La Nota Tucumán

Reseña de “Cabras no caballos” dirigida por Verónica Pérez Luna

Cultura

Por Lucía Dzienczarski – Fotografía Belind Quinteros

“Cabras no caballos” dirigida por Verónica Pérez Luna
Actúan: Yoca Gil, Sandra Pérez Luna
Espacio: La Rosalba

“Cabras” dice. Ca-bras. “Cabras, no caballos” aclara. Estamos hablando de teatro. Aquí el animal Verónica Pérez Luna dirige a dos animales de su misma habilidad sensitiva. Una jauría de cabras. Unas cabritas de piernas largas que te reciben en la casa. Son todas animales. “Cabras no caballos” es una diferencia, pero es esta obra de teatro.   

Aquí se condensa el diálogo de 3 generaciones de cabras de la misma familia. Sandra y Yoca son las actrices y son las cabras también.

¿Las cabras consumen granos de azúcar? Desconozco, sinceramente. Pero en la obra hay suficiente azúcar para no parar de pensar en ella y en lo que significa. Es una dulce invitación, en medio de la selva áspera que se vuelve la provincia.

Digo azúcar porque un bolsón de azúcar organiza el espacio. ¿Toda esa azúcar podría matarnos?, pienso mientras las miro. Son hermosas. Son cabras lindas: por momentos saltan, por momentos hacen un balido (sí, así se llama ese sonidito agudo que hacen las cabras), un balido de cabra. Suenan como cabritas y se ven como cabritas. Por momentos se confunden, se ven como personas contándonos sobre un instinto vital de ser manada. Confunden, pero en “Cabras no caballos” las yeguas son anécdotas que se cuentan con la luz de las linternas, como cuando nos quedábamos a dormir en la casa de la abuela. 

Algo de su estallada capacidad animal nos sostiene ahí, entre las escenas de un relato tan íntimo, tan consciente de sí mismo que se permite performear el mismo concepto de obra de teatro. O de animal. Porque la actuación es animal salvaje. Se comparte, se balida, se sostiene de la mano, se acaricia el pelaje, se mira a los ojos. Porque acaba pasando algo animal y al mismo tiempo, supongo que del ‘hombre primitivo’: estar en ronda y contar una historia donde nos volvemos a mirar, a sentir y a pensar. 

En un mundo roto, desvinculado y triste, es un verdadero gesto tierno y fuerte de insistencia, de volver a intentar. Una sala chica, un recibimiento amoroso en la propia casa, un fogón de embrujos para ser cabras y nunca caballos. Para volver a ser manada. 

La obra se podrá ver los días 29 de agosto, 11 de septiembre y 24 de septiembre.

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