En camino hacia el Oscar 2026
Además de El agente secreto y de Valor sentimental, candidatas también en la categoría “Mejor Película Internacional”, las nominaciones a “Mejor Película” incluyen un fenómeno como el de Pecadores, que reúne nada menos que 16 nominaciones, seguida por Una batalla tras otra con 13. Con sus fortalezas y flaquezas, estos dos filmes no van más allá del sobredimensionamiento, mientras una realización pequeña, de gran belleza formal, solidez narrativa y potencia dramática como Sueños de trenes asoma apenas como una de las candidaturas más dignas.
Les dejamos aquí las reseñas críticas de las nominadas. Por Pedro Arturo Gómez
BUGONIA
(Yorgos Lanthimos, 2025)
Remake del film surcoreano Save the Green Planet! (Jang Joon-hwan, 2003), esta nueva realización del siempre disruptivo director de Canino (2009) y Pobres criaturas (2023) toma su título de una antigua creencia grecorromana, según la cual las abejas nacen de la carne putrefacta de un buey muerto. Con abejas en primeros planos se abre y se cierra este relato en el que un muchacho de la clase trabajadora (Jesse Plemons), dedicado a la apicultura en su tiempo libre, secuestra con la ayuda de su primo neurodivergente (Aiden Delbis) a la afamada CEO de una empresa farmacéutica (Emma Stone), convencido de que ella pertenece a una raza extraterrestre dedicada a la expoliación de nuestro planeta. El secuestrador tiene prisionera en el sótano de su casa a la supuesta alienígena, de quien pretende que se contacte con su nave nodriza para convencer a su emperador de dejar en paz a la Tierra, aprovechando un inminente eclipse que favorecería la operación. Comedia de sombría acidez, mixtura de realismo sucio, thriller conspiranoico y ciencia ficción dislocada, con pizcas de surrealismo, se vale del histrionismo crispado, de un intercambio verbal en ascendente tensión y del estallido de la violencia física hasta la crueldad extrema, para trazar una alegoría grotesca de la lucha de clases donde la diferenciación entre víctimas y victimarios se desdibuja todo el tiempo. Lanthimos usa como principales herramientas una narración de abrasiva ambigüedad, junto con uso expresionista del encuadre y el color puesto de manifiesto sobre todo en el tratamiento de los rostros. Tras la aceleración febril del ritmo narrativo en el tramo final de la película, el desenlace se precipita en un giro que elimina el tenor ambiguo para ir a dar a un cierre tan pesimista como simplista. Quizá las abejas puedan generarse a partir de otro tipo de descomposición, pero la metáfora resulta más forzada que convincente. Candidata al Oscar 2026 en las categorías de “Mejor Película”, “Mejor Actriz Protagonista” (séptima nominación de Emma Stone, todo un record), “Mejor Guion Adaptado” y “Mejor Banda Sonora” (compuesta por Jerskin Fendrix).
