Mauro Gatti

El progresismo que no termina de ser

Actualidad

En Tucumán, una tradición de proyectos políticos nace con la promesa de renovar el peronismo desde los municipios, pero se desvanece cuando llegan las decisiones difíciles. No es izquierda en el sentido clásico: no cuestiona la estructura económica ni propone una alternativa sistémica. Es, en el mejor de los casos, una versión más urbana /metropolitana y joven del mismo peronismo de siempre, una apuesta por hacer más eficiente y menos autoritario lo que ya existe. Pero ni siquiera eso logra sostener.

La madrugada del 20 de febrero de 2026 quedará registrada como otra derrota más para quienes creían que al menos un sector del peronismo tucumano podía diferenciarse del ajuste nacional. En la Cámara de Diputados, con 135 votos a favor y 115 en contra, se aprobó la reforma laboral que el gobierno de Javier Milei impulsó desde su llegada a la Casa Rosada. El proyecto elimina la indemnización por antigüedad, amplía los períodos de prueba laboral, debilita la negociación colectiva y entrega al Poder Ejecutivo la capacidad de modificar leyes sin pasar por el Congreso. Es, en síntesis, una transferencia masiva de derechos desde los trabajadores hacia los empleadores, en un país donde más de la mitad de la población económicamente activa ya trabaja en condiciones de informalidad.

De los nueve diputados tucumanos, seis votaron a favor: los tres de La Libertad Avanza (Soledad Molinuevo, Federico Pelli y Gerardo Huesen), el radical Mariano Campero, y las dos integrantes del bloque Independencia que responde al gobernador Osvaldo Jaldo: Elias Fernández y Gladys Medina . Dos votaron en contra: Pablo Yedlin y Carlos Cisneros, de Unión por la Patria. Y el noveno, Javier Noguera, también del bloque Independencia, simplemente no estaba cuando llegó el momento de la votación. Había dado quórum para que la sesión se realice, pero se ausentó en el momento decisivo .

Aquí emerge una pregunta incómoda. Yedlin y Cisneros también dieron quórum para que se trate la reforma, pero luego votaron en contra. Su posición no impidió que la ley se aprobara, pero al menos mantuvieron la coherencia de registrar su rechazo. Noguera, en cambio, construyó su carrera política en una promesa diferente: la de un peronismo renovado, más cercano a los jóvenes, más abierto a las demandas de diversidad y derechos, más proclive a usar el lenguaje de la participación ciudadana. En el área metropolitana de San Miguel de Tucumán, esa imagen le permitió presentarse como una alternativa moderna frente a las viejas maquinarias del partido. Pero cuando llegó el momento de traducir esa imagen en una decisión política concreta, el resultado fue el vacío.

¿No son, entonces, Yedlin y Cisneros más progresistas que Noguera? No en el sentido de la retórica: ellos nunca prometieron serlo. No construyeron su imagen en los municipios con discursos sobre modernización y derechos. Son peronistas tradicionales, de la estructura partidaria clásica, y actuaron como tales. Dieron quórum porque el peronismo provincial decidió no obstruir la sesión, pero votaron en contra porque tampoco están dispuestos a firmar su propia desnaturalización. Noguera, en cambio, hizo la promesa y no cumplió. Y en eso reside la traición específica: no la traición al progresismo como ideología, sino la traición a la expectativa que él mismo generó.

El bloque Independencia, creado por Jaldo para agrupar a los diputados provinciales leales, votó en bloque a favor de la reforma laboral, con excepción de Noguera . La estrategia del gobernador tucumano ha sido clara desde que asumió Milei: tomar distancia pública del ajuste, pero mantener el canal de diálogo abierto y garantizar que la estructura provincial no genere fricciones reales con Nación. En ese esquema, la ausencia de Noguera cumple una función específica: permite al bloque mostrar una fisura simbólica, una supuesta “discrepancia interna”, sin pagar el costo real de la oposición.

Los medios locales lo registraron con crudeza. “Javier Noguera estuvo ausente pero previamente aportó para dar quórum y fue foco de críticas”, señaló Enterate Noticias . GN Noticias fue más lacónico: “El diputado Javier Noguera, del bloque Independencia, estuvo ausente al momento de la votación” . La Izquierda Diario, en diciembre pasado, ya había caracterizado esta táctica cuando Noguera hizo lo mismo con el Presupuesto 2026: “Un ‘progresismo’ de cartón que no duró ni una sola sesión en la Cámara de Diputados” .

El problema no es individual. Es sistémico. En Tucumán, el peronismo que intentó modernizarse desde los municipios quedó atrapado en una contradicción sin salida desde su nacimiento. Para acceder a recursos, necesitaba del apoyo de la estructura provincial. Para mantener ese apoyo, necesitaba demostrar lealtad. Y la lealtad, en tiempos de ajuste, se mide por la capacidad de callar, de ausentarse, de no estorbar.

La historia se repite. En los años sesenta, el peronismo tucumano intentó renovarse desde las bases sindicales del azúcar, pero la represión y la cooptación terminaron por “dispersarlo”. En el retorno de la democracia, los sectores más reformistas quedaron atrapados entre la necesidad de mantener la estructura partidaria y la presión de una sociedad que exigía derechos. Cada ciclo terminaba igual: los proyectos más audaces eran recortados antes de consolidarse, y lo que quedaba era un peronismo de gestión, eficiente en la administración de la pobreza pero incapaz de transformar las estructuras que la reproducían.

La diferencia ahora es que la crisis no permite más la ambigüedad. La reforma laboral aprobada el 19  y 20 de febrero no es un ajuste técnico: es una reconfiguración de las relaciones de fuerza en el mundo del trabajo, en una provincia donde el empleo formal es una minoría privilegiada y la dependencia del Estado es casi total. En ese contexto, un peronismo que no defiende los derechos laborales, que no construye poder popular en los barrios y los lugares de trabajo, que no articula una alternativa al ajuste más allá de los gestos simbólicos, es simplemente un ornamento.

El progresismo tucumano nunca definió qué quería ser.. Queda en un limbo incómodo, una suerte de socialdemocracia sin fondos ni respaldo social, que habla de comunidad pero actúa individualmente, que invoca la participación pero practica la verticalidad, que promete derechos pero entrega quórum al ajuste.

La relación con el poder nacional lo confirma. Cuando el viento sopla desde Buenos Aires, los brotes más audaces deben doblarse o romperse. El gobernador Jaldo ha perfeccionado esta lógica: protesta formalmente contra el ajuste mientras sus diputados le dan quórum y votos a las leyes que lo implementan. Y cuando algún dirigente municipal intenta diferenciarse, como fue el caso de Noguera, el mecanismo es aún más perverso: se le permite la ausencia, el no-voto, el gesto vacío, para mantener la ilusión de pluralidad interna. Pero en el tablero real, donde se juegan los derechos de los trabajadores tucumanos, el resultado es el mismo.

La madrugada del 20 de febrero dejó una foto clara: seis votos a favor, dos en contra, y una ausencia que pesa más que cualquier discurso. Yedlin y Cisneros, con todos sus límites, al menos mantuvieron la dignidad de registrar su rechazo. Noguera, el que prometía ser diferente, demostró que su progresismo era de cartón. 

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