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Por qué Bolsonaro
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¿Cómo explicar el fenómeno Bolsonaro? Con aires de Donald Trump y agenda local, propone recuperar a Brasil borrando cada huella del PT y con los valores morales de sus dos religiones: el neoliberalismo y la iglesia pentecostal. Por Julio Burdman – Ilustración Sebastián Angresano para Revista Anfibia.

Es lícito y humano aferrarse a la esperanza de la propia exageración. ¿No estaremos acaso ante otro candidato que sobreactuó una radicalización retórica durante la campaña electoral, y que terminará siendo un Presidente conservador más o menos convencional? ¿Que no podrá barrer con todo, o no querrá hacerlo? La comparación con Trump es recurrente. Y Trump es, para muchos, eso mismo: un Presidente menos excéntrico que el candidato Trump. Como Trump, Bolsonaro logró emocionar a muchos votantes con la nostalgia de una grandeza perdida. Ambos nacionalistas tienen personalidad de país grande. Y, por tanto, son difíciles de emular en otros rincones de América latina, donde no fuimos imperio ni ganamos cinco mundiales de fútbol. El resto de nosotros ya perdió la ilusión de las glorias pasadas.

Sin embargo, a diferencia de Trump, Bolsonaro no ingresó al sistema a través de las primarias de un Partido Republicano. Bolsonaro llega bien por afuera, libre de manos, y después del tsunami en cámara lenta que ha sido el Brasil de los últimos 4 o 5 años. Se prepara para asumir como el amo de una Brasilia arrasada por el estancamiento económico, la ilegitimidad, el Lava Jato y la peste de la antipolítica. Una crisis en múltiples dimensiones y un Brasil sin recursos democráticos para enfrentarla.

Democracia depredadora

La democracia es una forma de gobierno por consentimiento. Somos consenso y disenso, las dos caras de la moneda del sistema. Porque somos diversos y pensamos distinto, nos reunimos regularmente a votar para elegir al gobierno. Algunos ganan, otros pierden, todos aceptamos el resultado. Necesitamos libertades políticas y de prensa para que los disconformes se expresen, reafirmando de esa forma su acuerdo básico con la democracia. Y para organizar todo este engranaje, necesitamos ante todo buenas constituciones y partidos sólidos. Sin instituciones ni políticos representativos, el gobierno del consentimiento no puede funcionar.

El párrafo anterior resume algunas de las verdades de la ciencia política clásica, la del siglo XX. Muy inspirada en el liberalismo político del siglo XIX. Esa forma de razonar estaba inspirada por la biología. Esa democracia, que se afianzaba en equilibrio, se asemeja bastante a un ecosistema. En la naturaleza hay depredadores y hay presas, pero todos son lo suficientemente sabios como para no extinguirse mutuamente. “Controlan cantidades”, decían los biólogos. Si una especie se come a todos los integrantes de su cadena alimentaria seguramente terminará muriendo de hambre. O dejará que ingrese al ecosistema un depredador alienígena que rompa el equilibrio y se los coma a todos. Como la mosca diptera. Ese es el guión de la saga Alien: los humanos se salieron de órbita y propiciaron el ingreso de un cuerpo extraño; ahora se tienen que defender o morir.

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Los pensadores políticos de los siglos XIX y XX le tenían -le tienen- miedo al populismo. Para ellos, la depredación alienígena iba a venir de la mano de las masas. La tiranía del pueblo se lleva puesto al disenso, a las instituciones, a los políticos responsables; el riesgo estaba ahí. Y sin embargo, en el Brasil del domingo pasado la opción que conservaba el ecosistema era el candidato del Partido de los Trabajadores. Parece que los pensadores clásicos ya no están ayudándonos a comprender a Jair Bolsonaro.

La depredación del sistema brasileño, que abrió las puertas al resultado del domingo, pareciera haber venido de otro lado. Sectores del poder judicial, la prensa libre y la intelectualidad antipopulista legitimaron el fundamentalismo que otros intereses políticos y económicos supieron aprovechar. Se convencieron de que la protección del gobierno del consentimiento se lograba a través de la limpieza étnica de la clase política y empresarial que formaba parte del ecosistema brasileño. Esta nueva forma de extremismo fue incapaz de ver que esa Brasilia que lucía como Babilonia, con su rosca y sus prebendas, era el lugar donde las especies de la cadena alimentaria se juntaban a “controlar cantidades”. Se llamaba Presidencialismo de Coalición, que en paz descanse.

Se creyeron demasiado su trabajo, o perdieron el rumbo. Los extremistas liberal-republicanos leen a los pensadores liberales del siglo XIX con la misma lucidez que los muchachos del Estado Islámico entienden al Corán. ¿En qué párrafo dice Stuart Mill que los periodistas, los empleados judiciales y los intelectuales orgánicos de la democracia están llamados a barrer con los actores representativos del gobierno del consentimiento? ¿Cómo pudo haber imaginado Montesquieu que la división de poderes iba a terminar con políticos fagocitándose entre sí, si él la pensó como un factor de equilibrio y antídoto para los golpes de palacio? ¿Dónde dice Sartori que un juicio político fraguado puede llegar a ser una herramienta legítima del juego democrático, y que poner preso a un ex Presidente y favorito presidencial por un departamentito en Guaruyá que pudo haber sido suyo o no es una manifestación de la plena vigencia del imperio de la ley? El gobierno del consentimiento creó a la prensa libre, a los jueces independientes y a los formadores de opinión pública como herramientas para preservarse a sí mismo. Nuevamente, desde las raíces burocráticas del sistema surgieron las fuentes de su desestabilización. La ciencia política del siglo XX tenía una palabra para ello: pretorianismo.