EL AGENTE SECRETO
(Kleber Mendonça Filho, 2025)
Brasil, 1977, dictadura militar, carnaval. Marcelo (Wagner Moura) –ingeniero, docente y científico universitario- ha caído en desgracia ante un ministro corrupto que pretende apoderarse de su proyecto de investigación y se ve obligado a huir, perseguido por un par de matones contratados por el funcionario. Con el objetivo de salir del país, llega a Recife y ahí se aloja en una casa de refugiados opositores al régimen dictatorial, bajo el tierno y enérgico amparo de una anciana, Doña Sebastiana (entrañable actuación de Tânia Maria), adoptando una identidad falsa. Mientras espera la oportunidad para escapar hacia el exterior, consigue trabajo en un centro estatal de emisión de documentos de identidad, lugar donde busca también información acerca de su madre, hasta que se produce la llegada de los sicarios que lo asedian. La nueva película del director de Acuarius (2016) y Bacurau (2019) reafirma la radical particularidad de su estilo autoral, con una combinación febril de thriller persecutorio, mordaz crítica sociopolítica y comedia costumbrista con toques de grotesco, mixtura inyectada de una cinefilia que rinde apasionado homenaje a las salas cinematográficas del pasado, a clásicos del terror de los años ’70 como Tiburón (Steven Spielberg, 1975) y La profecía (Richard Donner, 1976), y a un cine bizarro que incorpora en ráfagas delirantes la leyenda urbana de “la pierna peluda”, muy popular en el Pernambuco de la época. A pesar del título, no se trata de una historia de espionaje, pero sí de un relato inmerso en la atmósfera paranoica característica del género de espías, asistido por una puesta en escena prodigiosa que recrea con precisión el aire icónico de esa década, al igual que ocurría en la multipremiada Aún estoy aquí (Walter Salles, 2024), pero esta vez transfigurando el realismo mediante la notoriedad del artificio estético. La violencia explota con arrebato digno de western espagueti a lo Sergio Leone (la variopinta banda de sonido incluye a Ennio Morricone), o de corporalidad estallada a lo John Carpenter. Hay también algún eco -tanto argumental como visual- de El pasajero (1975), aquella película de Michelangelo Antonioni que también partía de la adopción de una falsa identidad, juego de duplicidad aludido con juguetona ironía en el hecho de que Marcelo trabaja en un Departamento de Identificación portando un nombre falso, mientras le gestionan un pasaporte fraguado, y también a través de la insólita metáfora de un gato con dos caras. En este friso pesadillesco, un sólido pilar es la tensa y sobria melancolía con que Wagner Moura construye su personaje, cualidad que le valió varios premios, entre ellos el de Mejor Actor en el Festival de Cannes 2025. El elíptico desenlace del film se prolonga en un epílogo que destila los claroscuros de la memoria histórica proyectada sobre las historias de vida particulares. Nominada en los Oscar 2026 a “Mejor Película”, “Mejor Película Extranjera” y “Mejor Actor Protagónico”.
F1
(Joseph Kosinski, 2025)
Es innegable la habilidad con la que el cine de ficción hollywoodense maneja uno de sus inventos genéricos más característicos: la película de deporte, en particular la representación fílmica de la mística y la épica deportiva. En el podio de las más destacadas producciones sobre competencias automovilísticas –donde se hallan clásicos como Gran Prix (John Frankenheimer, 1966) y Las 24 horas de Le Mans (Lee H. Katzin, 1971), junto con las más recientes Días de trueno (Tony Scott, 1990), Rush (Ron Howard, 2013) y Ford y Ferrari (James Mangold, 2019)- se suma ahora esta notable realización del director de Top Gun: Maverick (2022), protagonizada por un sólido Brad Pitt (cada vez más parecido al Robert Redford entrado en años) y un estupendo Javier Bardem, a la par del magnetismo de Damson Idris y Kerry Condon. Filmada con deslumbrante destreza técnica, se trata de un relato que no va más allá del espectáculo electrizante, pero que cumple con entregar una narración eficaz y cautivante a la hora de administrar con precisión los ingredientes y clichés de este tipo de historias: la pasión competitiva, el choque entre el experimentado veterano que acarrea algún trauma con el arrogante novato y el traspaso generacional de un aprendizaje. No hay aquí innovación creativa, sino la persistencia de la máquina de contar historias del cine industrial estadounidense en su mejor estado recargado, razón por la cual el entretenimiento más atrapante está garantizado. A las cualidades y emociones del film se integra otra de esas magníficas partituras compuestas por Hans Zimmer, esta vez ignorada en la temporada de premiaciones. Candidata al Oscar 2026 en las categorías “Mejor Película”, “Sonido”, “Montaje” y “Efectos Visuales”.
