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Lo ominoso: un policía acribilla a un niño por la espalda
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El asesinato de Facundo Ferreira, de 12 años de edad, en manos de la policía de Tucumán, abrió una nueva herida en y muchos interrogantes. ¿Puede un niño “merecer” haber recibido un tiro en la nuca? De matar a un niño por la espalda a quemarropa no hay retorno. Si no hay sanción penal y política, no hay retorno. Por Federico Soler

Siempre paso por ese kiosko. Algunas veces ahí cargué la tarjeta de colectivo. Es un kiosko común de la zona del Bajo. Siempre paso por ese kiosko. Siempre es una manera de decir. Lo hago de lunes a viernes cuando voy en el 7 a trabajar. En un horario que no representas un peligro, ni para mi, ni para cualquier ciudadano, entre las 13:20 y las 13:30 hs. Es el horario del almuerzo, de volver a casa o llevar a los chicos a la escuela. Para Facundo no fue igual. Pasó a la madrugada como acompañante de una moto y un policía utilizó de tiro al blanco su nuca. Lo bajo a sangre fría. A quemarropa. Envalentonado. Le entró por la nuca y le salió por la frente. El tiro. Murió. No sé si al instante. El efectivo que protagonizó el sanguinario hecho llamó al 107. A los encargados de ese servicio de emergencia les dijo que la víctima tenía 18 años y había sufrido un accidente de tránsito. El chofer y el auxiliar de la salud tuvieron que haber detectado que no tenía 18 sino que era un niño. Facundo no solo parecía niño, lo era, tenía 12 años. Había culminado la escuela primaria y se preparaba para iniciar la secundaria. Pero los profesionales del sistema de salud provincial prefirieron ser cómplices con los homicidas y no dar cuenta que era un niño. Por esta razón lo llevaron al Hospital Padilla, que es de adultos, y no al de Niños. La complicidad para cubrir un homicidio atroz iniciaba su recorrido de impunidad.

El asesinato del niño, tiene ahora un nuevo disparo, el de las instituciones, para mantener impune el hecho. Aquí comienza una compleja red de complicidades que violentan a la familia de Facundo. Construir desde los medios de comunicación a la víctima como culpable y responsable, merecedora de un tiro en la nuca. Merecedora y ajusticiadora. Efectivos del 911 limpiando el Jardín de la República. De choritos, dice. Categoría que los deshumanizaría y les daría vía libre para hacer con sus cuerpos y sus vidas lo que quisieran.

¿Puede un niño “merecer” haber recibido un tiro en la nuca? Para el estado parece que sí, fue suficiente que hubiese estado en un horario inadecuado en el lugar equivocado. Para una parte de la población “indignada” por la inseguridad, sin querer saber la verdad del hecho, sino queriendo creer no era un niño, sino un riesgoso delincuente, la edad es un detalle menor, parece también.

El segundo disparo fue para la familia de la víctima, procurar su temor y su silencio. Amenazar. Amedrentar. Apretar (triple A). A su abuela primero, le dijeron había sufrido un accidente de tránsito. Pero luego se enteró de la atroz verdad: un tiro en la nuca le había arrancado la vida y los sueños de su nieto, que criaba como a su hijo. Una 9 mm le había cortado el hilo de Ariadna. Y una balacera de balas de goma le había tatuado la espalda. Circuito de horror con secuelas en el cuerpito de ese niño.

Ahora Facundo transita la tierra de los muertos. Como Miguel de la película Coco, quien por robar una guitarra, transita esos parajes, en una secuencia de aventuras de la película recientemente ganadora del Oscar. Facundo no robo nada y sin embargo un tiro de la policía lo mando al mundo de los muertos. Miguel en la ficción pudo regresar. Facu no podrá regresar más. Nadie regresa de la tierra de los muertos. Nuestra realidad atroz. Un niño que muere y el estado instaura un destino merecido. Cruel. Inhumano.

Hoy la abuela y la familia de Facu siguen recibiendo otros balazos. De los medios que confunden su nombre. Lo asocian a pandillas delictivas. Le inventan un funeral con disparos al aire. Con familiares con causa. “Ese chico era chorito, al final”. Repiten los que gustan consumir esos platos de estiércol vencido. Los asesinos a sueldo y con obra social no son sumariados, no fueron apartados de la fuerza. Las autoridades no dicen ninguna palabra. El silencio es cómplice, lacera el tejido social, la confiabilidad en el sistema de derechos. El Jefe de Policía justifica el accionar sanguinario y siniestro de empleados de las fuerzas de seguridad. Nuestro Gobernador reprime su juramento a Hipócrates. Muchos de su funcionario galenos también.

