Sofía Solorzano

Apuntes sobre China, 19.000km después

Internacional

A 19.000 kilómetros de Tucumán, Sofía Solórzano recorre China desde la experiencia directa y propone una mirada crítica sobre los prejuicios occidentales, el tiempo histórico, la planificación estatal y los procesos de desarrollo que explican el presente y el futuro de la potencia asiática. Un viaje político, cultural y personal que interpela también a la Argentina.

“Todo ha sido pensado en la India y en la China: todas las filosofías posibles, (…)  desde entonces nos hemos dedicado a repensar lo que ya había sido pensado en la India y en la China”, escribía Jorge Luis Borges, que ya veía en China una mezcla de curiosidad intelectual y admiración.

Hace unos días volví de China, el punto más lejano que se puede conocer desde nuestro país. Fui becada por el Gobierno de la República Popular de China para participar en un seminario de Administración Pública en la Academia Nacional de Gobernanza y, desde Tucumán, el viaje implicó apenas tres tramos y el cruce de tres continentes para llegar, en menos de dos días, a la otra punta del mundo. Primer aprendizaje: el mundo es bastante pequeño en términos del desarrollo moderno.

China y nuestras percepciones

Cuando pensamos en China, muchas veces no vemos China: vemos el Oriente que Occidente inventó para explicarse a sí mismo. Esa mirada dificulta la comprensión real de sus procesos, y complejiza el intento de entenderlos con las categorías mentales con las que fuimos educados; además está plagada de prejuicios vetustos e irracionales. Por eso, aun con todas las barreras cognitivas, culturales, políticas y una larga lista de etcéteras que existen, adquirir la experiencia de primera mano sirve para despojarse (aunque sea un poco) de ese velo que la recubre.

Unos días antes de viajar, mientras scroleaba tiktok y ojeaba libros para interiorizarme sobre el destino, volví a mis apuntes de Historia de la universidad buscando qué lugar ocupaba China en mi propia formación. Para sorpresa de nadie, la currícula de Historia Antigua comienza con las primeras civilizaciones en Sumeria, en el Próximo Oriente (actual territorio de Irak). China, por lo general, aparece “en función de”: la Ruta de la Seda, los viajes de Marco Polo, la expansión imperial europea, la geopolítica contemporánea. Incluso se sostienen datos engañosos, como atribuir la invención de la imprenta a Gutenberg, cuando en China existen registros de impresión con bloques de madera desde la dinastía Tang (siglos VII–X).

Imagen de La Nota Tucumán

Foto de Diego Tirira, CC BY-SA 2.0, via Wikimedia Commons

China, tiempo histórico y modernidad

Ya con el cronograma de viaje en mano, supe que iba a conocer la mítica Muralla China. El primer dato sorprendente es la extensión geográfica: más de veinte mil kilómetros, casi cinco veces la distancia entre Ushuaia y La Quiaca, y mil kilómetros más que la distancia entre China y Argentina. El segundo, su extensión en el tiempo: su construcción llevó más de 2000 años, desde sus primeros tramos hasta la dinastía Ming, hacia el siglo XVII, que sentó las bases más sólidas de la Muralla. El tercer dato, es que fueron catorce las dinastías que sostuvieron la continuidad de una de las obras más impresionantes de la humanidad. El objetivo común era defender el territorio frente a los pueblos que lo asediaban. Durante más de 2000 años, atravesando catorce dinastías diferentes, y pasando por más de veinte mil kilómetros, apostaron a un mismo objetivo político. Pensado desde acá, sorprende -sobre todo para países como el nuestro- iniciativas con tanta continuidad a lo largo del tiempo. Ahí aparece el segundo aprendizaje: los chinos conciben el tiempo de otra manera, y esto se ve claramente en cómo encaran los procesos. Piensan en clave estratégica y con planificación.

Esa lógica no solo se expresa en la Muralla. Se refleja también en los Planes Quinquenales, instrumentos de planificación estatal que subsisten desde la época de Mao Tse-Tung, están próximos a cumplir su XV edición, y se proponen impulsar sectores estratégicos como la inteligencia artificial, los semiconductores, la computación cuántica y las telecomunicaciones. El futuro es una hoja de ruta sostenida en el tiempo.