FRANKENSTEIN
(Guillermo del Toro, 2025)
Frankenstein, el moderno Prometeo, la novela de Mary Shelley publicada en 1818, cuando su autora contaba apenas con 18 años, es una obra que no deja de alentar el interrogante de por qué, más de dos siglos después, continúa fascinando a cineastas y público. Manifestación insignia de la literatura gótica, es probable que su vigencia se deba a que toca temas fundamentales de lo humano, como los límites morales de la ciencia, la reacción ante una otredad radicalmente diferente, y la relación entre la creación y su creador, asuntos que son capitales para el género fantástico y la ciencia ficción. Popularizada en la cultura de masas por el cine, la criatura creada por el joven estudiante de medicina Victor Frankenstein -quien daría lugar a su vez a la figura del “científico loco”- es un personaje que no cesa de volver, materialización simbólica de las fuerzas que hacen tambalear el orden establecido como lo “normal”. En la extensa presencia cinematográfica de esta historia, le ha llegado el turno al realizador de El laberinto del fauno (2006), todo un especialista en la materia, después de haber acariciado el proyecto durante años. Con las inevitables licencias de toda adaptación, este Frankenstein no perdurará como la versión más fiel ni la más imaginativa –para vuelo imaginativo están, además de las películas clásicas de James Whale, las parodias elaboradas en El joven Frankenstein (Mel Brooks, 1974) y The Rocky Horror Picture Show (Jim Sharman, 1975)- sino más bien como una de esas producciones con cierto lustre de puesta en escena y subrayado melodramático, en la línea de Mary Shelley’s Frankenstein, de Kenneth Branagh (1994). Personificada en este caso por Jacob Elordi, la criatura del Dr. Frankenstein se acerca a la descripción que aparece en el libro original, pero en su trágica y grotesca bonhomía pertenece más a la galería de monstruos tallados por Guillermo del Toro, sin la oscuridad del original, aunque se mantiene la potente interpelación al creador cierto que dentro de un esquema de paternidad disfuncional.
El relato transita aderezado por el acostumbrado barroquismo de Del Toro, con algún tropiezo debido al uso de imágenes generadas por efectos digitales poco convincentes, en un giro narrativo también cuestionable protagonizado por lobos. Si de seres artificiales se trata, Del Toro tuvo mejores resultados con su Pinocho (2022). Una de esas candidatas sobredimensionadas al Oscar 2026, reúne 9 nominaciones, entre las que sobresalen las categorías de “Mejor Película”, “Mejor Actor de Reparto”, “Mejor Guion Adaptado”, “Mejor Fotografía” y “Mejor Banda Sonora” (Alexandre Desplat).
HAMNET
(Chloé Zhao, 2025)
Basado en la novela homónima de la escritora británica Maggie O’Farrell, este film realizado por la directora de la multipremiada Nomadland (2020) gira en torno de la muerte a los 11 años del hijo de William Shakespeare, a fines del siglo XVI, en la villa de Stratford; pero la principal protagonista de la historia es la madre del niño, Agnes, interpretada por una descomunal Jessie Buckley. Tal como aparece en la apertura de la película, ovillada en el hueco de las enormes raíces de un árbol, ella es una mujer unida al bosque, ese lugar vivo de misterios y transformaciones, un ser que trasciende el orden mundano, dueña de un profundo conocimiento sobre las propiedades de hierbas y plantas, y también de un don de clarividencia que le permite saber acerca de las personas con sólo tocarlas, además de asomarse a difusas visiones del porvenir. Una mujer que provoca inquietud y recelo a su alrededor, una especie de hechicera que camina llevando en su brazo un halcón, a quien –no obstante- los pobladores del entorno acuden en búsqueda de alivio para sus dolencias y enfermedades. El amor la une a un joven profesor de latín que, tiempo después, legaría a ser considerado el mayor dramaturgo y poeta de la literatura universal. Tras casarse, tienen tres hijos: Susanna, la mayor, y los gemelos Hamnet y Judith. Mientras