Tiempos violentos
En TikTok, una adolescente relata cómo ella y un grupo de amigas del colegio hicieron bullying a una compañera hasta provocarle una crisis nerviosa durante su viaje de egresadas en Bariloche. El caso se viralizó. Las fotos del grupo de estudiantes de un colegio privado de Catamarca comenzaron a circular por las redes. En todo el país hubo repudios y una amplia cobertura mediática.
El filtro de TikTok que utilizó una de las agresoras para contar la historia es similar al maquillaje de un villano de Batman: el Guasón. Se parece mucho al maquillaje de Heath Ledger, uno de los Guasones más oscuros.
La violencia que relata la adolescente, sin inmutarse, conmueve y preocupa. Pero también preocupa la reacción de la gente en las redes, deseándoles la muerte. Es muy fácil desear la muerte en redes sociales, pedir cadena perpetua o exigir que se filtre toda la información de una persona a la que consideramos culpable.
Como producto de esta sensibilidad, también surgen narrativas mediáticas que hacen un hiperfoco en el caso y en los personajes involucrados, convirtiendo prácticas violentas en algo monstruoso y a las adolescentes en una suerte de supervillanas.
Es una tentación muy grande. Quizás, en algunos casos, podamos encontrar a una persona con ciertas características particulares en relación con su salud mental. Pero, lamentablemente, la violencia en los entornos escolares no es algo excepcional, propio de ciertos monstruos: es moneda corriente. Todos fuimos o pudimos ser víctimas y victimarios, aunque, al llegar al mundo adulto, perdamos un poco la memoria.
Lo primero que me pregunté cuando vi el video fue: ¿cuánta violencia puede suceder sin que nadie intervenga? ¿Cuántos adultos están mirando para otro lado durante un viaje de egresados? ¿Cuántos adultos están viendo lo que sucede en los colegios?
La violencia se educa, se ejercita y crece. Y vivimos tiempos absolutamente violentos: desde lo discursivo, en las redes y los medios; desde lo político, en esos discursos que proponen eliminar y acabar con los enemigos; y también desde lo social, donde todo aquello que no forma parte del nosotros parece ser descartable.
Estas adolescencias, que ya tienen una pandemia en su haber, celulares, consumo, mercado e hiper exposición en redes, también tienen un curso acelerado sobre la violencia.
Hannah Arendt habló de la banalidad del mal luego de presenciar el juicio a Adolf Eichmann, en 1961. Cuando estuvo frente a uno de los responsables del genocidio, se encontró con algo que no esperaba. Lejos de reconocer a un monstruo excepcional, a una persona de mente brillante y discursos agudos, encontró a un hombre común, a un burócrata que cumplía órdenes.
¿Cómo era posible que uno de los responsables de un plan sistemático de exterminio fuera un hombre común? Allí es donde la autora desarrolla la idea de la banalidad del mal. Una persona puede ser tierna en su entorno familiar y absolutamente cruel en su entorno laboral, o viceversa. Un ser humano puede cometer los crímenes más terribles contra otro ser humano sin inmutarse, sin estar loco.
Es allí cuando Hannah Arendt nos propone volver a encontrar lo humano, a ejercitarlo, porque también la empatía se ejercita. Pero necesita de algo que la violencia no: necesita de la reflexión. Es mediante la reflexión que podemos volver sobre nosotros mismos y nuestros actos, hacernos responsables, mirar a nuestro alrededor y encontrar algo que, en una primera mirada, no habíamos visto.
La reflexión es profundamente humana y también un estadio que puede no aparecer si no se lo promueve. La ausencia de reflexión deja un espacio vacío que la violencia llena.
¿Qué tiene que ver esto con el bullying del colegio de Catamarca?
No pretendo dar respuestas acabadas, y por supuesto que las prácticas cotidianas de violencias no son equiparables con el plan sistemático de un genogicio. Pero si recurro a ese extremo para traer la reflexión desde allí, y pensar estos eventos recientes, porque la muerte, el castigo y un comienzo de deshumanización aparecen en comentarios sobre este caso.
Estoy seguro de que es muy poco probable que ese grupo de estudiantes haya tenido espacios de escucha y de diálogo genuino durante su trayectoria educativa. Las máscaras en las adolescencias son capas muy finas que dejan ver mucho más allá de lo que se dice, si existe un espacio y un momento para eso.
Los talleres de Educación Sexual Integral dieron prueba de que funcionan como momentos que unen a los grupos; a veces, también como espacios de denuncia de violencias, como catarsis o como un sinfín de risas al escuchar ciertas palabras.
Esto no quiere decir que el caso de acoso escolar tenga que ver con algo de la sexualidad. No. Pero sí quiere decir que, a partir de hablar de ESI con adolescentes, podemos abordar otras cuestiones que hacen a una vida libre de violencias.
No sé si la violencia de este caso es tan distinta de otras tantas que quedaron en el olvido de generaciones anteriores. Lo que sí sé es que nuestra vida en las plataformas digitales expone todo mucho más y hace más difícil mirar para otro lado.
No podría pedir cárcel para adolescentes, aunque sí deseo justicia para esa adolescente a la que le filtraron videos íntimos y torturaron psicológicamente hasta hacerla explotar. Pero qué cosa sea la justicia es algo que necesita reflexión. La cancelación y el escrache, estoy seguro, no son justicia, o al menos no alcanzan.
Ojalá podamos salir de esta suerte de sentido común violento que transitamos. Ojalá volvamos a intentar ocuparnos del bienestar de niñeces y adolescencias. Ojalá la reflexión del mundo adulto vuelva a ser un ejercicio cotidiano.



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