Falladita: la dignidad y la confesión de la carne, territorio de prácticas y saberes
Falladita se realiza en la planta de un edificio de Barrio Norte, en San Miguel de Tucumán, en un espacio doméstico acondicionado para recibir a un público reducido. Con dramaturgia y dirección de Andrea Barbá, las actuaciones de Amelia Acosta y Dalma Abregú, los audiotextos de Acosta, el diseño sonoro de Pablo Arias y la operación técnica de Gabriel Escalante, la obra construye una experiencia escénica en la que el cuerpo aparece como condición de existencia y territorio de prácticas, saberes y exigencias.
¿Puede el ser humano alcanzar una verdad trascendente mientras permanece sometido a las necesidades y los placeres del cuerpo? Hambre, sed, cansancio, enfermedad, deseo sexual, dolor y placer introducen una forma de dependencia que atraviesa nuestra experiencia del mundo. El cuerpo constituye nuestra condición de acceso a él: percibir, tocar, caminar, mirar, escuchar y desear son formas de existencia corporal. En Falladita, la voluntad aparece en conflicto entre aquello que quiere hacer, aquello que continúa deseando y aquello que el cuerpo permite.
Un rectángulo negro y reflectante ocupa el suelo. Cuando Amelia se acuesta sobre él, la superficie devuelve su imagen y produce la impresión de un abismo. El cuerpo parece flotar sobre ese fondo oscuro. La iluminación manual, realizada con linternas que Amelia Acosta y Dalma Abregú sostienen y manipulan durante la escena, modifican la percepción del espacio: los cuerpos y los objetos aparecen bajo una luz móvil, que delimita zonas de visibilidad.
La relación entre Amelia y Dalma introduce un juego de repetición y espejamiento. Enfrentadas, ambas ejecutan movimientos similares. La diferencia de edad entre las intérpretes vuelve perceptible el contraste entre sus cuerpos, mientras la repetición permite reconocer en Dalma una posible imagen de Amelia en su juventud o la figura de una hija.


La destreza convive con la amenaza de una falla en el juego con vasos, jarras de vidrio y bandejas. En un momento, Amelia queda suspendida sobre estos objetos, que sostienen el peso de su cuerpo. La estabilidad depende de materiales frágiles, cuya posible rotura permanece como una amenaza. La imagen de la flotación reaparece ligada al equilibrio, la precisión y el riesgo.
La disciplina de la danza atraviesa la obra como tecnología institucional de producción del sujeto: un sistema de repetición, corrección y perfeccionamiento que enseña al cuerpo a responder a determinadas exigencias. El entrenamiento transforma las capacidades, produce una determinada relación consigo mismo y convierte al cuerpo en un campo de operaciones. La paradoja reside en que cualquier aspiración a trascender la condición corporal exige una atención permanente sobre la carne. El cuerpo se convierte así en escenario de un conflicto interior. La figura de la falladita condensa esa presión, acompañada por una sensibilidad exacerbada, la tristeza y la preocupación constante por la salud. La nostalgia y el duelo por la pérdida de la madre incorporan otras dimensiones de la experiencia corporal: el paso del tiempo, la ausencia y la persistencia del deseo.
El cuerpo aparece, finalmente, como aquello desde lo cual percibimos, sentimos y habitamos el mundo. Los audiotextos reproducidos en escena introducen otra dimensión de esa experiencia: la voz y el pensamiento hacen audible un conflicto que encuentra en el cuerpo su escenario material. Falladita propone la danza como territorio para explorar esa condición: la dignidad de una carne que siente, recuerda, padece, desea y continúa poniendo a prueba sus posibilidades.



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