataque, pero también juega con sus hijos; las mujeres conversan, fuman, organizan; los mayores evocan ancestros y caminos de piedra transitados desde la infancia.

No hay victimización ni épica forzada. Hay vida. Y esa vida desarma el prejuicio urbano que asocia ruralidad con atraso o pasividad. Hablan bajo no por sumisión, sino porque no necesitan gritar para afirmar su verdad. El film obliga a reconocer en ellos administradores de una economía compleja, padres y madres que sostuvieron familias en condiciones adversas, guardianes de una memoria que el Estado negó sistemáticamente.

En ese desplazamiento de la mirada, el documental expone algo incómodo: la cultura argentina “muy de ciudad” —como la define Martel— que observa desde una superioridad automática y rara vez se toma el trabajo de comprender otras formas de vida.

El racismo como estructura

Nuestra Tierra es, también, una película sobre el racismo estructural en Argentina. Martel lo había abordado en toda su filmografía —“es un tema en todas mis películas”, dice— pero aquí lo enfrenta de manera directa. El juicio por el crimen de Chocobar revela no solo la impunidad de los poderosos, sino la violencia simbólica del sistema judicial: los imputados se ríen durante la reconstrucción del crimen, los abogados hablan de “propiedad” como si fuera un concepto natural, los historiadores convocados por la defensa afirman —con documentos incompletos— que la comunidad Chuschagasta se había “extinguido” en el siglo XIX.

Los académicos quedan expuestos en su insensibilidad. Es una lección de cine político: no hace falta el comentario de la directora; basta con dejar hablar al poder hasta que se auto incrimine.

El tiempo hecho forma

Donde Nuestra Tierra muestra con mayor claridad el resultado de años de trabajo es en su resolución narrativa. El montaje opera mediante transiciones de audio que se pisan entre espacios, generando un contrapunto climático e ideológico constante. El sonido no acompaña la imagen: la desestabiliza. Martel y su equipo construyen una banda sonora a partir de grabaciones cotidianas de la comunidad —guitarras, asados, conversaciones telefónicas, el viento en los cultivos— que funciona como memoria audible. Esos registros íntimos, recogidos durante años de convivencia, permiten que la película respire en el tiempo de la comunidad y no en el del juicio.

El humor, lejos de ser una concesión, emerge como herramienta de revelación. Los imputados aparecen retratados con una precisión que no necesita comentario: sus chistes durante la reconstrucción del crimen, su arrogancia en el careo. Por momentos, el resultado es una comedia negra involuntaria que vuelve aún más brutal lo que está en juego. Cuando los historiadores de la defensa sostienen que la comunidad se “extinguió” en el siglo XIX, la investigación ya mostró los registros de nacimientos y matrimonios que los desmienten. La risa que provoca su ignorancia es política: exhibe quiénes escriben la historia oficial.

Uno de los mayores logros del film es cómo Martel corre su propia mirada para dejar que el documental vea con los ojos de la comunidad. No hay entrevistas explicativas a cámara ni voz en off que guíe la interpretación. La película se construye desde la fragmentación: fotografías familiares que una mujer guardó durante diez años antes de confiar en el equipo, videos de teléfono grabados por los propios comuneros, el dron que filma desde arriba y que un gavilán derriba a la semana —como si la naturaleza misma rechazara esa mirada aérea. La cámara no impone: acompaña.

Cuando Antonia habla de su vida, cuando juegan al fútbol con camisetas que dicen “Dueños”, cuando las mujeres fuman y recuerdan el trabajo invisible de criar hijos ajenos en la ciudad, la película está ahí, cerca, sin fetichizar. Martel logra que el espectador urbano, “muy de ciudad”, deje de mirar hacia abajo y empiece a mirar de frente. Y en ese encuentro aparece un espejo incómodo: nuestra ignorancia de lo rural, nuestra confusión entre formalidad y moralidad, nuestra costumbre de no hacer el esfuerzo por entender lo que no se parece a nosotros.

El documental comienza con una imagen que condensa su propuesta: un satélite que nos acerca desde la visión general del planeta hasta el lugar específico del crimen. El recurso establece una distancia inicial que relativiza las discusiones sobre propiedad privada. ¿Quién es dueño de qué? ¿El que llegó primero, el que acumuló más papeles, o quien sostuvo la vida en ese territorio durante generaciones? La pregunta flota mientras la cámara desciende.

Cuando el juicio aparece en pantalla —donde, en teoría, se juzga a los responsables de un asesinato— la discusión real es otra: la disputa por la tierra. Los abogados hablan de títulos y documentos coloniales; los imputados defienden su derecho a desalojar; el tribunal reproduce la lógica de quienes creen que la propiedad se define por acumulación de papeles y no por años de cuidado y memoria. El satélite ya lo anticipó: no es solo un juicio por un crimen, es un juicio sobre quién tiene derecho a existir en ese territorio.

El futuro de la memoria

Nuestra Tierra se estrena en Tucumán el 5 de marzo y ya tuvo un recorrido internacional destacado, con premios y selecciones en distintos festivales. Sin embargo, la película cobra sentido pleno en lo que ocurre después de la proyección. Desde el 22 de mayo estará disponible de manera gratuita para comunidades y organizaciones que quieran proyectarla.

Esa decisión no es un detalle menor: es coherente con un proceso concebido como herramienta de trabajo y no solo como producto cultural. La película no termina con los créditos. Continúa en los archivos que devolvió a la comunidad Chuschagasta y en las conversaciones que puede abrir en escuelas, sindicatos y asambleas.

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