Tufillo anti‑woke en la línea editorial de Vince Gilligan: Pluribus
En Pluribus, Vince Gilligan parte de una inquietud contemporánea central: el avance de la inteligencia artificial y la posibilidad de que la tecnología no solo medie nuestras vidas, sino que termine organizándolas por completo. La serie imagina una mente colmena, una inteligencia común que conecta a todos los seres humanos y permite el acceso instantáneo a la totalidad del conocimiento y la experiencia acumulada por la especie. A primera vista, el planteo funciona como una advertencia clásica sobre los riesgos de delegar la voluntad humana en sistemas tecnológicos supuestamente racionales y benevolentes.
⚠️ Advertencia de spoilers ⚠️
El siguiente texto analiza en profundidad la serie Pluribus y hace referencia a escenas, giros narrativos y conceptos centrales de su trama. Si no viste la serie o preferís evitar adelantos importantes, se recomienda leer con cautela.
Pero esa misma conexión mental habilita la emergencia de una sociedad que, en términos teóricos, podría leerse como un paraíso socialista contemporáneo: nadie miente, nadie mata animales ni plantas, cada persona trabaja en la tarea que el sistema requiere en cada momento, y la energía y los recursos se administran con una lógica de ahorro absoluto, casi convertida en imperativo moral. Sin embargo, la puesta en escena se ocupa rápidamente de tensar esa utopía. A través de decisiones visuales, encuadres y ritmos narrativos, Gilligan introduce guiños que reactivan viejos clichés liberales sobre “lo comunista”, asociándolo a la uniformidad, la docilidad y la disolución de la iniciativa individual.

Trabajo rotativo y borramiento de la especialización
En uno de los primeros capítulos, Pluribus introduce una escena ideológicamente muy reveladora. El alcalde del pueblo se presenta en la casa de Carol y, sin pedir permiso ni hacer ningún comentario, saca la basura de su vivienda, la deposita en el contenedor correspondiente y luego barre la vereda como parte de una rutina asumida con total naturalidad.
Carol: “You are the fucking mayor.”
No es un insulto gratuito ni una explosión de carácter: es un señalamiento político. Carol no le reprocha que esté limpiando, sino que esté ahí, haciendo eso. En un sistema capitalista, un alcalde administra, decide, gobierna; no retira residuos domésticos ajenos. Esa frase nombra la anomalía: algo en ese mundo está profundamente corrido de lugar.
No hay lugar para la pericia, la vocación ni el talento individual. La cámara registra el trabajo con un ritmo mecánico, casi indiferente, como si todas las actividades fueran equivalentes.
Este recurso refuerza una idea errónea pero recurrente: que el socialismo no valora la especialización ni la creatividad personal, sino que asigna tareas de manera arbitraria para mantener en funcionamiento la maquinaria social. El trabajo deja de ser una expresión de la subjetividad para convertirse en pura función.
Prejuicios más amplios sobre la izquierda
Más allá de estas escenas puntuales, Gilligan incorpora otros elementos que se alinean con una crítica liberal clásica:
- Uniformidad ideológica: el pensamiento disidente prácticamente inexistente y cuando asoma, la narrativa lo presenta como anomalía o amenaza.
- Ecologismo absoluto como imposición: la prohibición de matar animales no se discute ni se problematiza; aparece como un dogma incuestionable.
- Austeridad forzada: reiterados encuadres de luces apagándose, dispositivos cerrándose y recursos reutilizados hasta el extremo, como si la izquierda fuera sinónimo de privación constante.

La fragilidad ante la hostilidad y el mito liberal de la izquierda “sensible y frágil”
Uno de los elementos más insistentes de Pluribus es la incapacidad de la mente colmena para procesar emociones negativas. Tal como se explica en la serie, “las emociones negativas les resultan difíciles de manejar”. En la práctica, esto significa que cualquier forma de agresión —física o simbólica— se amplifica y se propaga instantáneamente por toda la red mental.
Narrativamente, este rasgo se presenta como un mecanismo de defensa: la comunidad se aleja de aquello que genera tensión para preservarse. Pero el subtexto ideológico es evidente. La sociedad hiper-colectivista aparece como frágil, dependiente de una armonía constante e incapaz de sostener el disenso.
Gilligan refuerza esta lectura con recursos precisos:
- Encuadres cerrados sobre rostros tensos, donde la incomodidad se contagia de uno a otro.
- Reacciones colectivas ante un conflicto, en las que el grupo entero se retrae como un organismo herido.
- Alejamientos físicos de la fuente de hostilidad, que simbolizan el aislamiento de cualquier elemento disonante.
En la lógica interna de la serie, esto puede leerse como una consecuencia inevitable de compartir pensamientos y emociones: la agresión se multiplica. En clave ideológica, en cambio, funciona como una ilustración del mito liberal de la izquierda como un sistema “hipersensible”, incapaz de resistir la confrontación y la presión del mundo real.
Duermen como evacuados
Uno de los momentos más elocuentes de esta construcción aparece en el capítulo 8, cuando la comunidad sincronizada duerme en enormes espacios colectivos. La escena remite de inmediato a imágenes reconocibles: un gimnasio municipal, un club de barrio o un refugio improvisado tras una catástrofe. Colchonetas idénticas, prolijamente alineadas; cuerpos dispuestos en filas regulares; una iluminación fría y homogénea que borra cualquier rasgo de intimidad.
Aunque la narrativa justifica esta práctica como una forma racional de optimizar espacio y recursos, el lenguaje audiovisual sugiere otra cosa. La cámara se detiene en la repetición, en la falta de singularidad, en la ausencia total de lo privado. La individualidad aparece así como un lujo prescindible. El efecto es claro: dialoga con el prejuicio liberal según el cual un sistema comunista elimina las fronteras personales y convierte a las personas en piezas intercambiables de un engranaje colectivo.
El clímax del delirio anti‑woke aparece cuando la serie muestra que, al negarse a matar animales o plantas, la comunidad opta por alimentarse de sus propios muertos. Ese recurso, que podría leerse como una crítica al consumo y a la violencia estructural del sistema productivo, se convierte en la trama en un símbolo de degeneración. Gilligan no apunta contra el horror de la explotación, sino contra la posibilidad —presentada como aberrante— de vivir sin ella.
Sesgo ideológico y colonialismo en la construcción de personajes

