YO Y NOSOTROS EN PLURIBUS
Pedro Arturo Gómez nos comparte una lectura política y cultural de Pluribus, la nueva serie de Vince Gilligan, que reactualiza viejos imaginarios de la ciencia ficción para volver a poner en escena la disputa entre individualismo y colectivismo. Entre la épica del héroe individual y el fantasma de la communitas, la serie abre una pregunta incómoda: ¿qué idea de humanidad se defiende cuando se proclama que el individualismo es la última forma de libertad?
En Pluribus –la aclamada nueva serie de Vince Giligan, creador de Breaking Bad y Better Call Saul, emitida por Apple TV- un virus extraterrestre se apodera de la humanidad colocándola en un estado de mente colmena, sumida en un trance colectivo de felicidad altruista. Por alguna razón desconocida, sólo 12 personas en el mundo son inmunes; una de ellas es Carol Sturka, una exitosa escritora de ficción romántico-histórica especulativa, radicada en Nuevo México, crónicamente insatisfecha, a disgusto con su propia obra y con las circunstancias que le toca vivir, aún con lo disfrutable que éstas puedan ser. Durante el acelerado proceso de transformación del mundo producto de la acción alienígena, Carol sufre una pérdida afectiva muy dolorosa y queda enfrentada con ardiente enojo a esa inmensa mayoría de seres humanos absorbidos por una burbuja absoluta de extasiada amabilidad.
La historia encaja en uno de los esquemas prototípicos de la ciencia ficción: un personaje individual en pugna contra una fuerza extraña que se apodera de los seres humanos vaciándolos de voluntad propia. Esto es lo que ocurre en las diversas versiones cinematográficas de clásicos como La invasión de los profanadores de cuerpos (The Invasion of The Body Snatchers), El pueblo de los malditos (The Village of The Damned) y Soy leyenda (I am Legend). Estas realizaciones del cine hollywoodense y otras similares –como The Blob y las numerosas películas de naves e inteligencias extraterrestres al ataque- que pulularon durante el apogeo de la Guerra Fría arrojaron en su momento y hasta la fecha un recurrente repertorio de significaciones ambiguas ligadas al pánico estadounidense ante los peligros del comunismo y la cacería de brujas del macartismo. Al decir de Roland Barthes en un artículo recolectado en su libro de 1957 Mitologías, los platos voladores de esa época provenían de un planeta rojo que no era tanto Marte como la U.R.S.S1.
Al calor de la actual resurrección de la histeria anti comunista agitada como fetiche por la ideología libertaria, Pluribus queda a merced de interpretaciones capaces de ver en la serie una oda al individualismo -encarnado en el personaje de Carol- como último bastión de libertad ante la implantación rotunda de una totalidad colectivista. Tampoco han faltado las miradas desde la orilla de las izquierdas que detectan en el producto una glorificación del individualismo como valor burgués supremo de libertad, según los dictados del capitalismo concentrado en la propiedad, en confrontación con una caricatura distópica del colectivismo2. Más cauteloso, en sucesivas entrevistas, Vince Gilligan se ha rehusado a enunciar una interpretación rectora propia, dejando al público espectador la construcción de significados posibles.
Cualesquiera sean los carriles de una interpretación pertinente (¡ese fantasma de los límites de la interpretación invocado por el semiólogo Umberto Eco!), lo cierto es que esta nueva escaramuza por el significado -librada en el escenario de la batalla cultural declarada por las usinas libertarias- se traza sobre la tradicional dicotomía “individualismo versus colectivismo”, en la que subyace una permanente discusión sobre las raíces de la naturaleza humana. Desde una perspectiva sociológica, esta dicotomía puede plantearse en términos tanto de oposición como de complementareidad3. En un eje de vinculación complementaria, el individualismo se articula con la dimensión colectiva en una relación de cooperación, que se manifiesta en los condicionamientos y determinaciones de la estructura social sobre los sujetos sociales, la conciencia del “yo” con respecto al “nosotros” y la división entre ideologías políticas liberales que priorizan el papel de la sociedad civil, el sistema de mercado y la libre empresa, e ideologías que enfatizan el rol del Estado como los diversos socialismos. En un eje de oposición o contradicción -donde un concepto implica la negación o antítesis con respecto a otro- se despliegan las tensiones y conflictos que le surgen a la acción individual en el terreno de las relaciones sociales, los comportamientos egoístas en contraste con la conducta altruista, y el debate acerca de si la naturaleza humana es de base individualista o social, sobre el cual se trazan también antinomias ideológico-políticas como liberales contra estatistas, demócratas contra populistas; o capitalistas contra comunistas.
