Lourdes Avellaneda

Mujeres que sostienen mujeres: la red invisible de cuidado que crece en Tucumán

Tucumán

En los hogares de la red de Hogares de Cristo en Tucumán, mujeres que atravesaron consumos problemáticos, situaciones de calle o profundas vulnerabilidades reconstruyen su vida a partir de algo tan simple como poderoso: el cuidado entre ellas. Entre mates, rondas de escucha y acompañamiento cotidiano, se teje una red afectiva donde muchas encuentran, por primera vez en mucho tiempo, un lugar para volver a empezar.

En un momento de nuestro encuentro le dije a Nadia, una de las voluntarias, casi en tono de observación: “Estás maternando, prácticamente”. Ella sonrió, como si la frase describiera algo que ya era evidente para todas las presentes.

La idea volvió a aparecer horas después, en otro hogar.  En la ronda de presentación que seguíamos, una de las residentes me miró a los ojos y dijo algo que parecía parte natural de su identidad: “Marce es como mi mamá”. Marce no es su madre biológica. Es otra residente. Pero en ese gesto simple se revelaba el vínculo profundo que las unía. En los albergues para mujeres de la red de Hogares de Cristo, reconstruyen su identidad a partir del cuidado compartido.

Imagen de La Nota Tucumán

En estos espacios conviven mujeres que atraviesan situaciones de calle, procesos de recuperación de consumos problemáticos o momentos de profunda vulnerabilidad. Más allá de los dispositivos institucionales o la asistencia profesional, aparece una red afectiva que se teje día a día: mujeres que escuchan, acompañan y, muchas veces, maternan a otras mujeres. “Cuando una no viene, nos preocupamos todas, porque no sabemos donde está“, relatan Marce y Agus.

La dimensión emocional de estos espacios no es menor si se observa el contexto. En Argentina, distintos relevamientos muestran que la situación de calle está profundamente atravesada por la salud mental. En el caso de las mujeres, el fenómeno suele ser casi invisible. Según datos del Censo Nacional 2022, alrededor de una de cada cinco personas en situación de calle en Argentina es mujer. Sin embargo, especialistas advierten que el número real podría ser mayor: muchas evitan dormir en la vía pública por miedo a la violencia o a agresiones sexuales y recurren a refugios temporarios, casas prestadas o redes informales de cuidado. Por eso, estudios hablan de un “sinhogarismo femenino oculto”, donde la exclusión se vive muchas veces puertas adentro, sostenida por vínculos precarios y trayectorias marcadas por la violencia, la pobreza y los problemas de salud mental.

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En los hogares que visitamos, el cuidado no aparece solamente como una política social o un dispositivo institucional, sino también como una práctica que se construye entre ellas. Compartir un mate, preguntar cómo durmió la otra, acompañar un momento difícil o simplemente escuchar sin juzgar. En esas escenas simples se va tejiendo una forma de sostén que muchas describen con palabras concretas. Así, al relatar un día en sus vidas, las residentes del Albergue Padre Melitón cuentan que ingresan a las 20 hs, cenan juntas, duermen y desayunan allí, para luego durante el día transitar por otro Hogar, el María Belén, ir a clases, estudiar, hacer radio y si les queda tiempo libre pasar por El Provincial para tomar unos mates. Están todo el día juntas, les digo. Se ríen. “Siempre pensamos solo por hoy”. Una filosofía tomada de Narcóticos Anónimos que propone concentrarse en el presente y sostener los cambios paso a paso, sin abrumarse con la idea de un futuro entero por resolver.

En el hogar Santa Josefina Bakhita, el cuidado adquiere forma de rol, cuando una de las residentes progresa en su proceso, se le permite “acompañar el tránsito” de otras, de un modo serio, pudiendo salir a espacios compartidos, controles médicos de rutina o esparcimiento. “¿Quién mejor que ellas para reconocerse y acompañar? Las que nunca hemos consumido no comprendemos cosas que ellas sí”, cuenta Pamela Catan, coordinadora general de los 11 albergues que hay en Tucumán que pertenecen a la red de Hogares de Cristo.  Las egresadas se convierten en tutoras pares, con posibilidad de ingresar a una cooperativa y recibir una remuneración a cambio de sus labores. El Hogar ofrece esa opción, un hilo rojo que sostiene incluso cuando la vida comienza a ser linda de nuevo. 

Desde las ciencias sociales, estos vínculos suelen describirse como estrategias comunitarias de cuidado. El concepto refiere a formas de apoyo que nacen dentro de los propios grupos que atraviesan situaciones de vulnerabilidad: redes informales donde el sostén emocional, la escucha y la presencia cotidiana se vuelven herramientas fundamentales para atravesar momentos críticos. En el caso de las mujeres, lejos de ser gestos aislados, estas prácticas conforman una forma colectiva de resistencia y supervivencia que, aunque pocas veces aparece en las estadísticas, resulta central para que muchas mujeres puedan volver a empezar.

Agus es de Concepción, tiene 21 años y habla con firmeza, con una claridad que invita a escucharla y una definición sin duda: “Acá siento lo que no sentía en mi casa. Me dejo ayudar. Tengo casa, pero mi lugar es este. Me di cuenta de que sola no puedo. Me cuesta hablar, pero mi cuerpo me pide hablar y acá puedo: siempre alguna me escucha”. Agus también describe algo que aparece repetidamente en estos espacios: la construcción de una familia elegida: “Mi familia es ésta”. Cuando lo dice, miro los rostros de todas, consienten y sonríen. 

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En el mes de la Mujer, queremos reivindicar esta lucha casi invisible y puertas adentro que llevan a cabo decenas de mujeres que salvan vidas de otras, como voluntarias, nocheras, acompañantes, tutoras pares, cooperativistas. En un contexto donde la exclusión muchas veces empuja al silencio, estos hogares muestran otra posibilidad que sí funciona, mujeres que atravesando sus propias batallas encuentran fuerzas para sostener a otras. Como dice Rita Segato: “las mujeres sabemos que la supervivencia es siempre colectiva”. Aquí nadie se salva sola. 

Tal vez de eso se trate empezar de nuevo, de encontrar otra mujer que te sostenga la mano y te recuerde que alcanza para seguir adelante, para volver a intentarlo, pero juntas, aunque sea solo por hoy. 

El trabajo que sostienen estos hogares depende en gran parte de la solidaridad de la comunidad. Quienes deseen colaborar pueden hacerlo con donaciones de alimentos no perecederos, ropa de abrigo, productos de higiene personal o aportes económicos que permitan sostener el funcionamiento cotidiano de los espacios. También es posible sumarse como voluntarias o voluntarios para acompañar distintas actividades. Para más información o para coordinar donaciones, se puede contactar a la red de Hogares de Cristo Tucumán a través de sus redes sociales o acercarse a cualquiera de los hogares que funcionan en la provincia.

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