Paula Storni

Matate amor o la lengua animal

Cine

Soy una bestia que respira lento y pesado
que saca el aire al resto

Vi Matate amor, la película dirigida por Linney Ramsay. Había leído también la novela de Ariana Harwicz antes. Sin embargo, mi primer contacto fue con la obra teatral protagonizada por Érica Rivas. No me gusta hacer comparaciones entre las versiones y la “obra original” pero en este caso me resulta inevitable porque los tres productos son claramente una sola obra o versiones que recuperan lo que comúnmente se llama “la esencia” de la primera creación. ¿Qué sería esto? Pienso más que nada en los temas y sentidos recurrentes que buscan sostener los tres productos, más allá de las particularidades y transformaciones de la forma. Por eso recomiendo atravesar las tres experiencias y si no, al menos una de ellas.

Desde el título nos sumergimos en un universo narrado de manera feral y despojada por una joven mujer que se encuentra atravesando la experiencia reciente de la maternidad. La crueldad y el realismo asesino de esa lengua que caracteriza el estilo de Harwicz se conservan en el drama teatral y en el film. Aparece entonces esa voz femenina venenosa que visibiliza la vivencia y el drama de la maternidad desde sus contradicciones hasta el punto de desconocer al otro ser al que se ha dado vida: “¿Quién tiene qué vida? ¿En qué cuerpo estás?“.

En las tres obras, la idealización y los mandatos de maternidad son denunciados a través de esa mirada que señala críticamente las convenciones de ser madre, hasta ridiculizarlas y traducirlas en experiencia real: soledad, incomprensión, rabia, culpa, locura. Sólo algunos de los estados que (también) caracterizan a la maternidad y que aparecen representados en MA a través de una animalidad atroz que seduce e incomoda a los lectores/espectadores.

El niño mira fijamente los pedazos de madera que se quiebran, se desprenden del tronco y caen. El niño mira a su mamá romperse, desmoronarse”/ “Yo que quería parir un hijo no declarado. Sin registro. Sin identidad. Un hijo apátrida, sin fecha de nacimiento ni apellido ni condición social. Un hijo errante. No parido en una sala de partos sino alumbrado en el rincón más oscuro del bosque”. 

La animalidad se presenta desde el inicio escenificada en la lengua materna bruta pero también en el bosque y el campo que funcionan como el fondo ideal de la madre/bestia identificada más con la naturaleza que con la cultura que impone reglas sobre ser buena madre y buena esposa.

“Escondí el cuerpo adentro de la tierra”/ “Disimulémosnos en el paisaje, cubramos nuestra piel de tierra y verde” / “ Me recliné sobre la hierba entre árboles caídos.” 

Imagen de La Nota Tucumán

Retomemos: la lengua animal, la naturaleza como paisaje, y también el cuerpo bruto o en bruto. Cuerpo desnudo, cuerpo que repta, que olfatea, ruge y lame, cuerpo sucio, cuerpo herido y sangriento. Cuerpo movido por el instinto y el deseo. Esta representación es llevada a cabo de manera excepcional tanto por Érica Rivas en las tablas como por Jennifer Lawrence en el film. El deseo en todas sus versiones domina a ese cuerpo materno incomprendido por la cultura, cuerpo enfermo al que los otros buscan curar, corregir y enderezar más que leer y decodificar. El deseo de libertad se combina con el deseo carnal constante que supera al deseo de ser madre y ante la falta de respuesta del hombre, el fuego se apaga con la autosatisfacción y la búsqueda de otro cuerpo que al igual que la protagonista, responde como un cuerpo animal.

“Aparece él. Su maxilar en mi boca. Su ojo en mi culo. Quiero borrarlo con una llamarada, pero no puedo y me dejo llevar por el bálsamo del deseo. Y ni me acuerdo de mi hijo” / “El deseo es una alarma que no puedo desactivar”.

Imagen de La Nota Tucumán

La incomprensión humana ante la realidad de la protagonista desaparece por completo ante las apariciones del ciervo en la noche. El ciervo (caballo en el film) simboliza el deseo y la comunicación empática de ese otro animal por el que la mujer deseante se siente comprendida.

“A cierta hora aparece un ciervo que se me queda mirando de una manera brutal como no me miró nadie nunca. Quisiera abrazarlo, si fuera posible” / “Lo que me salva esta noche y el resto no es para nada el amor de mi hombre y de mi hijo. Lo que me salva, es el ojo dorado del ciervo, mirándome todavía. Él es mi hombre, el que sabe mirar mi tristeza infinita”/ “A mi hombre le falta humanidad, es cierto, pero quién quiere humanidad.”

En síntesis, la fuerza violenta del lenguaje en la novela de Harwicz se mantiene intacta en los otros dos textos y reforzada por otros recursos de manera brutal y poética. Para aquellos que disfrutan del cine, vayan a verla; para los amantes del teatro, esperemos que la obra vuelva a escena local; para los lectores, la novela original. Para los amantes del arte, todas.

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