Bruno Bazán

Pónganle el nombre que sea, hablemos de racismo

Actualidad

Del Día de la Raza al Día de la Diversidad Cultural, seguimos sin hablar del racismo estructural argentino.

El 12 de octubre de 1492 una embarcación proveniente de España llegó al continente americano. Según mi recuerdo de la escuela primaria, los actos y la revista Billiken, esta embarcación estaba a cargo de Cristóbal Colón, un loco soñador que, buscando las Indias, se topó con el continente americano, con los indios, como se decía antes.

“No andes descalzo, parecés indio”, nos decían los adultos para obligarnos a ponernos zapatillas. Mi abuela me decía “indio cachafaz” con cariño cuando me veía trepar árboles o cruzar el zanjón y caminar por las vías del tren en Tafí Viejo. En la primaria aprendí que Colón descubrió América, y ya en la secundaria me di cuenta de que América estaba descubierta. Si los pueblos originarios llevaban cientos de años antes, era imposible decir que fueron descubiertos en 1492. “Fueron colonizados”, leí, aunque para mí esa palabra tenía más que ver con la colonia de pibes que con todo lo que representó después.

El aniversario de este hecho era un acto escolar de los más festivos: el Día de la Raza. Quizás por la altura del año y las pocas ganas de estar en clase, o tal vez por las ganas de performar a indios, que era mucho más interesante que el acto del 9 de Julio. El imaginario de los indios de los 90 estaba más atravesado por Hollywood que por nuestra historia. En más de una escuela aparecían disfraces comprados en locales de fiesta, plumas y utensilios de esos otros indios que mostraban las películas del norte.

No sé cuándo aprendí la noción de raza, cuándo la critiqué e incorporé “etnia”, ni cuándo descubrí a las comunidades de nuestro territorio. Diaguita, Colalao del Valle, el frío en la montaña y las palabras que decía mi abuela están todas en algún lugar de mi memoria, mezcladas. Sí recuerdo que en los años universitarios se hablaba mucho de pueblos originarios, de Milagro Sala, de un relevamiento de las tierras de nuestro pueblo. Sobre todo, recuerdo al cacique Javier Chocobar, de la comunidad de Chuschagasta, asesinado a sangre fría en la defensa de su tierra. Hay incluso un video, pero las muertes de marrones en las montañas no despiertan la sensibilidad de todo el mundo.

Recuerdo también que el 12 de octubre del año 2010 se cambió el nombre: dejó de ser el Día de la Raza para llamarse Día del Respeto a la Diversidad Cultural. Fueron unas semanas de historiadores discutiendo en los medios, de 678 explicando el porqué y de mucha indignación por parte de la oposición. Siempre hay bandos en la historia argentina.

Me resulta llamativo que las mismas personas que se esfuerzan por reconocerse como provenientes de los barcos, o incluso de migraciones posteriores, sean las que se identifiquen como dueñas de estas tierras desde siempre. Es como querer ser dinosaurio y Jesucristo a la vez: son tramas distintas.

De vuelta la raza

El Gobierno nacional tiene una suerte de goce en cambiar nombres y significados a todo lo que hizo el kirchnerismo. Decidió volver a llamar Día de la Raza a esta fecha, y en algunos comunicados parece incluso celebrar el colonialismo. El mito de una Argentina blanca los entusiasma, incluso a los más marrones.

¿Qué tanto afecta el cambio de nombre? Personalmente, elijo mis batallas para indignarme. Bajo cualquier denominación de la efeméride, seguimos sin hablar lo suficiente de racismo.

El saqueo de blancos a las familias que habitan territorios ancestrales. El estigma del “turro” como pibe chorro. La obsesión por la belleza como sinónimo de blanquitud. La costumbre de tutelar a las personas marrones, de creer que no son lo suficientemente inteligentes. La urbanización. ¿Por qué las villas tienen mayoría de marrones y los countries mayoría de blancos? La distribución geográfica por color de piel es profundamente política. ¿Por qué no tuvimos más representantes políticos con apellido Mamani? Hay lugares de poder donde aún no se sentaron nunca marrones.

No estoy seguro de si la pelea por el nombre significa algo importante. Pido perdón a todos los militantes del lenguaje y a los historiadores. Con quince años llamándolo Diversidad Cultural no logramos avanzar en hablar del racismo estructural que configura la Argentina.

Logramos, sí, que el color de piel signifique otras cosas, y no solo ese rosa clarito de hace unos años. Logramos que cada vez más personas tengan menos vergüenza de identificarse como descendientes de pueblos originarios y como marrones. Pero eso trajo consigo el acoso en redes, el nuevo insulto de “marronazo” y la siempre violenta negación del racismo en Argentina.

Cada unos meses, periódicamente, algún yanqui genera debate en redes porque no ve personas afro en Argentina y nos acusa de racistas por eso. Suelen ser turistas que recorren Palermo y no las provincias. Ser víctima marrón genera menos empatía que ser víctima blanca. Ser policía marrón genera más bronca en el progresismo que los jueces blancos. Ser marrón en este país y reivindicarse como tal es un acto de irreverencia.

“Diversidad cultural” me suena a poco; me remite a la feria porteña de comidas del mundo, competencia de bailes donde se mezclan caporales con flamenco y árabe. Llámenle como quieran, sigan jugando al nombrar como modo de existir, pero hablemos de racismo, urgente. O más bien, dejen hablar a las personas racializadas. Escuchen, cuestionen un poquito, paren la sorna un segundo e intentemos empezar a salir del sopor de la negación.

Inicia una discusión sobre esta noticia
0 comentarios

Deja tu comentario


📢 Espacio Publicitario

Configurá tu anuncio en Apariencia > Widgets > In-Feed Ads

• Agrega imagen/GIF
• Configura enlace
• O usa código HTML

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Máximo 65,525 caracteres

Tu comentario será moderado antes de publicarse


Buscar Noticias