el marido se construye una próspera carrera teatral en Londres, la peste le arrebata a su pequeño hijo. El relato es un viaje a la espesura del dolor, un descenso a las tinieblas de un duelo desgarrador, presagiado por la leyenda de Orfeo y Eurídice que William le había narrado en uno de sus primeros encuentros. Él hace de esa pérdida devastadora los cimientos para elevar una de sus máximas creaciones, la tragedia de Hamlet. Ella, al presenciar la primera representación de la obra, alcanzará una revelación. El film hace andar con sombría y exquisita belleza una potente elegía que conmueve hasta quitar el aliento, sin caer en la explotación sentimental, depositando su fuerza en la poderosa hondura con que Jessie Buckley encarna su personaje. Junto a ella, se lucen el siempre sólido Paul Mescal como Shakespeare y un sorprendente Jacobi Jupe como Hamnet. A partir del guion coescrito por la directora y la autora de la novela original, la película pone en diálogo la historia que relata con la Tragedia de Hamlet, en un contrapunto de mayor tenor que el que aparece en el libro. Esta conexión halla una imaginativa expresión visual en el diseño de ciertos planos, con una posición frontal de la cámara que recrea la mirada situada al borde de un escenario de teatro. Es cierto –como apuntó con gesto antojadizo un encumbrado crítico en una red social- que se observan algunas desprolijidades en unos cuantos encuadres, pocos, pero no llega a ser algo que lesione la consistencia estética del film. Los abismos de la pena, el extravío en lo perdido y el arte como una senda de sentido frente a la oquedad donde converge lo que nace y lo que muere. Tras haber obtenido numerosos premios., reúne 8 nominaciones al Oscar 2026, entre las que se encuentran las categorías de “Mejor Película”, “Mejor Dirección”, “Mejor Actriz Protagónica”, “Mejor Guion Adaptado” y “Mejor Banda Sonora” (compuesta por Max Richter).
MARTY SUPREME
(Josh Safdie, 2025)
¿Qué decir acerca de esta picaresca acelerada acerca de un joven jugador de ping pong dispuesto a todo (cualquier cosa, sea lo que sea) para catapultar su carrera deportiva? A ver… Se me ocurre referirme a un recurso narrativo inventado por Alfred Hitchcock, el “MacGuffin”, un artificio (objeto, evento o personaje) cuya única función en un film es traccionar la acción, empujándola o arrastrándola, un elemento sin mayor relevancia que su papel de mero catalizador. Bueno, diré entonces que Marty Supreme es -si alguna innovación trae consigo- el primer film donde la totalidad de la historia narrada es un inmenso e inmensamente atropellado MacGuffin, y nada más que eso, de ningún modo la reinvención del género cinematográfico deportivo. Si el frenesí fuera una virtud, sería un producto virtuosísimo. También es inmensa la actuación de Timothée Chalamet, eso sí, hace lo que puede (y es mucho, muchísimo) para sobrellevar tanta agitación superlativa, dándole con gran destreza a la pelotita del tenis de mesa. De a ratos aparece Gwyneth Paltrow, totalmente desaprovechada (como suele decirse), que junto con Odessa A’zion hacen de patéticas féminas utilizadas sin más por la figura principal. Además, anda por ahí Abel Ferrara -quien tuvo alguna época dorada como realizador- en modo enajenado (que le sienta a medida). Todo lo demás una retahíla desenfrenada de peripecias cuyo abrumador efecto no es otro que el de la acumulación hiperbólica, como si todo este encadenamiento febril de situaciones cada vez más alejadas de la verosimilitud fuera el resultado del brainstorming de un puñado de guionistas en estado psicotrópico. En su aceleración descabellada, esta ocurrencia audiovisual parece una versión recargada de Una batalla tras otra, aunque la película tarantinesca de Paul Thomas Anderson cuenta con algo más que frenesí. Otra de las multinominadas para los Oscar 2026, es candidata en 9 categorías, entre las que se destacan “Mejor Película”, “Mejor Director”, “Mejor Actor Protagónico”, “Mejor Guion Original”, “Mejor Fotografía” y “Mejor Montaje”.
