Epstein: ningún escándalo será suficiente
Seguro que en las últimas semanas leiste el nombre de Jeffrey Epstein en titulares y en redes sociales. No es nuevo, y la indignación que genera se reactualiza cada un par de años. Vuelve como escándalo, como misterio, como promesa de revelaciones nuevas, como si se trata de otra temporada de Stranger Things. Se habla de listas, de vuelos privados, de famosos y de secretos que —supuestamente— aún no salieron a la luz. Cuanto más se insiste en el morbo del caso, más se pierde de vista lo que más terror me genera: Epstein no fue una anomalía del sistema, sino uno de sus productos mejor logrados. Y el silencio de todos los cómplices que participaron de los crímenes que él habilitó es de lo que menos se habla.
No es un loco, es un hijo sano del patriarcado
La pregunta central no es cómo un hombre logró abusar durante años de niñas y adolescentes sin ser detenido o denunciado, sino qué estructura de poder hizo posible que eso ocurriera una y otra vez, aún después de haber sido denunciado y condenado. Porque Epstein no operó en las sombras, desplegó una red de explotación sexual a la vista de jueces, fiscales, empresarios, académicos y políticos que eligieron ser cómplices.
Ya en 2008, Epstein fue condenado por delitos sexuales hacia una menor de edad. No fue el final de su historia, nadie le soltó la mano. Un acuerdo judicial le dio la posibilidad de cumplir una pena mínima, evitar cargos federales más graves y conservar gran parte de su red de relaciones y privilegios. Esa decisión no fue un error aislado, sino una muestra concreta de cómo funciona la justicia cuando el acusado es un varón poderoso, blanco y multimillonario. No importa desde qué posición geográfica leas esto.
No podemos pensar que se trata de un hecho aislado, el caso Epstein expone algo más profundo que la conducta criminal de un individuo. Muestra cómo la violencia sexual es parte de la masculinidad hegemónica, y cómo dentro de las élites es utilizada como una forma de reafirmación de poder, pertenencia y jerarquía. El abuso no aparece como un exceso incontrolado ni como una desviación personal, sino como una práctica sistemática sostenida por pactos de silencio, complicidades y, sobre todo, naturalización.
Lo hacen porque pueden. Por eso Epstein no fue expulsado de los espacios de poder, fue protegido. ¿Cuántas personas fueron parte de esos crímenes, participando de esas fiestas, abusando de mujeres y niñas, callando?
El espectáculo y el borramiento
El regreso cíclico del caso Epstein también dice algo sobre nuestra forma de consumir estas historias. La atención se concentra en las listas, en las teorías, en la intriga. Lo consumimos como si fuera una ficción. Se promete una verdad final que nunca llega, mientras lo estructural permanece intacto.
Este tipo de coberturas convierten la violencia sexual en entretenimiento y refuerzan una narrativa peligrosa: la de los “monstruos aislados”. Así, el sistema que los produce y protege queda a salvo de la crítica. Se individualiza el problema para no cuestionar las relaciones de poder que lo sostienen.
Mientras tanto, las víctimas siguen esperando reparación, reconocimiento y justicia real. En los archivos que fueron liberados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos dejaron al descubierto fotos desnudas, nombres e información personal de las víctimas.
La pedagogía de la impunidad
Más allá de Epstein, el daño más profundo de estos casos es el mensaje que dejan. Enseñan que la impunidad es la norma. Enseñan a las víctimas que denunciar puede no servir de nada. Enseñan a la sociedad que hay violencias tolerables. Esa es la verdadera pedagogía de la impunidad: una lección silenciosa pero efectiva que erosiona la confianza en la justicia, en la democracia y en la posibilidad de igualdad ante la ley.
Jeffrey Epstein no fue una manzana podrida. Fue —y sigue siendo— el resultado de un sistema que protege a los suyos, negocia la violencia y convierte el abuso en un asunto privado cuando incomoda al poder.
Que hoy Donald Trump —presidente de Estados Unidos, denunciado en múltiples ocasiones por violencia sexual y con vínculos públicos y documentados con Epstein— diga que “hay que dar vuelta la página” no es un gesto de cansancio, es una declaración de poder. Dar vuelta la página, en este contexto, no significa avanzar: significa cerrar el libro sin justicia, sin reparación y sin responsables.
Mientras esa estructura no sea cuestionada, ningún escándalo será suficiente.



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