Paula Storni

La Virgen de la Tosquera: El terror y (a) la otredad

Cine

Si no alteramos la percepción va a ser difícil mirar cuánta gente hay en la calle, va a ser difícil entender qué significa el progreso.
L. M

A propósito de lo que señala Lucrecia Martel respecto a las potentes posibilidades del cine para alterar la percepción desde la imagen y el sonido, retomé una reflexión sobre la última película argentina que vi esta semana en el cine. La Virgen de la Tosquera dirigida por Laura Casabé, nace de la fusión de dos relatos de Mariana Enriquez: “El carrito” y el cuento que le da nombre a la película, ambos reunidos en Los peligros de fumar en la cama.

Dado que el film está dando mucho que hablar y ha tenido muy buena recepción en festivales, la crítica y el público en general, proliferan los artículos sobre el mismo. De modo que lo que presento aquí no pretende ser una crítica cinematográfica que profundiza sobre la pertenencia del film al llamado nuevo gótico latinoamericano. Sobre el tema circulan ya acercamientos y lecturas muy acertados y de nivel. 

Si bien las posibles entradas alternativas para el análisis son numerosas, este escrito breve parte de una mirada personal y busca ser un aporte para la reflexión sobre dos temas que particularmente me interesan y que considero pertinentes para pensar la película como una herramienta útil para eso que Martel llama alterar nuestra percepción o, dicho de otro modo, (re) educar nuestra habitual manera de mirar la realidad. Me refiero aquí específicamente a esta posibilidad desde dos cuestiones que constituyen parte de mi interés desde hace ya varios años: por un lado, la de las prácticas de las culturas juveniles centrada en este caso en la experiencia de la adolescencia femenina de jóvenes de clase media y, por otro, la presencia de elementos propios de las configuraciones de la cultura popular. 

El primer eje se desarrolla en una atmósfera muy propia de los relatos de Mariana Enriquez, muy bien lograda en la versión fílmica. La convivencia entre ambos tópicos (cultura juvenil y cultura popular) se construye en el film desde el cruce entre un realismo social contemporáneo centrado en los sectores populares del conurbano bonaerense y la presencia de lo extraño y el terror, que desde el análisis de la crítica se identifica con lo fantástico pero que en esta lectura personal prefiero examinar como parte mi interés: el de las prácticas y discursos de la cultura popular o lo que comúnmente llamamos “lo popular”.

En relación al primer eje, la construcción de eso que llamo experiencia juvenil de mujeres se realiza desde el plano argumental: la historia de tres jóvenes adolescentes amigas que ven peligrar la relación con su amigo Diego, a partir de la aparición de la recién llegada Silvia a su grupo de amigos. Silvia, joven de más edad y con mayor experiencia capta la atención del amigo y seduce al chico que “les pertenece”. Aparecen en el desarrollo de la trama los tópicos que caracterizan a la vivencia adolescente de mujeres: el cuerpo mutado en cuerpo de mujer, el cuerpo encendido en deseo constante, la referencia recurrente a la iniciación y la obsesión/mandato por la pérdida de la virginidad, la pertenencia casi sectaria a un grupo de amigas mujeres con el que se comparten reglas y códigos de convivencia más o menos explicitados, los gustos musicales, las salidas, la intensidad y el dramatismo en la construcción de los lazos amistosos y afectivos, etc.

La reconstrucción de esta experiencia juvenil está históricamente situada: Argentina, plena crisis de 2001, los primeros acercamientos a las redes sociales con los chats del ICQ, los cybers como territorios propios de juventudes de sectores populares, los recitales de bandas en clubes o antros populares y el barrio. Todos elementos que constituyen las contextualidades radicales que moldean un modo histórico particular de ser joven, una experiencia de lo juvenil que comparto con Mariana Enriquez y muchas otras mujeres de mi generación, claro. 

El tópico de la sexualidad y sensualidad adolescente muy bien logrados en la película, se asienta especialmente en el cuento “La Virgen de la Tosquera”. 

“El carrito”, en cambio, ingresa en la pantalla no tanto a nivel argumental sino que ingresa a la historia como ingrediente que colabora en la reconstrucción de la atmósfera inquietante y opresiva del relato. El calor agobiante, la podredumbre, un olor nauseabundo que lo invade todo y la presencia de un otro que incomoda y provoca miedo, asco y terror. Este segundo cuento,  acerca aún más al espectador a los códigos, valores y creencias del universo de lo popular. El barrio y la cuadra como territorio de un nosotros conocido, la vecindad, el chisme. 

Imagen de La Nota Tucumán

Como espectadores asistimos a la reacción de rechazo y violencia que se produce con la entrada de un otro externo, un outsider al que se teme porque encarna la amenaza al orden dado y, como consecuencia, la pérdida de la seguridad que otorga un orden dado y conocido del mundo. 

Volvamos sobre las coincidencias: en un plano, la historia de la nueva integrante que roba al amigo deseado; en otro, el indigente que ensucia (simbólica y literalmente) la cuadra y amenaza destruir/ invertir todo con su maldición. En ambos casos, la presencia de una otredad desencadena el odio y la violencia de los monstruos: una bella joven, Natalia (una Carrie del conurbano bonaerense), y los vecinos. En el primer caso, la violencia directa materializada en los cuerpos; en el otro, el odio transformado en fuerzas sobrenaturales vinculadas a la superstición y lo sobrenatural: “un trabajo” de sangre para conservar lo que se cree propio, el pedido/pacto de la protagonista  a la Virgen de la Tosquera. 

La tensión que atraviesa todo el film reside en la convivencia de lo real y lo cotidiano con lo sobrenatural al mejor estilo Stephen King (a quien Enriquez señala como uno de sus padres literarios) sólo que el terror se destapa aquí a partir de la presencia de unos otros reales, de carne y hueso.

Imagen de La Nota Tucumán

La película entra en diálogo, desde mi punto de vista, con la estética  de otras producciones de Lucrecia Martel en la forma de construcción de esa experiencia juvenil y el mundo familiar y en el modo particular de presentar los cuerpos. Pienso especialmente en algunas escenas y planos de La niña santa y La Ciénaga. 

Intencionalmente o no, La Virgen de la tosquera conecta con Martel y aporta de manera muy lograda a ese desafío de con-mover para alterar la percepción y hacernos mirar/ver lo que no siempre miramos. Alterar la percepción diría Martel; educar la mirada, digo yo. 

Vayan a verla.

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