PECADORES / SINNERS
(Ryan Coogler, 2025)
El destacado director de Black Panther (2018) y Wakanda Forever (2022), construye un relato de época que articula épica musical, aires de western y gótico sureño, una vibrante celebración del blues con un giro hacia una de las zonas más emblemáticas del terror fantástico. A comienzos de la década de 1930, durante la Gran Depresión, en una comunidad del Delta del Mississippi, los gemelos afroamericanos Smoke y Satck Moore (ambos interpretados por Michael B. Moore), se asocian con su primo Sammie, poseedor de un talento extraordinario con la guitarra, para convertir un granero desocupado en un “Juke Joint”, un local para el placer de la música blusera, el baile y las bebidas espirituosas. La noche de la apertura, que congrega a la población negra del lugar, el furor de la celebración es interrumpido por una visita inesperada: una banda de vampiros caucásicos, portadores de instrumentos musicales y de su característica sed insaciable. A la irrupción de los no-muertos con su música y algo más, se suma luego el ataque de un grupo del Ku Klux Klan. El salto hacia lo fantástico está preanunciado en la referencia que se hace en el inicio de la película a las leyendas sobre personas con el don de hacer música tan genuina que puede rasgar el velo entre la vida y la muerte, convocando espíritus del pasado y del futuro. Esta alusión anticipa también la secuencia más sorprendente del film por la fuerza de su imaginación creadora: en medio del festejo de inauguración del Juke Joint, en una erupción de realismo mágico, la música abre una especie de dimensión transtemporal en la que se suceden diversos géneros y manifestaciones musicales nutridas por el blues, incluyendo el hip hop, el rock y hasta un DJ con sus mezclas. A continuación, el enfrentamiento con las criaturas de la noche que interpretan temas folk de raíces escocesas e irlandesas resulta una alegoría del colonialismo musical blanco que se cierne sobre la música de la cultura negra. Con sus abruptas variaciones de tono y contenido, el film logra elevar un potente mundo musical simbólico entramado con la acción, el terror y el retrato de un momento histórico. Además de la evidente influencia de películas como Del crepúsculo al amanecer (Robert Rodríguez, 1996) y Near Dark (Kathryn Bigelow, 1987), un ingrediente fundamental es la espléndida banda de sonido compuesta por Ludwig Goransson, que reúne además un fascinante repertorio tradicional del blues y el folk. Las 16 nominaciones en los Oscar 2026 que la convierten en la película más nominada de todos los tiempos quizá sean algo excesivo, para un pastiche de notable vuelo creativo y consistencia narrativa cuyo aspecto más sobresaliente es ser una imaginativa oda al acervo musical afroamericano. Entre sus candidaturas al Premio de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas se destacan las categorías de “Mejor Película”, “Mejor Dirección”, “Mejor Actor Protagónico” (Michael B. Jordan), “Mejor Actriz de Reparto” (Wunmi Mosaku), “Mejor Actor de Reparto” (Delroy Lindo), “Mejor Guion Original”, “Mejor Fotografía” y “Mejor Banda Sonora”.
SUEÑOS DE TRENES
(Clint Bentley, 2025)
Basada en la novela del escritor estadounidense Denis Johnson, finalista del Premio Pulitzar, este film del muy interesante director y guionista de Jockey (2021) y Las vidas de Sing Sing (2023), narra la trágica vida de un leñador que trabaja en la construcción del tendido ferroviario, en la región limítrofe entre Idaho y Canadá, durante las primeras décadas del siglo XX. Mientras la novela de Johnson entraña una perspectiva política que problematiza la mitología fundacional de EE.UU como nación, mediante la desestabilización de las historias de frontera trazadas sobre el esquema civilización – barbarie, el filme de Bentley tiene como eje un sentido existencial ecológico, aunque mantiene del original literario –junto con el quiebre de la linealidad temporal- algunos elementos de crítica sociopolítica, como las referencias al racismo y a la frontera como línea de tensión entre la separación y la hibridación, con una mirada etnográfica sobre el mundo de vida de los leñadores en el frondoso corazón de los bosques. En contrapunto con el drama de una existencia personal barrida por el dolor de la pérdida, transcurre el choque entre el avance humano y la naturaleza, representado con un hálito visual que recuerda la estética de Terence Malick, a través de la exquisita fotografía de Adolpho Veloso. La profunda reconcentración del trabajo actoral de Joel Edgerton, en su interpretación de un personaje golpeado por la tragedia, es la principal corriente de este relato que fluye como un río de tristeza y belleza. Nominada a “Mejor Película”, “Mejor Fotografía” y “Mejor Guion Adaptado” en los Oscar 2026.
