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“Tribal”: evocación ancestral y ritual de emergencia colectiva

Nina Kovensky y Daniel Leber, ambos artistas bonaerenses y residentes en Ciudad de Buenos Aires, presentaron en el mes de mayo una obra conjunta en el -recientemente inaugurado- recinto cultural independiente “Tøpica”, un proyecto coordinado por Guadalupe Creche y Javier Soria Vázquez, con la colaboración de Carla Grunauer, en San Miguel de Tucumán, cuya finalización será mañana. Festejo de cierre.

Eventualmente (o cada vez más) el arte contemporáneo reviste cruces, viajes, transformaciones, uniones y preguntas que -una vez respondidas- generan nuevas preguntas.

Nina Kovensky y Daniel Leber son pareja y comparten su cotidianidad en un mismo hogar en Ciudad de Buenos Aires, pero Tribal les convoca a más de 1000 kilómetros en Tøpica, un espacio que emerge -y paradójicamente resiste- en San Miguel de Tucumán, para combinarlos en una subterránea construcción de sentido estético, sonoro, colectivo y, entre otras, visual.

Tøpica es fruto de un proyecto compartido entre el artista, curador y escritor cafayeteño (residente en Tucumán) Javier Soria Vázquez y la curadora y escritora salteña, formada en Tucumán y Ciudad de Buenos Aires (y que vive repartida entre las tres ciudades) Guadalupe Creche. A su vez, el proyecto cuenta con la colaboración de la artista tucumana Carla Grunauer (que reside en Buenos Aires). Las experiencias de el y las dos artistas, tanto individuales y colectivas, devienen en poderoso e invaluable acopio que confluye en un diminuto -pero mega centrífugo- espacio circunscripto en la zona céntrica tucumana.

“Es un proyecto mutante, una idea generadora, un cúmulo de deseos que se configura a medida que las cosas ocurren”, sostienen Soria Vázquez y Creche. “Una sala de 9 x 5 metros, ubicada en el subsuelo de una cervecería, es un artilugio que toma cuerpo y adecúa su forma al deseo de quien la habita”, agregan.

Ciertamente, durante las últimas décadas, diversos casos de gestión en artes visuales en la provincia dieron cuenta de que fueron los y las propias artistas quienes se ocuparon de sostener y generar espacios y/o actividades de gestión alrededor de las producciones de esta naturaleza. Un ejemplo reciente de ello es el grupo Lateral, pero, sin tratarse de una sorpresa considerando la fuerte crisis cultural que atraviesa el país, varias gestiones se vieron interrumpidas entre el año 2018 y este, como, por ejemplo, la de Borde Galería. También la gestión de proyectos culturales más amplios y abarcativos de las artes, tales como Charco – espacio experimental y Patio Lorca, cerraron sus puertas. “Nuestro objetivo es propiciar manifestaciones en un momento en que nuestro contexto, históricamente en ebullición, se percibe estancado y silencioso”, señalan Creche y Soria Vázquez.

Este pucará tucumano que recién se eleva “contrae, expande, muta y se adapta a lo que se aproxima”, indican su gestora y gestor. La heterogeneidad, entonces, define al proyecto que les convoca, pero como soporte de prácticas variadas y disímiles. En este sentido, Tribal de Kovensky y Leber materializa la segunda puesta en escena de Tøpica, sin embargo, hay algo (o mucho) de la propuesta que exacerba sus rasgos identirarios.

Por su lado, Daniel Leber dibuja, pinta, tanto lejos como cerca de una figuración equiparable con la ‘realidad’ y construye dispositivos conceptuales interpelando al arte en una suerte de reflexión permanente de autorreferencialidad, pero también sujeto a una cavilación social sostenida desde diversas metáforas y metonimias que emergen a partir de recursos, a veces muy precarios, como el balde sucio de un albañil provisto de un manto de coloridas flores artificiales y un tetra abierto vomitándole su propio vino.

Leber tradujo el trabajo realizado en soportes pequeños, como el de sus cuadernos cotidianos de dibujo, a la escala de una pared de más de dos metros de alto. Pero, lo hizo con una decisión estética similar a la que propuso en trabajos anteriores, como Detox (2018). Así, Leber le dio vida a un sinfín de personajes homogéneos y sencillos, vinculados entre sí en una suerte de comunidad que adquiere visibilidad al pasar por una disección que evoca al antiguo Egipto. En ella, el artista construye diversas escenas de la vida cotidiana, donde, eventualmente, una serie de destellos interrumpen su vorágine remitiendo a un talismán o artilugio milenario de redención en medio de un caos resguardado por el sol y la luna.

Al colectivo de palotes se suma Nina Kovensky (que viene de publicar Pantano Resplandeciente), una artista que produce desde lo relacional; une, liga, asocia, ata, enlaza y fusiona desde diferentes soportes y dispositivos. Entre ellos se pueden apreciar recursos que van desde lo plástico y performático, la fotografía y audiovisuales, poesías y relatos literarios, hasta gastronómicos. A su vez, la experimentación resuena como constante de operaciones, mezclándose con capitales menos académicos como la nostalgia, la memoria y el afecto, porque, incluso, Kovensky visita su propia historia permanentemente para ponerla en relación con su entorno actual.

Nina encendió un fuego en el centro de la comunidad de palotes e invita al público presente a decir algo: “podés leer o recitar un poema, un microrrelato, cantar una canción, lo que vos quieras”, le indica a una espectadora de Tribal. Así comienza, entonces, Micrófono abierto; una ceremonia y una práctica que parece evocar al homo hábilis.

Un centro de fuego, calor y luz organiza y ordena una ronda integrada por todos y todas las presentes, y un micrófono, que circula por lista, reproduce palabras variadas y sensibles, pero, sobre todo, teñidas de un deseo de manifestación voluntaria de lo que se quiere decir, con la garantía de que serán escuchadas. Las voces no paran de sumarse, los espacios culturales independientes de San Miguel de Tucumán cierran sus puertas y el micrófono de Nina se vuelve bálsamo, comunión y bocanada de alivio para dar cuerpo a un potente cadáver exquisito semántico, poético, sonoro y literario.

“Nos pareció que invitar a dos artistas de otra ciudad con la propuesta de una caverna mural y el micrófono abierto iba a potenciar la premisa que tenemos de que el sótano sea, ante todo, un lugar de encuentro”, señala Guadalupe Creche. “Daniel Leber ha dibujado un fuego que Nina Kovensky ha encendido”, concluye Javier Soria Vázquez.

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Fotografía destacada: Javier Soria Vázquez

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