En cambio el Estado prefiere culpabilizar a la familia. Una madre que está en otra provincia. Una abuela que no supo resguardar y evitar saliera a pasear con un amigo en moto, por la madrugada tucumana. El niño que no se auto limitó a quedarse en cama y prefirió andar en moto. Perdigón que culpabiliza a la familia y alecciona a la sociedad: Si la familia tenía esas falencias se merecía ese destino. Es el discurso que se disgrega por los miles que quieren oír ese veneno que corroe la sensibilidad.

Pero Facundo no tenía armas. Facundo no había robado. Facundo huía de la ferocidad policial. ¿Cómo no huir de la ferocidad policial si por portación de cara, y, ahora de edad, te pegan un tiro sin pedirte ni los documentos? ¿Cómo no huir si le están acribillando la espalda a balazos? ¿Se arriesgará a detenerse a que le peguen una feroz paliza y que lo humillen con las vejaciones acostumbradas, de esas que rápidamente se viralizan por videítos de whatsapp?

Desde ahora la Policía será una institución de quien la población se tendrá que cuidar. Por más que salgan varios a defender este accionar. El daño está hecho. Porque la policía da clases cómo hacer para no quedar implicado y convertir a una víctima en victimario. Se lo cuentan a vecinos, a amigos. Tucumán es chico y el mensaje llega. Cuentan también como hacen razia en las villas para después pedirles dinero a sus familias para liberarlos, “sin que se les haga una causa”. Siempre al servicio de la comunidad y de la seguridad. Todos conocemos esta realidad.

De matar a un niño por la espalda a quemarropa no hay retorno. Si no hay sanción penal y política, no hay retorno. Es un hecho ominoso.

Volveré a pasar por ese kiosko. Ese kiosko ya no será uno más del montón de una serialidad amorfa de kioskos. Será el kiosko donde acribillaron a la niñez tucumana. El kiosko de lo ominoso. Hoy vuelvo a pasar por la esquina de ese Kiosko Cómo todos los días de semana. Miro la esquina. Intento ver rastros de Facundo. El charco de sangre. Su silueta. La voz de su sangre clama justicia desde el pavimento inconcluso. Sus manos apretando un destino injusto e inesperado. Manos acostumbradas para escribir cuentos y operaciones matemáticas. En el pavimento no hay nada. Facu está en la tierra de los muertos, no volverá. A veces hago como que lo veo y lo despido. Le doy un abrazo. Le pido que vuelva. Pero son mis propias divagaciones que intentan cubrir este agujero atroz que abrió ese disparo en la cabeza de un niño y que se agranda como una mancha de sangre hasta cubrirnos a todos. Un agujero imposible de tapar. Una muerte que será difícil metabolizar para nuestra sociedad. Una sangre que nos manchará a todos si no se es aborrecido y condenado, sino se hace justicia.

La polis recuperará la paz si puede visibilizar ésta injusticia y nombrar quienes son víctimas y quienes victimarios. Si puede condenar el hecho y aborrecerlo. Si la polis no lo aborrece volverá a pedir el sacrificio de otra sangre joven. Sino como en las tragedias griegas la ciudad acarreará pestes y designios atroces para la polis. Cómo reza el Génesis, el Señor le dijo a Caín: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra. Si la Polis no sanciona la sangre de éste inocente seguirá suplicando justicia. Sino quedaremos secuestrados por la poli y no podremos construir La Polis. La Polis como construcción donde se respeta la vida de todos, pero en especial de los niños. Por esto, me parece debemos tomar conciencia, porque la continuidad de la paz social está en juego. Sino fracasamos como sociedad y estamos decididos a sacrificar más niños. Sin racionalidad ni sensibilidad, el terror ha conquistado nuestras conciencias y seguirá expandiéndose.

¿Condenaremos a nuestros niños a la piedra sacrificial de un Estado por la sed de sangre de parte de un pueblo anestesiado a la humanidad del otro?

Por Federico Soler, escritor y psicólogo

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