Judith Butler en la Plaza Independencia
El Mundial pasó, pero aún las calles están repletas de banderas de Argentina, camisetas, imágenes de los jugadores y muchas publicidades que se irán desgastando con el tiempo. El Mundial, como siempre, nos hace más argentinos que nunca.
Antes no me interesaba, pero desde hace una década entendí otras cosas, sentí otras cosas y necesité ser parte. Seguro que mi desinterés tiene que ver con mi orientación sexual y con el estigma de siempre de ser puto, y este interés más adulto tiene que ver con tomarme de otro modo las cosas. Pero, sobre todo, con la necesidad de ser parte de ese sentimiento colectivo.
Estoy absolutamente politizado y creo, efectivamente, que todo es político, más allá de lo partidario. Siento la necesidad de afirmarlo porque en el presente la torpeza nos asfixia, e incluso personas que cumplen roles políticos, como funcionarios del Ejecutivo o representantes del Legislativo, niegan que sus intervenciones sean políticas. Da vergüenza, pero sobre todo miedo. Me da miedo que, de tanto repetirlo, en veinte años esta torpeza sea mayoría y quedemos algunos viejos gritándole a una nube: “Todo es político, sobre todo la negación de la política”.
En los festejos por la victoria de 3 a 2 de Argentina contra Egipto surgieron disputas en la Plaza Independencia. Hubo un fuerte operativo policial y represión. Primero no entendí por qué. Me preguntaba qué cosa tan grave debería pasar para convertir algo tan lindo como un festejo en un problema.
Es esperable cuando vamos a marchar y reclamar algo. Pero ¿qué hay de peligroso con una plaza llena de gente festejando?
No hace falta ser filósofo político para entender que la plaza llena de gente es algo peligroso para el poder, ya sea como festejo o como protesta. La conciencia plena de que el espacio público es del pueblo no está en los planes de quienes quieren saquear al pueblo. Tampoco de aquellos que quieren a la gente mansa en sus casas, sin tener el ejercicio de ir caminando a la plaza, porque cuando eso pasa, caen gobiernos.
Me acuerdo de Butler, Judith para los amigos
Una filósofa yanqui odiada por la derecha internacional. Hace unos años, en Brasil, quemaron un muñeco con su rostro. La odian porque desde los 90 viene produciendo teoría que ayudó a entender las cuestiones de género primero, pero luego se metió con los asuntos de la guerra, las vidas precarias, la participación política, todo eso que molesta a los que tienen el poder.
Butler no escribió sobre los festejos en el mundial, ni sobre los partidos. Pero si habla sobre la multitud que une sus cuerpos en las plazas para una marcha o protesta, esas manifestaciones en donde se enuncia un “nosotros”: el pueblo.
Me acuerdo de ella porque nosotros también nos reunimos.
Sólo que, en vez de marchar, cantamos: “Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo, Argentina quiero verte campeón”.
Nosotros somos el pueblo también cuando celebramos.
Ahí suceden cosas de las que sí habla Judith: una sincronía de cuerpos, de actos de habla, de enunciaciones y de escucha que termina haciendo de una multitud un llamado del pueblo. Pero en nuestro caso es un llamado distinto, no surge para reclamar ni nace de una demanda. Es un llamado pasional, de felicidad y de hambre de alegría.
Quizás por ese poder del pueblo es que, en tiempos de gobiernos de derecha, hubo represión en los festejos en más de una plaza. En Tucumán pasó, pero no pudo evitar que la gente siguiera saliendo a festejar.
Sobre las plazas y las calles, Butler dice: “plaza y calle no son sólo soportes materiales de la acción, sino que son parte de cualquier teoría sobre la acción pública y corporal que podamos proponer. La acción humana depende de todo tipo de apoyos, siempre es una acción apoyada. Pero en el caso de las asambleas públicas, vemos claramente que no sólo hay una lucha en torno a qué será el espacio público, sino también una lucha en torno a los modos básicos sobre los que, como cuerpos, nos sostenemos en el mundo, una lucha contra la privación de derechos, la invisibilización y el abandono.”1
Yo creo que hacía mucho tiempo no caminaba por las calles escuchando todo lo que pasaba alrededor. Suelo abstraerme con auriculares, con música o charlas por WhatsApp. Pero en las jornadas del Mundial quería sentir todo. Contra Inglaterra me emocioné hasta las lágrimas cuando vi a una familia entera sacar el parlante a la vereda y poner “La Marcha de las Malvinas”.
No soy un fanático de la causa Malvinas; aprendí de grande, en una visita guiada al museo. Pero mi emoción no era sólo por la causa, sino por ese sentimiento compartido con toda una familia a la que conozco, por esa evidencia de que algo nos importa juntos.
Nos importamos nosotros. Algo muy distinto de esa narrativa individualista de educación financiera y sálvese quien pueda.
Luego, en la calle, alguien dijo que los jugadores habían sacado una bandera de Malvinas. Busqué rápido en el celular. Me emocioné más. Ni en mis sueños hubiera imaginado lo que vendría después: la lucha por la defensa del territorio con la misma tipografía, miles de imágenes de paisajes y la misma letra de esa sábana pintada.
“Las Malvinas son Argentinas”
Siento que intentamos todos unir sentidos y hacer que eso que importó en el Mundial se extendiera a una larga agenda de causas que estamos defendiendo, todas en claro retroceso. No pudimos, nunca se puede: es como querer sostener el agua entre nuestras manos. Lo que sí pudimos fue defender nuestra tierra, darle otros sentidos a la camiseta de fútbol y escucharnos un poco más entre nosotros.
Se construyó de nuevo un nosotros grande. Es performativo, no será eterno, nada lo es. Pero es la última huella fresca de lo que somos cuando somos pueblo. Es un festejo, un abrazo y los cuerpos en la plaza.
1“Bodies in Alliance and the Politics of the Street”, tuvo lugar el 7/9/2011, en Venecia, en el marco de la serie de conferencias The State of Things, organizada por la Oficina de Arte Contemporáneo de Noruega (OCA).



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