La serie coloca en el centro a Carol Sturka, rubia de clase alta y norteamericana, como la única figura con vocación y voluntad para “salvar al mundo” de la pérdida del libre albedrío. Todo el arco narrativo se organiza en torno a su misión individual, mientras que el resto de los personajes no contagiados por la colmena —mayoritariamente latinoamericanos, asiáticos o provenientes del mal llamado “tercer mundo”— aparecen como sujetos pasivos, dispuestos a aceptar sin mayores conflictos las ventajas de la nueva vida en comunidad/unidad que propone la mente colmena. La agencia, la duda y la rebeldía quedan así concentradas en una heroína que encarna el imaginario del norte global.
El único personaje que se muestra dispuesto a acompañarla es Manousos Oviedo, presentado como paraguayo e interpretado por el actor colombiano Carlos-Manuel Vesga. Aquí emerge otro problema: no hay indicios de una búsqueda real de verosimilitud cultural —ni desde el casting ni desde la producción—, ya que no existen registros de que Vesga haya vivido en Paraguay ni de que la serie se haya rodado allí; por el contrario, varias escenas se filmaron en España. Esta decisión refuerza un vicio recurrente en la obra de Gilligan: la construcción de personajes latinos desanclados de su idioma, su territorio y su cultura concreta, reducidos a identidades genéricas y funcionales al relato.
A esto se suma que las razones que Manusos esgrime para defender la “humanidad anterior” están atravesadas por un moralismo liberal-conservador: la defensa irrestricta de la propiedad privada, la autonomía individual entendida como posesión y el rechazo frontal a cualquier forma de colectivismo que implique compartir recursos o cuestionar jerarquías económicas. De hecho el pseudo paraguayo sin tonada deja notas como promesa de pago cuando ya la guita no corre como moneda de cambio por que no existe siquiera el concepto de comercio.
La lucha de la protagonista no solo opera como una crítica a la comunidad global de Pluribus, sino que se inscribe en un discurso liberal clásico, donde la libertad se define como el derecho a conservar privilegios y a resistir cualquier intento de redistribución. El resultado es una narrativa que, bajo la apariencia de un conflicto universal, reproduce una mirada colonial: el sujeto emancipador proviene del centro hegemónico, mientras que la periferia acepta, acompaña o simplemente obedece.
Al final, el miedo que articula el personaje —y que parece proyectar Vince Gilligan— está desplazado. La mente colmena es denunciada como si se tratara de un experimento woke y de una amenaza de homogeneización ideológica, cuando en realidad lo que asoma detrás es un modelo de control, eficiencia y extracción de valor mucho más cercano al capitalismo avanzado que a cualquier utopía colectivista. La serie señala el peligro en la fusión de conciencias, pero evita interrogar el verdadero núcleo del problema: quién administra esa tecnología, con qué fines y bajo qué lógica de poder.
La crítica pública más replicada en medios de Pluribus se dirige al uso de la inteligencia artificial. Gilligan ha remarcado en los creditos de la serie y en entrevistas que su equipo no la utilizó —ni la utiliza— en el proceso creativo. Sin embargo, ese dato resulta imposible de verificar de manera independiente y, en el marco de una industria audiovisual cada vez más atravesada por herramientas algorítmicas, suena más a gesto defensivo que a garantía ética. No se trata solo de si la IA fue empleada o no, sino de cómo la tecnología, en general, se integra a un sistema productivo que prioriza la optimización, la rentabilidad y el control.
En definitiva, el peligro que la serie cree conjurar no es el que verdaderamente acecha. La tecnología no borra la diversidad por ser “woke” ni por impulsar formas de organización colectiva; la erosiona cuando se pone al servicio de un orden que naturaliza la explotación, la desigualdad y la reducción de lo humano a datos gestionables. Ahí es donde Pluribus parece mirar hacia otro lado.



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