UNA BATALLA TRAS OTRA
(Paul Thomas Anderson, 2025)
Después de su versión fílmica de Inherent Vice –Vicio propio (2014)- el renombrado realizador de Magnolia (1999), Petróleo sangriento (2007) y El hilo fantasma (2017) (entre otras destacadas películas), vuelve a la obra de Thomas Pynchon para llevar al cine esta vez su novela de 1990, Vineland. La historia de los vestigios de un grupo revolucionario de los años ’60 en los EE. UU. de la era Reagan narrada en el libro, es trasladada a una actualidad impregnada por la atmósfera del retorno al poder de Donald Trump. Leonardo Di Caprio personifica a Bob, ex integrante de una célula de activismo subversivo, estancado en atavismos contraculturales de entrecasa y en una relación disfuncional con su hija adolescente Willa (Chase Infiniti). La madre de la chica, Perfidia (un nombre sugestivo) interpretada por Teyana Taylor, fue una militante de gran bravura que en una misión de la agrupación activista donde era compañera de Bob había capturado y humillado al coronel Lockjaw (Sean Penn, en uno de los desempeños más inspirados de su carrera). Tiempo después, este militar -personaje deleznable de retorcido y extremo reaccionarismo, vinculado con organizaciones secretas de supremacistas blancos- obsesionado sexualmente con Perfidia y con el enigma de un vínculo de sangre, se encarniza en perseguir a Willa. Arrastrado por este hostigamiento, Bob se arroja a la acción para proteger a su hija, con la ayuda de un carismático instructor de artes marciales, el ultra cool Sergio (extraordinario Benicio del Toro), también activista protector de inmigrantes indocumentados. En su prolongada extensión, el film se ve como lo más cerca del excéntrico dinamismo de un Tarantino que puede llegar a estar el siempre polimorfo Paul Thomas Anderson. Las peripecias se encadenan algunas con frenesí de dibujo animado, como la desopilante huida de Bob en bata, y otras trazadas al compás de una coreografía visual de estilizado suspenso, como la deslumbrante persecución automovilística final a lo largo de las lomadas de una sinuosa carretera. En su intensidad de comedia dramática desatada, el tono del relato puede hacer ruido de a ratos cuando bordea el arrebato caricaturesco, pero esto no llega a consumir el volumen humano de los personajes, sostenido por un vigoroso desempeño actoral, donde sobresale un Di Caprio cuyo despliegue contiene ecos del explosivo histrionismo demostrado en El lobo de Wall Street (Martin Scorsese, 2013). Acompaña con su acostumbrado virtuosismo la música original compuesta por Jonny Greenwood (integrante de Radiohead), colaborador habitual del director. Es probable que en este relato el afán de las luchas de contra-poder quede reducido a restos vertidos en una urna de tribulaciones dislocadas, pero en sus mejores momentos resulta una oportuna sátira de los fermentos más oscuros del American Way of Life, agitados ahora por la prepotencia de Trump. También es posible que, más allá del escozor ideológico que pueda provocar, el film no dé para tanta aclamación como la que viene recaudando, pero quizá esto sea un síntoma del estado actual de la creatividad cinematográfica mainstream. Una de las favoritas en los Premios Oscar 2026, acumulando 13 nominaciones, entre las que sobresalen las categorías de “Mejor Película”, “Mejor Dirección”, “Mejor Actor Protagónico” (Leonardo DiCaprio), “Mejor Actor de Reparto” (Benicio del Toro y Sean Penn), “Mejor Actriz de Reparto” (Teyana Taylor), “Mejor Guion Adaptado” y “Mejor Banda Sonora”.
