Maximiliano Castro

RESEÑA| Un hombre que muere tres veces

Artes

Un hombre que muere tres veces, dirigida por Agu Nieder y presentada en el Centro Cultural Rougés DURANTE 2025, se inscribe en el proyecto escénico e investigativo del grupo El Enjambre, un laboratorio dedicado a dramaturgias hipervinculares: escenas distribuidas, simultáneas y no jerárquicas, donde la mirada del público se vuelve una variable activa. No se asiste a un espectáculo cerrado, sino que se ingresa en una red.

La obra construye una atmósfera conspiranoica: un organismo que parece respirar detrás de cada gesto, como si el teatro funcionara como la interfaz visible de un proceso más profundo. En este marco, la noción clásica de individuo se vuelve insuficiente. Siguiendo a Gilbert Simondon, el sujeto no se define por los límites anatómicos del cuerpo, sino como una organización de información, un operador dentro de un vasto sistema de relaciones.

Reconstruir el cuerpo, entonces, no implica restaurar una unidad perdida, sino asumir su transformación: disgregación, multiplicación, proyección en capas superpuestas. Los cuerpos se expanden más allá de sí mismos y se reconfiguran como nodos de una red de vínculos que tensiona las fronteras de lo humano.

En este paisaje no hay personajes en sentido clásico, sino usuarios: figuras intercambiables, descartables, que traccionan una maquinaria de la que no se puede salir. La pregunta ya no es por una identidad originaria, sino por el estatuto de la existencia en un entorno donde ser equivale a ser visto, codificado, reflejado. La obra despliega así una auténtica máquina de espejos, un loop sin comienzo ni fin.

Las palabras, códigos verbales y genéticos, circulan como flujos de energía líquida que erosionan las clásicas oposiciones: vida y muerte, carne y máquina, realidad y virtualidad. El teatro se expande más allá de la escena y se vuelve un espacio viviente, un laboratorio donde las fronteras entre obra y mundo se disuelven.

Como sostiene Nieder, lo hipervincular no es una invención exclusivamente digital, sino la continuidad histórica de tradiciones subterráneas del arte, del dadaísmo al surrealismo, que anticiparon un presente rizomático, fragmentario y polifónico. En este contexto, existir significa devenir parte de la red: dejar rastros, vibrar en un pulso colectivo, reconstruir el cuerpo como algo nuevo, frágil y mutable.

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