Lo anterior, tiene mucho que ver con que China es la civilización con la continuidad histórica ininterrumpida más larga que existe en la actualidad. Esto genera, por un lado, una conciencia muy profunda en la sociedad, que se sabe heredera de ese legado; y por otro, un fuerte cuidado del patrimonio histórico y cultural por parte de la comunidad. Es común ver niños y jóvenes vistiendo ropas imperiales tradicionales y sacándose fotos en complejos históricos. Esa escena convive, sin tensiones aparentes, con una irrupción vertiginosa de los avances tecnológicos: pantallas gigantes, imágenes en 3D, autos ultramodernos y teledirigidos, grandes obras de infraestructura y luces, muchas luces que transforman el paisaje urbano. Esa coexistencia no genera ninguna contradicción. Por el contrario, el pasado está completamente integrado al relato nacional y a los avances de la modernidad industrial china, otorgándole coherencia al presente y explicando el porqué de los procesos. Este es, quizás, el tercer aprendizaje: una modernidad con historia.

Estas particularidades históricas se traducen también en políticas públicas diferenciales. Un ejemplo de ello es el régimen de autonomía étnica regional, que busca integrar en la construcción nacional a los distintos grupos que conviven en el territorio. Estos regímenes otorgan facultades legislativas, reconocimiento del idioma y promoción del desarrollo cultural. Algo de esta experiencia interpela también a la Argentina, un país atravesado por una gran diversidad cultural y con muchas tensiones en la relación con sus pueblos originarios.

China avanza en un camino sostenido hacia convertirse en la primera potencia económica a nivel mundial. Muchas proyecciones ubican ese momento entre 2030 y 2040. Pero si hay una percepción personal que me llevo del viaje, es que existe una conciencia muy extendida de que el tiempo juega a su favor, y que ese escenario, tarde o temprano, llegará.

No parecen estar demasiado preocupados por las acciones que llevan adelante los Estados Unidos, en su afán de sostener su posición de primera potencia. Los avances tecnológicos, la escala industrial y, sobre todo, el tamaño de su mercado interno —más de 1.400 millones de personas— resultan hoy suficientes para sostener ese rumbo ascendente. China es ya el principal socio comercial de decenas de países. Depende del mundo, sí, pero el mundo también depende de China.

Durante años, el rótulo “Made in China” estuvo asociado a productos de baja calidad. Ese estereotipo comenzó a derrumbarse. La industria china no solo creció en escala, sino que incorporó tecnología, conocimiento y experiencia en la producción. Un ejemplo muy gráfico son los vehículos eléctricos: China lidera hoy su producción y domina buena parte del mercado global. Marcas como BYD, NIO, Chery, Zeekr, e incluso empresas como Xiaomi o Huawei, pueblan las calles del país y del mundo. En Beijing, casi el 80 % de los vehículos que circulan por las calles son eléctricos, impulsados por fuertes incentivos estatales, fundamentalmente pensando en las severas dificultades de la calidad del aire, en un país en donde la producción todavía depende de una matriz energética a base de carbón.

China y la pobreza 

Un tópico que atraviesa las entrañas de la sociedad china es la pobreza. En la memoria colectiva persiste un pasado reciente marcado por el hambre, las malas condiciones de vivienda y la falta de acceso a la salud. Un dato que repiten con frecuencia es que, antes del ascenso al poder de Mao, la esperanza de vida rondaba los 36 años; hoy alcanza los 79. Según el Banco Mundial, más de 800 millones de personas salieron de la pobreza en la República Popular desde fines de los ‘70, casi veinte veces la población total de la Argentina. Ese proceso impactó en el mundo: a través del comercio y las inversiones, China contribuyó a mejorar las condiciones de vida de millones de personas en distintas regiones.

Este trabajo sostenido para la erradicación de la pobreza adopta múltiples estrategias. Pero como tucumana y habitante del Norte Grande, hay un aspecto de la experiencia china que me resulta especialmente significativo: la estrategia de desarrollo regional coordinado. Uno de los objetivos actuales del país es ralentizar el crecimiento económico y reemplazarlo por una mejor calidad de crecimiento, que contemple la redistribución en una sociedad aún desigual. Las desigualdades territoriales son tenidas en cuenta: regiones más ricas históricamente beneficiadas por políticas públicas, condiciones geográficas privilegiadas o la cercanía a los puertos (¿les suena?) tienen la obligación de contribuir al desarrollo de las zonas más postergadas, a través de una planificación estatal clara y concreta. Difícil no encontrar resonancias con nuestra propia experiencia. 

En el frío gélido de Beijing, una noche de nieve con varios grados bajo cero, conversando con otros argentinos, pensábamos en los cientos de miles de chinos que caminaron esas mismas calles a lo largo de la historia, atravesando guerras, invasiones imperialistas y humillaciones nacionales. Si hay un adjetivo que les cabe, sin caer en el cliché, es resiliencia. Y de allí surge un último aprendizaje: para los chinos, siempre está primero China. Una enseñanza importantísima para pensar la Argentina y proyectar lo que viene: siempre primero la Patria, como decía algún viejo admirador del proceso revolucionario de Mao.

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