Lucrecia Martel y Nuestra tierra: un documental para repensar la historia, el territorio y la justicia
El 12 de octubre del año 2009, Darío Luis Amín y los ex policías Luis Humberto Gómez y José Eduardo Valdivieso Sassi arremetieron violentamente contra la comunidad Los Chuschagasta, disparando contra los comuneros que protestaban en defensa del territorio ancestral Diaguita. Fue en ese accionar que asesinaron a Javier Chocobar, Autoridad Tradicional del Pueblo Chuschagasta, e hirieron de gravedad a los referentes comunitarios Emilio Mamani y Andrés Mamani.
El 5 de marzo de 2026, casi 17 años después, se estrena en cines “Nuestra Tierra”, el documental dirigido por la cineasta salteña Lucrecia Martel que investiga el asesinato de Javier Chocobar y, a través de ese hecho, despliega una mirada crítica sobre la historia nacional, el racismo estructural y la disputa por la tierra ancestral.
El documental tuvo su estreno mundial en la Mostra de Venecia 2025. Martel trabajó en Nuestra tierra durante más de una década, siguiendo el caso desde 2010, cuando encontró el video del ataque en YouTube -aún disponible y pieza clave de lo que luego fue el proceso judicial- y comenzó a investigar las raíces del conflicto.
El documental reconstruye el asesinato de Chocobar, asesinado en 2009 durante un intento de desalojo de su territorio por parte de terratenientes. Para Martel, el proceso implicó no solo filmar el juicio y las protestas que siguieron durante años, sino sumergirse en las historias, documentos y memoria de la comunidad involucrada.
En su participación en Venecia y otras charlas, la directora explicó que gran parte de su compromiso surgió de la necesidad de responder ¿qué es lo que permite a una persona sentirse legitimada para sacar un arma y matar a otra? y qué historias hay detrás de ese gesto. La película combina material de juicio, entrevistas con miembros de la comunidad, archivos fotográficos y tomas aéreas que muestran el territorio como una manera de pensar la tierra desde la memoria y la identidad misma.
La provocación del cine documental
En distintas conferencias y charlas, Martes fue clara sobre el desafío que implica hacer un documental con esta historia: el cine documental exige asumir riesgos históricos y éticos. “Es indispensable asumir el riesgo de conversar con los otros y de cometer errores en esa conversación”, sostuvo en una conferencia de prensa en Venecia.
Ese riesgo, dijo, forma parte de la propia práctica cinematográfica: confrontar prejuicios, dialogar con otras maneras de ver el mundo y aceptar la responsabilidad del relato, incluso cuando el cineasta no pertenece al grupo que protagoniza la historia.
Cine como herramienta política y social
La función del cine emerge en las declaraciones de Martel como una forma de alterar la percepción de la realidad, no solo narrarla. Durante una conferencia en el Morelia Film Festival, afirmó que la labor del cine no se limita a presentar hechos, sino que debe obligar a reconsiderar lo que se normaliza socialmente: “no es que el argumento o el tema importen: el cine es volver a ver que es un escándalo lo que normalizamos”.
En ese mismo sentido, cuando presentó su trabajo en México tras recibir la Medalla de la Filmoteca de la UNAM, Martel dedicó Nuestra tierra “a Javier Chocobar y a todos los pueblos indígenas del planeta”, subrayando que sin tierra no hay posibilidad de vida ni dignidad humana. También reflexionó sobre la falta de empatía hacia los pueblos originarios y la necesidad de que el cine pueda cambiar la historia de nuestros países, no como algo abstracto, sino como una herramienta de transformación social concreta.

Reflexiones en Un destino común
El libro Un destino común (Caja Negra Editora, 2025) recopila más de una década de conferencias públicas, charlas y conversaciones de Martel, y aunque no está dedicado exclusivamente a Nuestra tierra, ofrece un marco conceptual que ayuda a entender su práctica cinematográfica y los temas que atraviesan su trabajo.
Y justamente, durante más de 10 años Martel trabajó en este documental, y en varias charlas, hace mención a ese proceso. En varios pasajes, Martel explora cómo el cine puede reconstruir la comunidad y cómo el sonido, la duración y la atención a lo cotidiano son herramientas para abrir otras formas de percepción.
También reflexiona sobre su propio tránsito del cine de ficción al documental, señalando que esta transición implicó desarticular ciertos prejuicios sobre lo que se puede y no se puede mostrar cuando se trabaja con «material real» y con vidas que están profundamente marcadas por la injusticia histórica.
Nuestra tierra es mucho más que la reconstrucción de un caso judicial: es una obra que interroga las raíces del colonialismo, las estructuras de poder en Argentina y la persistencia de racismo institucional en la vida cotidiana. La película no promete respuestas concluyentes, pero sí plantea preguntas incómodas sobre quién tiene derecho a la tierra, cómo se organizan las leyes y qué historias son las que finalmente se cuentan.
En un momento donde las narrativas hegemónicas siguen borrando voces indígenas y marginadas, Martel ofrece con Nuestra tierra un ejercicio de memoria, una invitación a repensar la nación y una muestra potente de cómo el cine puede —como ella misma dice— “ser útil a la comunidad” más allá de la pantalla, los premios y las visualizaciones.



Deja tu comentario