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Saudade y conversión

Jair Bolsonaro creó algo nuevo. Es, sin dudas, un gran constructor de discurso. Su logro más evidente ha sido enhebrar los diferentes focos de crisis y demanda que se han venido gestando en la sociedad brasileña de los últimos años, y fundirlos en un mensaje innovador. Que lo convierte a él, por supuesto, en la inesperada solución a todos esos problemas.

Como han destacado muchas buenas crónicas publicadas en estos días, una novedad reciente de Bolsonaro fue su “conversión” al liberalismo económico. Hasta hace no demasiado tiempo Bolsonaro era etiquetado como un “nacionalista”, que en el vocabulario político brasileño suele asociarse al estado desarrollista, proteccionista, geopolítico y militar. Sin embargo, el nacionalismo fue la fibra más fuerte de un “bolsonarazo” lleno de banderas, camisetas amarillas y metáforas futboleras. “Brasil y Dios ante todo” fue su denominación electoral y su slogan de campaña. Podríamos decir que Bolsonaro sigue siendo el de siempre, pero dio una vuelta de tuerca que permitió ajustar todo su enfoque al Brasil de 2018.

Ex militar rodeado de militares y policías, defensor aguerrido -desde hace décadas- del rol social y los derechos laborales de los uniformados, Bolsonaro subió un escalón en la mirada pública durante el “juicio político” que destituyó a Dilma Rousseff. A la hora de emitir su voto, Bolsonaro hizo una reivindicación agresiva del gobierno militar 1964-1985. La dictadura brasileña. Esa lectura de la historia, que sostiene desde los comienzos de su carrera política, es un elemento medular.

Aquellos años de gloria y plomo -no como en Argentina o Chile, pero plomo al fin- condensaron una idea perdurable. Brasil tenía un destino manifiesto en América del Sur y en el mundo. El nombre del general Golbery de Couto e Silva, el mayor intelectual orgánico del período y tótem inspirador del generalato bolsonarista, volvió a aparecer en los medios. Domar la geografía, iluminar al Tercer Mundo, resolver la Guerra Fría -inclinando la balanza hacia Occidente-, potenciar el capitalismo nacional. Paradójicamente, el Brasil de Lula fue uno de los gobiernos que mejor encarnó algunas de las ideas golberianas. Salvo la parte del alineamiento con Estados Unidos. El PT se convirtió en un faro de la política regional -algunos llaman a eso “liderazgo”- y abrazó con fuerza las aspiraciones globales de Brasilia; los BRICS y las inversiones en el África de habla portuguesa fueron solo la parte más visible de todo ese esfuerzo.

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No obstante, la brutal crisis de 2014-2015, la recesión posterior y el oprobio en que cayeron las grandes empresas brasileñas en el marco del Lava Jato, con grandes empresarios encarcelados -siendo Odebrecht el más renombrado- generaron una enorme frustración en el sueño del destino manifiesto. La solución de Bolsonaro ha sido culpar de todo al PT. El PT hundió a Brasil porque generó un descalabro de la economía, prohijó una corrupción afiliada a la delincuencia -ya advertimos que Bolsonaro tiene una gran capacidad de síntesis- y destruyó el prestigio de las empresas brasileñas (Petrobrás, Embraer, Odebrecht, Vale y tantas otras). El estado petista, sus políticas sociales y su burocracia, su exacerbación de la rosca política, pusieron en peligro al Orden y al Progreso.

Allí es donde el nacionalismo golberiano, en su versión bolsonarista, reemplazó al desarrollismo por el libertarianismo. Recuperar a Brasil supone la destrucción del estado petista y la reivindicación de las gloriosas empresas brasileñas. El instrumento ya no puede ser el Bando Nacional de Desarrollo: las empresas, para resurgir, deben liberarse del yugo del Estado. Por eso, Bolsonaro introduce algo inusual en la política electoral latinoamericana: un Estado que no promete nada. No promete servicios, derechos laborales ni protección social. Solo armas libres, defensa, seguridad, combate a la delincuencia, reducción de impuestos y de costos de producción. Y la custodia de los valores morales, que en la cultura neo-pentecostal -de indudable influencia en esta elección- aparecen mejor resguardados por la familia, la alianza con Occidente y el emprendedorismo. Ya no el Estado sino la liberación de él es lo que permitirá a Brasil ser grande otra vez. Bolsonaro va a desarmar el Estado y a su fórmula política -la Brasilia de la negociación y la “partidocracia”- desde la autoridad de los votos, el orden y el ejercicio del mando. Se abre un escenario inédito para la América latina contemporánea.

 

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