Tucumán

A más de un año, el ágora de San Miguel de Tucumán permanece cerrada y en obras

A finales del año 2019 la Plaza Independencia de San Miguel de Tucumán fue cercada junto a las calles circundantes, dando inicio a una serie de obras y remodelaciones cuyo objetivo final sería la puesta en valor de estos espacios.

En 2019 también se daba inicio a la demolición de las casas ubicadas en la esquina de Mendoza y ex Rivadavia, sin contar una larga historia de demoliciones de edificios relevantes en cuestiones de patrimonio provinciales (ex Mercado de Abasto, ex Secretaría de Trabajo ubicada en calle San Martín entre Junín y Muñecas, entre otros).

Si pensamos en las obras y modificaciones de la infraestructura urbana que se llevan a cabo en el microcentro de San Miguel de Tucumán, espacio que, además, parece estar en continua construcción y reconstrucción, resulta interesante intentar responder la pregunta por la clase de identidad urbana, de ciudad física, que se pretende construir.

En este comienzo del año 2021 la experiencia más significativa del estado físico de nuestra ciudad, sea quizás el camino que debe realizarse para transitar las cuatro calles que rodean la Plaza Independencia.

Cinco siglos antes de Cristo, el ineludible autor Occidental, Platón, establecía los lineamientos que serían imprescindibles en la fundación de una ciudad ideal dentro de su propuesta ético-política. El punto clave de esta construcción, sería la noción del paralelismo entre la ciudad y los ciudadanos que viven en ella. Es decir que, en la construcción de una ciudad también se construye el carácter de sus habitantes, la clase de ciudadanos que ellos serán.

Si bien la propuesta platónica considera una ciudad ético-política, parece pertinente extrapolar este paralelismo a la construcción de la ciudad física y a los ciudadanos que viven en ella, más precisamente a la ciudad de San Miguel de Tucumán y a nosotros, sus habitantes.

Uno de los pronunciamientos más comunes respecto al estado de la capital tucumana es el de su falta de belleza. Los antiguos griegos comprendían la noción de belleza en un sentido amplio, extendiéndola a los aspectos éticos y políticos, por lo tanto, la falta de belleza atribuida a la ciudad que nos referimos puede extenderse a nuestras relaciones interpersonales (una ética) y a nuestras relaciones institucionales (una política). El deterioro que se observa en la ciudad física: la ausencia de vegetación, la contaminación sonora, la basura que invade las calles, son reflejo de los lazos sociales que establecemos en tanto ciudadanos, es decir, son reflejo de un aspecto central de nuestras propias vidas. La ciudad en la que vivimos es reflejo de una parte no menor de nosotros mismos.

Los días de tormenta, el microcentro se inunda con un aroma de indudable procedencia cloacal. La plaza principal cerrada junto a las restricciones en torno a grupos humanos, clausuran la intervención del espacio político por excelencia. El deterioro y la basura parecieran acumularse invadiendo los espacios de tránsito diario.

Frente a esto, ¿qué hacer?

El teórico David Harvey expresa la necesidad e imperancia de pensar la cuestión del tipo de ciudad en la que queremos vivir: “el derecho a la ciudad es mucho más que la libertad individual de acceder a los recursos urbanos: se trata del derecho a cambiarnos a nosotros mismos cambiando la ciudad. (…) La libertad de hacer y rehacer nuestras ciudades y a nosotros mismos es uno de nuestros derechos humanos más preciosos, pero también uno de los más descuidados”.

Quizás en tanto ciudadanos, la única posibilidad que nos cabe es preguntarnos: ¿en qué tipo de ciudad deseamos vivir?

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