VALOR SENTIMENTAL
(Joachim Trier, 2025)
Gustav Borg (Stellan Skarsgård), es un prestigioso cineasta de extensa trayectoria, artista egomaníaco y padre distante, que al separase de su esposa dejó el hogar, alejándose de sus dos hijas, Nora y Agnes, con quienes se reencuentra tras el fallecimiento de la madre de las chicas. Nora (Renate Reinsve) es una destacada actriz teatral y Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas) –quien en su infancia tuvo un fugaz papel en un film de su padre- es historiadora, casada y madre de un niño. La casa familiar –lugar donde se produce el reencuentro entre el padre y sus hijas, después del sepelio de la madre- es puesta en venta, razón por la cual hay que vaciarla, seleccionando las cosas que posean un valor sentimental. Mientras tanto, Gustav maquina una nueva película con la cual anhela resurgir en el crepúsculo de su carrera –la historia de su propia madre que se suicidó bajo el trauma de haber sido torturada por los nazis- y le propone el rol protagónico a Nora, contando con la relevancia actoral de su hija. Ella rechaza la propuesta, en otro gesto del áspero distanciamiento que mantiene con su padre, a diferencia de la actitud más conciliadora de su hermana. El veterano realizador logra que una estrella hollywoodense (Elle Fanning) acepte el papel y el proyecto se pone en marcha, contando con la casa familiar como locación principal. Gustav llega hasta pretender que en la película el pequeño hijo de Agnes haga de él en su infancia. En este nuevo film del director de la laureada La peor persona del mundo (2021), el mundo del cine se deja ver marcado por el designio de las plataformas de streaming, mientras se entrama en la urdimbre del drama psicológico familiar, con algún aire de Ingmar Bergman, alusiones al Fellini de 8 ½ y una referencia al Woody Allen más bergmaniano: Nora, siendo niña, escuchaba las sesiones de psicoterapia conducidas por su madre a través de la cañería de calefacción, similar a lo que ocurre en Otra mujer (1988). Otras alusiones cinéfilas resultan más irónicas, como cuando Gustav le regala a su pequeño nieto en su cumpleaños DVDs con películas totalmente inapropiadas para un niño, como La profesora de piano (Michael Haneke, 2001) e Irreversible (Gaspar Noé, 2002), material que de todas formas no podrá ver porque los reproductores de DVD has desaparecido de su entorno. Las actuaciones son magníficas y la textura emocional está elaborada con la exactitud de una minuciosa orfebrería dramática. Arte cinematográfico, vida y lazos afectivos se tensan en un entretejido que tiene como centro el espacio de una casa, porque -según queda demostrado en la apertura y cierre de la película- se trata de la historia de una casa, un objeto impregnado de valores sentimentales, un lugar para habitar –con sus grietas, luces y sombras – y recrear en los relatos con que las personas le dan forma a la sustancia de sus existencias. Candidata en los Oscar 2026 a “Mejor Película”, “Mejor Película Internacional”, “Mejor Actriz” (Renate Reinsve), “Mejor Actriz de Reparto” (Inga Ibsdotter Lilleaas y Elle Fanning), “Mejor Actor de Reparto” (Stellan Skarsgård), “Mejor Director”, “Mejor Guion Original” y “Mejor Montaje”.
La ceremonia de entrega de los Premios Oscar 2026 se realizará el domingo 15 de marzo, en el Dolby Theatre de Los Ángeles, California. La transmisión en Argentina comenzará a las 21:00, a través de:
– TNT (transmisión en vivo con traducción al español)
– TNT Series (transmisión en versión original)
– Plataforma streaming de HBO Max.



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