CON LOS PIES EN LA TIERRA Y LA MIRADA EN LA LUCHA
Acerca de Nuestra tierra (2025), de Lucrecia Martel, por Pedro Arturo Gómez
Todo cine es una mirada que invoca y convoca miradas. Todo cine (siempre hace falta reafirmarlo) es político –como todo arte- ya sea por lo que dice y muestra, por lo que clama y proclama, o por lo que calla y silencia, o por aquello que pasa por alto distrayéndose en afanes complacientes. En su primer largometraje documental, la directora de La ciénaga (2001) –una cineasta fundamental de la cinematografía contemporánea- parece dejar en segundo plano el que viene siendo su principal procedimiento estético, el trabajo sobre el sonido, para optar por la fuerza de las imágenes, entre la magnitud imponente y la escala humana. Al mismo tiempo, opta por la explicitud del sentido político –enhorabuena- lejos, muy lejos, del panfleto.
Desde otra lejanía, la del espacio exterior, el film se abre con la imponencia del planeta Tierra bajo la mirada orbital de un satélite, mientras suena el Kyrie de la Misa Criolla en la voz de Mercedes Sosa. Tras ese momento sublime –no será el único- la imagen, en sucesivos vuelos, se proyecta sobre la superficie de paisajes naturales hasta posarse en una cancha rural donde se juega un partido de fútbol femenino. El lugar es la tierra de la comunidad de pueblo originario Chuschagasta, en el norte de Tucumán, comarca donde en 2009 el cacique Javier Chocobar fue asesinado por el empresario minero Darío Amín junto a dos ex policías, episodio funesto en la larga lucha comunitaria en defensa del territorio ancestral ante la rapiña de la explotación minera y los intereses inmobiliarios. Éste es el punto de partida y el eje del documental, en un relato estructurado sobre el contrapunto entre el registro del juicio oral a los homicidas y la historia de vida tanto del líder comunal asesinado como de otros sujetos del universo humano de su entorno, junto con entrevistas a un par de historiadores y la palabra de otros agentes institucionales.
La narración pendula también entre las imágenes del proceso judicial y las de la comunidad indígena en los ambientes de su espacio territorial, desde la mirada de una cámara que alterna planos cerrados sobre los protagonistas con la perspectiva alada de tomas aéreas, ora en extasiado planeo ora en dinámico vuelo rasante. En la orfebrería de este tratamiento visual, sobresale la majestuosidad del uso de los drones que, sin caer en el regodeo esteticista, alcanza una deslumbrante creatividad visual que regresa al terreno de lo sublime –tras el prólogo extraplanetario- en dos secuencias: la de la escarpada y solitaria carrera de un joven atleta de la comunidad y la de una sorprendente toma en tenue vuelo invertido, cuya audacia icónica quizá arroje el efecto de poner de cabeza las miradas hegemónicas para extraer sentidos alternativos.
Por su parte, las imágenes de archivo incluyen el video del asesinato filmado por el celular de uno de los implicados –material que se halla en Youtube a través del cual la Martel se encontró con el tema- la reconstrucción judicial del hecho y una entrañable galería de fotografías familiares, acompañadas por la voz de la viuda de Chocobar, huellas de un pasado menos hostil, modos de verse y de la trashumancia laboral propia de los sectores expuestos a la constante precariedad socioeconómica. Tiene cabida, además, el decir de los asesinos, de sus defensores y de otras zonas del poder, un habla en la que afloran los prejuicios estigmatizadores, los fermentos del racismo y de la idiotez clasista, expresiones de la supremacía expoliadora materializada en la rapacería sufrida por las poblaciones originarias.
Envuelta en sus aires, no se ausenta la arrogancia académica, con un célebre historiador tucumano para el que la Historia era la de las familias linajudas, quien -después de manifestar un desdeñoso desconocimiento del hecho criminal- tiene el gesto de afirmar con tono bromista que la Historia es una mentira. Será por eso que es permanente la necesidad de nutrir la Historia con las historias de quienes pertenecen a los sectores sociales menos privilegiados, las historias de quienes son silenciados e invisibilizados.

En el mosaico de la visualidad restituida se inscribe también el mosaico de las voces marginadas, el entretejido sonoro que recupera esa dimensión sensorial emblemática del estilo marteliano, una firma autoral que renueva aquí su potencia poética vitalizando la energía testimonial de la denuncia. En esta sensorialidad prodigiosa –a contrapelo de las exclusiones que opera el Estado- pulsa la revelación de una realidad y una demanda de justicia, a la vez que el llamado al reconocimiento de una cultura y una identidad para nada extinta, sino viva en la sedimentada tenacidad de su lucha.
Nuestra tierra es la inmensidad planetaria que se nos aparece en la apertura de la película, tanto como el territorio habitado por nuestra sociedad y cultura al cual llamamos “nuestra tierra”, una tierra en permanente disputa según nos hace recordar este documental que nos interpela. Si algún subrayado hay en la magnitud política de esta interpelación, bienvenido sea. Obras de contrapoder como ésta, con sus inspirados énfasis, hacen mucha falta en esta era de regímenes de la crueldad y el odio, sistemáticos favorecedores de los dueños del poder, esos mismos que desde su prepotencia se apropian de nuestra tierra.



Deja tu comentario