El entramado sociocultural que configura las subjetividades se mueve entre esos dos ejes de complementareidad y oposición sobre los que se articulan –siempre en tensión- lo individual y lo colectivo. Esta articulación se halla bajo una constante e irremisible vigilancia, puja de miradas que vuelve a aflorar una y otra vez cuando las aguas se agitan en torno a ciertos artefactos, en particular ciertos productos de la cultura de masas como películas y series que impactan sobre las sensibilidades ideológicas. Esto es lo que ocurre ahora con Pluribus y ocurrió hace poco con la versión televisiva de El Eternauta, ficciones vistas respectivamente como exaltaciones de los valores del individualismo, por un lado, y los de la construcción colectiva, por otro, en el marco de la omnipresente “batalla cultural”. Sin temor al ridículo, el chisporroteo del oficialismo libertario acerca de El Eternauta se hizo oír en airadas voces mediáticas, que reclamaban algo así como alambrar el significado posible de la serie para preservarla de interpretaciones colectivistas alentadas por el icónico slogan “nadie se salva solo”.
Lo cierto es que Pluribus presenta una distopía donde la realidad aparece dominada por una forma extrema de colectivismo, una degradación superlativa de la conformación comunitaria, con ecos de regímenes históricos del comunismo real y de ficciones literarias como Nosotros, de Yevgueni Zamiatin, y 1984, de George Orwell, aunque los rasgos de bonhomía del “nosotros” absoluto imaginado para la ocasión por el creador de Breaking Bad se aproximan más a los totalitarismos “amables” de Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, y Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Como sea, siempre está presente también el heroísmo individual enfrentado al colectivo supremo, un patrón que a los creyentes del libertarismo les ofrece reminiscencias delos postulados de una de sus gurúes, la escritora y filósofa Ayn Rand, para quien “el individualismo considera al hombre como una entidad independiente y soberana que posee un derecho inalienable a su propia vida, un derecho derivado de su naturaleza como ser racional”4.
Más allá de interpretaciones reduccionistas que pulverizan el trazado de la relación entre lo individual y lo colectivo en ejes de complementariedad y contradicción, todas estas ficciones distópicas alertan sobre los peligros del colectivismo degradado. Pero esta degradación puede ser no sólo la deriva monstruosa de la comunión comunitaria, sino también la consecuencia de determinadas lógicas capitalistas defendidas por las ideologías del individualismo, como el consumismo, el poder financiero y empresarial que toma como rehén a la democracia y el capitalismo desatado que campea a sus anchas, amparado por regímenes de gobierno autocráticos, fascistoides o mafiosos, tal como lo ponen en evidencia no pocas obras de este género.
A pesar del entusiasmo de probables hermenéuticas simplistas, no está claro que en Pluribus –al menos, en lo mostrado durante su primera temporada- el individualismo vaya a salvar al mundo. De hecho, su encarnación protagónica, la atribulada Carol Sturka, no se ve muy a gusto en su cerco individualista. Su posicionamiento no luce monolítico sino en continua contradicción, siempre tironeada por un avinagrado descontento existencial desde el cual debe luchar en defensa del libre albedrío humano, sin que sus peripecias oculten las ambigüedades y el lado oscuro de ese ideal de libertad. Un fantasma recorre esa supuesta gesta individualista en un mundo de colectivismo distópico, el del llamado de la communitas, el sentido de unidad, igualdad y solidaridad social, principio elemental de la naturaleza humana.
A este sentido se refería –en una anécdota muy citada- la antropóloga Margaret Mead al señalar como primer signo de civilización un fémur roto y curado hallado en un fósil humano5, evidencia del acto de integrar a un individuo vulnerable en un grupo social mediante el cuidado reparador, marcando con ello el inicio de la ética, la cooperación y el humanismo solidario. En efecto, nadie se salva solo. Por lo tanto, mientras esperamos la segunda temporada de Pluribus, menos Ayn Rand y más Margaret Mead.
- Barthes, Roland (1999): Mitologías. México, Siglo XXI: 25-26 ↩︎
- Véase, por ejemplo, Mache, Marcelo (2025): “Pluribus: un colectivismo deformado que reivindica la ‘libertad’ burguesa”. https://prensaobrera.com/sociedad/pluribus-un-colectivismo-deformado-que-reivindica-las-libertades-burguesas ↩︎
- Gobernado Arribas, Rafael (1999): “Individualismo y colectivismo en el análisis sociológico”. Reis 85/99: 9-25 ↩︎
- Citada en Baum, Nicholas (2021): “Es el individualismo versus el colectivismo la nueva izquierda versus la derecha”. https://fee.org.es/articulos/es-el-individualismo-vs-el-colectivismo-la-nueva-izquierda-vs-la-derecha/ ↩︎
- Citado en Lasco, Gideon (2022): “Did Margaret Mead think a healed femur was the earliest sign of civilization?” https://www.sapiens.org/culture/margaret-mead-femur/ ↩︎




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